Hoy les traigo una historia de un hombre ícono en su época: violinista, compositor, director de orquesta y bailarín. Creador de géneros y formas musicales, innovador en los gustos y tendencias de la corte y sociedad parisina, alineado con la nueva sensibilidad burguesa incipiente en el bajo período barroco. La biografía entonces de este fenómeno, ejemplo de oportunismo, obsecuencia y rock’n roll.

Originalmente italiano, Giovanni Battista (1632- 1687) se da cuenta a los 11 años que Florencia no le podía ofrecer otra cosa más que ser violinista de la orquesta de la familia Médici, los grandes mecenas de las artes. La zanahoria que perseguía estaba en París, las ambiciones del joven se iban a cristalizar ahí.

En París adquirió la técnica del violín a los 13 años, paralelamente aprendió todas las danzas de su época, es presentado a los 20 años como “Jean Baptiste Lully” a Luis XIV (conocido como el Rey Sol), quien en ese entonces tenía 15 años y ya había demostrado ser un aparato cuando 4 años antes, durante la fronda, la sociedad parisina irrumpe en la corte con intención de quemar todo pero cuando entraron en la alcoba real se encontraron con el pequeño Luis que se estaba haciendo el dormido y por compasión se retiraron con la cabeza gacha, hasta con respeto.

El hecho de que Lully cambiara su nombre al francés le trajo muchas ventajas, dado el irredentismo y chauvinismo que había hacia los italianos: sus modismos, sus costumbres, sus cantantes perfectos, sus óperas sórdidas y espesas, en fin, mucho tuco. La misma noche en que se conoce con Luis XIV bailan en el Ballet de la Nuit y se comenta que la progresiva ingesta de alcohol a lo largo de la noche los hizo muy camaradas: intercambio de miradas cómplices mientras bailaban con sus respectivas mujeres, y la vuelta a casa (¡¡Versalles!!) abrazados y risueños.

 La camaradería que logró con el Rey le permitió acceder a puestos impensados, le habilitó conocer a Michael Lambert, compositor de la corte desde hacía unas décadas, que lo adopta como un hijo y más tarde, en 1661, su hija contrajo matrimonio con Lully, que hacía pocos meses se había naturalizado francés. Su sesgo de violinista y bailarín virtuoso fue muy apreciado en la corte y en la nobleza, se ganó el afecto de todos, y es así que comienza a componer las primeras óperas de tinte francés, es decir, con el texto en lengua francesa bien claro, con ballet incorporado en ellas, todas características que difieran ampliamente de las italianas. Este nuevo género se llamó “tragediè lyrique”. Compuso muchas de estas con los poetas y escritores del momento pero con quien más congenió fue con Moliere a partir de 1664, de hecho llegaron a concebir otra forma conocida como la comedia ballet, una evolución de la tragediè lyrique. Esa sociedad les significó muchos éxitos (entre ellos, el nombre que da título a este artículo), Lully ya había obtenido títulos de nobleza, no cesaba de trepar en cargos y tenía muchas propiedades dentro y en los alrededores de París, incluso el hecho de ser el máximo compositor para la corte lo habilitaba a manejar el porvenir de los otros compositores de la escena, se había creado su propio monopolio de composición. No obstante aportó a la historia de la música con sus arias, motetes y la forma “obertura francesa”. Esta última fue de vital importancia para el resto de los compositores, desde Bach a Mozart, todos usaron esta forma de obertura francesa para los comienzos de sus sinfonías.

 No cabía duda que en la década del 70 Lully era la estrella de París, rockeaba Versalles día a día con sus óperas solemnes, llenas de brillo y brío, rimbombantes y majestuosas. Hábil en los negocios, en 1672 logra ser director de la Academia Real de Música de París y esto agudiza su control sobre los otros compositores. Componía una ópera por año y también varias composiciones sacras, el paradigma emblemático de quedar bien con todos los actores de la sociedad: la corte, la iglesia y el pueblo. En 1681, su mejor amigo Luis IVX lo pone en el cargo de secretario del rey con todo lo que esto significa a nivel político.

 Murió de una forma paradójica en 1687, podrido en su misma música. Él solía llevar el compás mientras dirigía la orquesta con una barra de metal pesada, la reiteración del pulso de la barra en su pie le fue haciendo una herida, que para cuando se dio cuenta el mal que se estaba haciendo, había llegado a la instancia de la mutilación de piel para sobrevivir. Sin embargo, no quiso tomar tal decisión debido a que él necesitaba de su pie para bailar, fue así que inevitablemente contrae una gangrena que le consumió todo su cuerpo, sus ambiciones, su astucia, su habilidad, sus negociados, sus títulos, sus cargos y el amor de le gente.

 He aquí un claro ejemplo de extrema fusión entre Arte y Política de la historia que ocurrió gracias a un cándido minuet que compartieron Luisito y Juan Bautista en una noche diáfana parisina■

 


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