La ciencia no debería dedicarse a curarnos de las drogas, sino a crear drogas que nos haga bien ya que El mundo no colabora para que la gente deje de drogarse, el orden cósmico invita a cualquier cosa menos a la vida sin aditamentos. “la adicción a las drogas legales o ilegales siempre delata un dolor. Un dolor por lo que encubre, por lo que disfraza o disimula, uno que nos corroe a todos: la vida cuesta” escribió Sandra ruso en página/12 hace unos años. El que se droga por diversión o necesidad necesita algo que la vida así, como está, no le da. Le pasa lo mismo al evangelista fanático, al militar convencido de su reserva moral, al trotamundos incansable, al adicto al porno, al infante que se chupa el dedo frenéticamente. La vida cuesta y no regala nada. Nos exige buscarnos nuestro propio salvavidas. El problema es que no siempre conseguimos diferenciar un tronco flotante de un adoquín. 

Las drogas no nos cambian, nos resaltan Porque el pozo sin fondo de las drogas es el pozo que uno lleva consigo mismo. La alegría paranoide de la cocaína, la sensualidad taquicárdica del éxtasis, la introspección del porro mal armado nos habitan desde antes incluso de probar cualquier porquería. Son la ocasión de lo mismo que culpamos, o buscamos y deseamos.

No es, ni puede ser nunca, la misión de una publicación como esta incentivar el consumo en ninguna de sus formas pero sí lo es la de advertir que el uso lúdico encierra un peligro cierto que sólo los más responsables deberían asumir. El consumo, es una cuestión privada. Nadie debería ser sancionado legalmente por buscarle la vuelta a la dicha, a la tristeza o la vida a través del consumo de drogas. Al fin y al cabo siempre estamos hablando del placer y como tal, la sociedad siempre está pronta a regularlo. El sexo femenino, la sexualidad homo,  las drogas, la fe, si no se dan en un marco moralmente autorizado por el grueso de la sociedad quedan con un pie fuera del plato comunitario. Siempre ha sido de ese modo. Desde la Grecia antigua hasta la hipertecnópolis que nos rodea siempre ha habido una reglamentación moral y legal para el disfrute. Véase el excelente “Las drogas. De los orígenes a la prohibición” Ed Alianza 1994 del Filosofo Antonio Escotado, que historiza el consumo, la reglamentación y la prohibición de sustancias psicoactivas a través de los sucesivos avatares culturales o  la web http://www.mind-surf.net/drogas/ donde intelectuales mexicanos desarrollan largo y tendido el fenómeno en todas sus facetas sin demonizar ni echar mantos de piedad innecesarios a un tema que las sociedades deben abordar sin preconceptos.

El miedo a las drogas es un miedo válido. Algunas de ellas matan, enloquecen, disminuyen la calidad de vida. Otras, ciertamente, tienen más fama que efectos. Es inútil prohibir porque sobre todo los jóvenes no hacen caso de las convenciones. Tampoco, lo vemos a diario, podemos convencerlos de nada de lo que no quieran ser convencidos. Pero si debemos, es nuestra obligación inalienable como ciudadanos de derecho, educar, informar, advertir sobre las consecuencias no deseadas del uso de drogas ilegales y legales. Y no por esto dejar de lado la lucha por parte del estado y de todos por erradicar el negocio de las drogas, que mata, corrompe y pierde más gente que lo que un simple porrito fumado por un adolescente en una esquina podría hacer jamás■


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