En tiempos arcanos, la presencia del viejo en una comunidad representaba la voz de la sabiduría y del pasado. A través de él, la tradición era comunicada y los antepasados se unían con los presentes por un vínculo perenne y dinámico. Eran el testimonio de tiempos lejanos, de una sabiduría que había llevado a la comunidad a ser lo que era. Y esa sabiduría solía ser efectiva y por eso respetada, por su operatividad ante los cambios que era capaz de ver una vida humana. El horizonte de variabilidad de la vida social era pequeño, limitado. La vida de abuelos, padres e hijos no distaba mucho entre sí. Otras son las experiencias de nuestras sociedades y comunidades. Nuestros abuelos y padres han visto tantos cambios a su alrededor que el mundo que habitan nada tiene en común con aquel en el que nacieron. Aquellos que tardaron meses en migrar del viejo mundo a este tardan horas en hacer el camino de regreso. Los parientes que se perdían a causa de la lejanía hoy están a un llamado de distancia. Aún viven algunos que vivieron en un mundo sin genocidios ni el terror nuclear sobre sus cabezas.


El mundo ha cambiado para ellos, y no siempre para bien. La vorágine tecnológica, los nuevos tipos de relaciones entabladas entre las personas, los nuevos derechos y las nuevas obligaciones, las luchas, las pérdidas no los hacen ya referentes inobjetables de sabiduría. Ya no cumplen el rol que cumplían en la tribu porque se han quedado sin norte que mostrarnos. Los viejos y los jóvenes compartimos la misma angustia ante el impacto de un mundo cambiante en nuestras vidas. Esa degradación en su rol social los ha colocado en una posición precaria y bifronte: por un lado se les ha perdido el respeto, por otro el aumento de la esperanza de vida hace que se les exija un tipo de actividad productiva que hace menos de un siglo hubiese sido impensable.

La cuestión del respeto abreva en lo antes dicho: ¿por qué valorar a quienes no saben advertirnos lo que vendrá? ¿Por qué tener en consideración a quienes nos han heredado un mundo moralmente ruinoso con el cual lidiar? ¿Cuál debe ser el lugar de los ancianos?, ¿desde qué nueva óptica adquiere valor su palabra y su experiencia? No tiene sentido ensalzar su palabra como gesto políticamente correcto. No basta con ser viejo para decir lo sabio. Pero algo de su discurso debe quedar, algún registro sobre la experiencia humana ante el cambio deberían poder dejarles a los que sepan escucharlos.

La cuestión productiva va por el mismo andarivel: si viven más, que sigan produciendo. Si viven más que consuman, y sobre todo, que consuman juventud y lo demuestren. La lógica del consumo es con ellos tan o más cruel que con los pobres (de hecho los unifica en la mayoría de los casos). El maltrato a los ancianos, una de las aberraciones que trajo aparejada la pérdida de su rol social y en constante aumento según estadísticas oficiales, tiene como objeto hacerles notar su incapacidad de producir y de ser útiles en términos productivistas. ¿Qué otra cosa se les dice institucionalmente desde el PAMI? ¿Qué otra cosa se les hace notar en los hospitales públicos cuando se los infra-diagnostica, cuando no se les brinda el tratamiento adecuado? ¿Cuántos gerontólogos hay en un hospital? ¿Cuánta atención se le presta a las complicaciones psicológicas derivadas de la institucionalización en nosocomios y geriátricos?

El temor a la vejez ya no tiene que ver sólo con la degradación corporal, tiene que ver con las futuras condiciones de vida, con el sustento, con el temor a ser una carga para otros, con no poder vivir con dignidad el resto de la vida. Quizás en ese miedo este la clave para ver la importancia de los viejos en las sociedades actuales y por venir. Ya no son un signo del pasado sino del futuro que nos espera. Asistirlos en lo que requieran, respetarlos en su individualidad, en el ejercicio del pensamiento y de su sexualidad es decirnos como comunidad lo que queremos para nosotros al llegar a ese estadio. Una sociedad que maltrata a sus viejos les dice a sus hijos cómo quiere ser tratada en el futuro. No es difícil de pensar. Y es necesario que cambie por el bien de todos.

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El lector atento habrá notado el número 50 en la tapa. Pareciera no ser casual el tema tratado con ese hecho. No es que estemos viejos ni mucho menos pero luego de tantos números ininterrumpidos hemos logrado una experiencia que día a día crece y nos reconforta en medio de las dificultades y todos nuestros pequeños logros. El uso de ese nosotros, lector, lo incluye. No hay diferencia sustancial entre quienes hacemos ANDÉN y quienes lo leen, todos somos gente de a pie, todos tenemos una mirada, una opinión, un pequeño saber sobre la vida social. Que todas esas miradas, opiniones y saberes hayan confluido en estas páginas tanto tiempo nos honra. Festejamos desde aquí el tiempo compartido. Esperamos compartirlo mucho, pero mucho tiempo más■


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