El Nombre de la Rosa, bellísima obra del italiano Umberto Eco, nos informa de una antigua disputa medieval, en la cual se intentaba dilucidar el estatuto ontológico de los universales. Se confrontan allí dos posiciones antagónicas a la hora de definir qué tipo de realidad debemos asignarle a nociones tales como la de Belleza o la de Hombre. De un lado, estaban quienes sostenían que este tipo de nociones generales no era más que flatus vocis, es decir entidades que sólo tienen lugar en nuestro lenguaje y de las cuales nos servimos para ordenar nuestra la realidad; pero que, de ningún modo, tienen una existencia per se. Del otro lado, en cambio, se sostenía que este tipo de conceptos sí refería a entidades realmente existentes, de carácter autónomo; por tanto, no sólo no eran producto de nuestro discurso sino que, muy por el contrario, operaban de referencia objetiva y auténtico parámetro de todo lo existente. Optar por una u otra concepción implicaba configurar y experimentar mundos totalmente diferentes, contrastantes, realmente antagónicos.

La inseguridad, lo sabemos, es tema recurrente en nuestros días. Los Medios de comunicación (con mayúscula) de nuestro país suelen compendiar día tras día, en cada una de sus emisiones, múltiples casos en los cuales se torna protagonista excluyente. Así, en todos lados se habla, constantemente, de ella. Se convocan y realizan algunas marchas en su contra. Y se hace, cuándo no, política con ella. Se despliega así todo un mundo que gira en torno a la inseguridad. De aquí que nos hiciera falta, al parecer, un mapa para poder orientarnos en él. No obstante, cabe detenerse unos minutos a reflexionar, y preguntar: ¿qué es el la inseguridad? ¿Cuál es su estatuto ontológico? ¿Se trata de una entidad realísima, de efectiva existencia, a la cual el discurso mediático tan sólo refiere manera objetiva, incluso asépticamente? ¿O, en cambio, estamos frente a una noción construida discursivamente que se utiliza para otorgar determinado orden a nuestros sentimientos y nuestros pensamientos acerca de la realidad? Una vez más, lo que aquí se decida influirá decisivamente en nuestra experiencia del mundo.

Antes de avanzar, aclaremos – sobre todo a los espíritus susceptibles – que no pretendemos negar que se robe, mate y viole en nuestro país. Sin embargo, creemos que esta evidencia no implica asumir una actitud pasiva y a-crítica frente al aluvión informativo de los Medios. No hay hechos puros y su sentido siempre dependerá de cómo se los interprete, tal es nuestra premisa.

Si el fin justifica los medios, como tantas veces se ha dicho; cabe preguntar entonces: ¿cuál es el Fin de nuestros Medios de comunicación cuando optan por elaborar de una manera tan particular la información?

La manera en que la mayoría de los informativos se refiere a nuestra cuestión parece suscribir la idea de un ente autónomo, en el sentido de un fenómeno o complejo fenoménico independiente, tal que se lo puede, de hecho, sustantivar; de allí que se hable tanto de «La Inseguridad» y de allí que, además, se lo presente como un sujeto que acciona, cuando se dicen cosas como que «hay una nueva víctima de La Inseguridad» o se lanzan proclamas del tipo «¡Detengamos a la Inseguridad!». En este tipo de formulaciones va deslizándose, lentamente y derechito al inconsciente colectivo, la idea de que vive entre nosotros algo así como un monstruo terrible y singular que nos acecha. ¿Cuál otro que el miedo podría ser el fin de lo medios en esta manera de informar?

Pero supongamos ahora, por un momento, que los Medios no son ni tan extravagantes ni tan mal intencionados como para sostener una perspectiva tan grotesca del problema. Nos restaría entonces revisar la segunda posibilidad; aquella que nos diría que la inseguridad es un simple flatus vocis y nos indicaría que lo único realmente existente son sus instanciaciones concretas e individuales, o sea, ni más ni menos, que los inseguros. Mas, ¿quiénes son los inseguros?

