Yel tren se detiene finalmente en una nueva estación. Hace ya casi un año que inició el viaje y el recorrido no para. Nadie sabe con claridad de dónde salió y menos aún a dónde se dirige.

Un viaje donde el fin se confunde con el medio. Donde las lógicas no imperan. Donde la plena expresión es el único equipaje. Donde lo único seguro es que recién comienza y que tiene kilómetros y kilómetros, estaciones y estaciones por derivar. Así de desprevenido es el este recorrido, así de liviano es el viaje.. 

Al descender del tren en este nuevo Andén, el personal de esta empresa ferroviaria se sumerge en un profundo hedor. Hedor con el que contrasta la pulcritud de los pensamientos, ideas y palabras. Hedor negado sistemáticamente.  Es necesario evocar las sublimes palabras con las que Rodolfo Kusch se introduce en América Profunda. Ya que, en definitiva, la postura asumida por cierto sector de la sociedad, en la que se intenta distanciar y diferenciar de ese “algo otro” –sea el indio, el negro, el pobre, o ese concepto casi tan nuevo como extinguible: negro de mierda-, no es más que un sentir que el desarrollo, propiamente hablando, es solo posible por la vía de la pulcritud –ciudades espaciosas, educadas, una copia de la antigua Europa, por dar un ejemplo-. Por tanto, al igual que ayer, hoy, lo que no es pulcritud debe ser eliminado.

Lo paradójico es que, al pensar el continente y nuestra América más propia, se vuelve consciente que la pulcritud no es más ni menos que el exterminio. Aquello que fue un exterminio de indios –para conquistar un “desierto”-, aquello que es una exclusión de los pobres -de aquellas “posibilidades” que “brinda” el sistema-, aquello que es una discriminación bien pura y directa de esos negros de mierda –porque “son negros de alma”, lo que denota no solo una reivindicación de un racismo histórico que ya se cree superado, sino también la aplicación de un concepto biológico a una capacidad moral; determinando así, por naturaleza, una incapacidad-.

Pero este hedor que se advierte no es más que el asedio de las circunstancias, no es más que la realidad negada. Hay, sin embargo, una alternativa y consiste en la fagocitación: en la absorción de las pulcras cosas de occidente por las de América, en el reconocimiento de que nada hay pulcro, de que todo está contaminado por su opuesto. Sobre este particular invita a la reflexión la nota que a continuación suscribe Ezequiel Pinacchio, por lo que se limitará este espacio editorial a la elucidación de las alternativas a este punto de vista.

Un lector -no falto de buen juicio-, seguramente ya se ha preguntado ¿a qué se debe esta introducción? Y justamente, sobre esta pregunta se articula, se comprende, la mirada que este periódico persiste en buscar desde hace ya casi un año: lo verdadero en este viaje no es la imposición de convicciones y el ocultamiento de las voces, sino justamente su exaltación, los gritos contra los prejuicios que oprimen.

Puede verse un claro ejemplo de lo anterior en los nuevos tipos de política imperantes en nuestra suciedad y su hedor. Perdón: sociedad y pulcritud. Lo grandes movimientos sociales que históricamente han puesto el acento en la historia -no han desaparecido ni tienden a hacerlo, pero- disputan grandes espacios con los medios masivos de comunicación. Así, se vende una imagen pulcra de candidatos que buscan llegar al individuo –a vos que te sentís inseguro, a vos que pensás que esto puede ser diferente, a vos…-, frente a representantes hedientos –como un Luis D´Elía que odia a los blanquitos-. Uno y otro son extremos. La templanza de una mente serena orientaría su voluntad a un intermedio. Sin embargo, analizando bien el asunto, se descubre que ambas conceptualizaciones no parten sino desde la mirada pulcra. Justamente, la conceptualización de un dirigente sindical, de un líder de masas con el hedor, posee ciertos vestigios de imposición, de superación y dominación. El diálogo con D´Elía, no iba sino en busca de esa autenticidad, y hasta de ese hedor. Sin embargo, la editorial entera se llevó gran sorpresa con la intensidad y profundidad con la que esta persona encarnaba su lucha. Comprendió que si el horizonte de sentido de un líder de masas es “la defensa irrestricta de la clase trabajadora y sus intereses”, poco importa su conducta ante los pulcros medios mientras no traiciones su hedor.

Pero inmediatamente, ante este reconocimiento, y a pesar de la suma importancia de la reivindicación de esta figura, no debe pensarse que aquí se realiza una identificación -ni ciega, ni condicionada-. Hay grandes y muy importantes críticas a esta figura, pero a fin de no recaer en análisis simplistas, se sugiere la inmersión en este horizonte antes de la precocidad del juzgar.

No es menos significativa la experiencia de una fábrica recuperada como Chilavert. El diálogo con Ernesto González también da cuenta de aquella experiencia hedienta que fagocita la pulcritud de las empresas que se administran en la plena lógica capitalista. Si bien es cierto que la experiencia demuestra que no se encuentran por fuera del sistema, no lo es menos que este tipo horizontal de administración y trabajo, junto con todos sus inconvenientes, es una alternativa muy digna de atención y reflexión.

En definitiva, tanto en un caso como el otro, junto con el resto de las notas que encontramos en este Andén, no se encuentra ni más ni menos que la profunda discusión de las masas, solamente posible a partir de la alteración del orden creado, por el caos imperante■


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