La historia de los últimos 500 años de América Latina ilustra de manera elocuente las más variadas construcciones de la Otredad, desde la negación absoluta del Otro, hasta el demanda de reconocimiento de la Alteridad. La intención de estas líneas será recorrer algunas de esas construcciones  a fin de problematizar en torno a ciertas políticas de la diversidad que se han desarrollado en los marcos del monoculturalismo, el multiculturalismo y la interculturalidad.

 

El des-cubrimiento e invención de América, como nos narra Dussel en su 1492 El encubrimiento del Otro, fue el evento histórico que posibilitó una reconfiguración de la geopolítica del momento, según el cual Europa logra colocarse como centro de poder desde el que se produce y controla, además de la economía y las instituciones, la subjetividad y el conocimiento. Europa nombra: América. Todo nombre tiene un origen violento, nuestro nombre no es sino a fuerza de haber silenciado tantos otros sentidos y voces, en un proceso de construcción identitaria organizada desde una clasificación social regida por el patrón de raza.  De acuerdo a esto, la raza humana se ve consumada en el hombre blanco-europeo, el resto es exterioridad caótica que ha de ser negada a menos que logre homologarse al cosmos europeo. Aparece así el ego moderno, en el encuentro con aquello que, bajo su propia interpretación, lo negaba. La economía de este ego apunta a la identificación del mundo consigo mismo; su identidad está en el apropiarse de todo lo externo a él, mediante la extensión, universalización de sus formas de poder, saber y ser en el mundo. En la suposición de la inferioridad ontológica del Otro fueron variadas las estrategias de sumisión de la alteridad sobre las que este ego se erigió.

 En este proceso, la alteridad de los múltiples otros americanos fue encubierta. Los parámetros de percepción europeos no pudieron comprenderla sino como parte de Lo Mismo, lo ya conocido. En el marco de la mismidad, el Otro encuentra negada su alteridad y se construye como una versión inferior, corrupta de Quien nombra. En esta negación lo que opera es por un lado el ideal de invisibilización del otro, y como correlato el de reforzamiento de la humanidad europea. La negación de la humanidad al “otro-a” en su inferiorización intelectual, cultural, sexual y religiosa produce la invisibilización de formas otras de conocimiento, de transmisión y contenidos que conlleva también la invisibilización de los sujetos portadores.

 Podemos, siguiendo a Esterman, encontrar una segunda figura dentro de las políticas de la diversidad que reduce la negación absoluta de la alteridad a la asimilación forzada mediante la conversión civilizatoria, occidentalización de la lengua, subalternación de los sistemas económicos autóctonos a los coloniales y neocoloniales. En este marco se levanta el mito de “la misión del hombre blanco” en tanto responsable de colaborar en la evolución de los aún “salvajes”. Esta construcción pretende justificar el sometimiento de las razas consideradas inferiores, ayudándolas a salir de esa condición de “retraso” en que lo puso, invención mediante, la misma hegemonía que buscaba rescatarlo.

 Lo que se encuentra a la base de este movimiento es una colonización desde la estética europea (entendida en términos generales como parámetros de percepción) que persiguió el vaciamiento de sentido de los espacios sagrados  y su subordinación a la dimensión temporal; ahora, única dimensión capaz de manifestar los cambios, el movimiento y la diversidad. Se niega así la lógica de la coexistencia, la alteridad y su agencia; en la conjugación de un tiempo uno y lineal en el que el Otro sufre los mecanismos más crueles de violencia y exclusión en aras de su incorporación.

 Ahora bien, en las últimas décadas parece ser que este paradigma monocultural de pretensiones homogeneizantes empieza a encontrar fisuras. Comienzan a configurarse discursos conciliadores de la diferencia, en los que se la asume en el marco del respeto y la tolerancia. Es así que el ideal de la incorporación del Otro parece verse resignificado por el de la inclusión en el marco del multiculturalismo.

 Se podría pensar a primeras, que el discurso desde la inclusión habilita el espacio al Otro. Pero es justamente esa relación unidireccional el que vuelve a ocultarlo. En la práctica no logra salirse una lógica situada entre un agente inclusor y un Otro que, como paciente exógeno, ha de ser incluido; perpetuando la invisibilización de las valoraciones hegemónicas que gestaron las diferencias con la otredad, en el olvido de los contextos que las hubieron producido. Se levanta de este modo, un nuevo universal que ahora presenta matices en su interior; constituido por variaciones particulares mostrándose tolerante a la diversidad, en un gesto inclusivo que busca desactivarla. De este modo, las políticas de la inclusión en el multiculturalismo se reducen a una mera constatación de la diversidad en la que al Otro se le sigue negando su agencia tendiendo a la folklorización, a su esencialización, y a una promoción de la interrelación y comunicación entre partes que no cuestiona los lugares de enunciación.

Contra esto último, reaccionan ciertos sectores subalternos desde la demanda de una verdadera interculturalidad descolonizadora que habilite el reconocimiento del Otro como Alteridad capaz de intervenir ya no para ser incluidos, sino en la producción de una verdadera transformación de paradigma. De lo que se trata aquí es de retomar la diversidad de experiencias e historias locales, marcadas por la colonialidad y sometidas a diseños (particulares) globalizados impuestos desde los centros hegemónicos. La demanda consiste en intentar pensar desde la diferencia colonial, la cual, en nuestro territorio, se encuentra a la base de la diferencia cultural. Esta Diferencia se origina como mecanismo de subalternización desde la invención-conquista de América, en tanto estructuró la determinación de quién tenía el conocimiento, el saber y las formas e instituciones para impartirlos; produciendo así un proceso de colonización del lenguaje, la memoria y el espacio que se organizó por un lado en la búsqueda de exterminio de las formas “otras” y por otro en la introyección de las hegemónicas, facilitando la reproducción del locus de percepción-enunciación hegemónico. Pero en la actualidad se plantea como el suelo desde el que puede levantarse la opción descolonial en tanto construcción de un lugar epistémico otro, ubicado geopolíticamente en los bordes, develando la corporalidad e historias de los silenciados de la Modernidad.

 Recapitulando entonces, la apropiación del tiempo de América por Occidente ha sido una lucha estratégica que logró introducir a América Latina en la historia del mundo, una historia que, de acuerdo a la estética occidental perseguía un solo punto de fuga en aras del progreso. Negar la negación del mito de la Modernidad, en tanto condenados por su operatoria, es lo que nos adeuda. Poder quebrar con esta perspectiva de un solo punto de fuga mediante la rehabilitación del carácter espacial que nos abra al paradigma de la coexistencia de alteridades.

 Es necesario negar el particular universalizante que pretende licuar el locus de enunciación de todo conocimiento, borrando las determinaciones espacio-temporales de los sujetos, para que la Alteridad se realice en igualdad de condiciones■


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