Y además, ¿por qué eligen los Medios contar la historia desde este preciso lugar? ¿Cuál es su Fin cuando toman como punto privilegiado para configurar la realidad a los inseguros?

Recordemos que suele ser estrategia oficialista la que insiste en disminuir la importancia del tema señalando que la inseguridad es una sensación. Pero aquí intentamos mostrar que son los mismísimos Medios – hoy tan claramente lejanos al oficialismo – los primeros que plantean la cuestión en ese terreno tan parcial y subjetivo. Y decimos parcial, porque sólo hace hincapié en un efecto, la sensación de inseguridad, sin llegar a problematizar jamás las causas. Y decimos subjetivo, porque se elabora la noticia con un enfoque centrado en un terreno de pasiones y opiniones individuales tan subjetivo como sugestivo: el de las victimas. Con esta doble operación mediática, lo primero que se logra es instalar el miedo, y, por lo tanto, tornar inviable cualquier tipo de reflexión seria al respecto. Expliquémonos, brevemente, acerca de esta doble operación y de sus efectos.

En primer lugar: ¿cómo podríamos pedirle a alguien que acaba de perder a un familiar que deje de pensar en castigar el asesino individual y puntual y escuche, en cambio, razones de tipo estructural y sistémico que explicarían de manera más compleja su pérdida? Esta víctima, y con razón, nos mandaría sabemos muy bien dónde. Este es, a muy grandes rasgos, el problema del enfoque subjetivista. Nos restaría ahora explicar los problemas inherentes al enfoque deliberadamente parcial.

Los Grandes Medios de comunicación son ni más ni menos que empresas; como tales responden a la lógica del mercado. La ganancia de una empresa implica vender su producto, pero no sólo eso, sino también garantizar las condiciones para que ese producto siga siendo producido y nuevamente requerido por el público. Un ejemplo: las mismas empresas que venden los antivirus han sido señaladas, más de una vez, como las principales productoras de los virus que combaten. En el caso de la noticia (un producto más, entre tantos) reproducir las condiciones para que este producto siga en boga implica paralizar, o incluso ahondar, una configuración de la realidad de la cual surge, en dónde ésta se hace posible. La espectacularización del dato y el patetismo de su transmisión logran concretar ambas consignas, con temible efectividad. Muertes, violaciones, robos acontecen cruentamente, y nadie sabe por qué. Recibimos, asimismo, otra violencia, la del dato y reforzamos esa sensación de incertidumbre, de impotencia; tornándonos cada vez más inseguros, más miedosos. Y es entonces, cuando menos dispuestos a pensar nos encontramos, cuando retornan y resuenan las más irracionales y abstractas de las «soluciones»: pena de muerte, baja de imputabilidad, etc.

Pero preguntémonos, por último: ¿podrían los Medios hacer otra cosa que lo que hacen? Es obvio que este mundo que nos presentan les conviene: de él toman la materia prima (algunos hechos) y en él venden sus manufacturas (su singular interpretación de los mismos). Esta «realidad», sin dudas, les es favorable (basta con detenerse a pensar en la seguridad de los dueños de las emisoras y en sus aseguradísimos patrimonios); ¿por qué habrían de ayudarnos a transformarla? En menos palabras, este sistema le es profundamente afín. Por eso lo ahondan monopolizando, compitiendo deslealmente, reproduciendo las condiciones en las cuales su empresa se enseñorea, anulando otras voces. Sus intereses y los nuestros, sus negocios y nuestras vidas, digámoslo de una vez, corren en paralelo. Y los paralelos, lo sabemos, con suerte en el infinito han de tocarse.  Será cuestión entonces de soltarles la mano a los grandes (Medios), de perder el miedo y animarnos a pensar por nosotros mismos; salir del rol pasivo y activar. De buscar otros medios (ya sin mayúscula) más acordes a nuestros fines■


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