Los bolivianos migraron masivamente a Buenos Aires, Argentina a fines de la década del 50 y principios del 60 del siglo XX. Trajeron sus costumbres, tradiciones y prácticas comunitarias, que en sí conforman sus características identitarias.

La mayoría las mantuvieron; de ahí que son visibles y reconocidas por la sociedad. Por ejemplo: fiestas patronales y actividades en agradecimiento a la Pachamama.

Otros integrantes del mismo flujo migratorio las han dejado de lado y en ocasiones estos y sus hijos -ya argentinos- han repudiado las prácticas. Argumentos como: “Las plumas y las abarcas hay que dejarlas en la frontera” o “eso es cosa de indios”, son utilizados crudamente.

Estas expresiones al momento de desmenuzarlas vislumbran en realidad una falta de identidad, desarraigo, temor, vergüenza, negación y resentimiento. Todo esto dado dentro de una sociedad violentamente discriminadora, creadora de estereotipos por sectores políticos y sociales dominantes.  Estos logran vaciar a los individuos de identidad.

Gobiernos que muchas veces encontraron al migrante responsable del déficit económico nacional o  marcaron  estereotipos como cuando el secretario de vivienda de la Ciudad de Buenos Aires, el Sr. Del Cioppo en 1980 en el marco de erradicación de villas, dijo: “Hay que defender una política de calidad de los habitantes… nosotros sólo pretendemos que vivan en nuestra ciudad quienes estén preparados culturalmente para vivir en ella…”. Con esta visión, se estableció arbitrariamente qué es lo bello y lo feo; y se llamó a diferenciar lo deseable de lo indeseable.

Hoy en los estadios de fútbol -con total impunidad- miles de personas menosprecian a coro a los bolivianos. Algunos fomentaron esto y hoy otros son claramente permisivos con ello■


 El autor es abogado argentino, hijo de bolivianos.


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