La Argentina tiene un largo historial de caricaturas políticas, casi siempre utilizadas para ridiculizar a diversos personajes de la vida nacional y promover la siempre sana erosión del poder. Desde la revista Caras y Caretas, a principios de siglo, hasta la revista Humor en los 80 o las siempre urticantentes caricaturas de Hermenegildo Sabat, las autoridades se han incomodado con su reflejo gráfico por la interpelación que la ironía implícita de estas conlleva. Otro cantar ha sido con el cómic nacional. Salvo por el ignominioso mote de Afanansio (el cleptómano creado por Adolfo Mazzone), o Isidoro Cañones, sinónimo de playboy (obra de Dante Quinterno) no hubo en la política vernácula una irrupción como la que El Eternauta (de Héctor G. Oesterheld) ha tenido en el último ciclo Kirchnerista.

Desde poco antes del fallecimiento del ex­presidente Néstor Kirchner, los militantes de la rama juvenil de su partido comenzaron a utilizar la imagen del Eternauta con la particular mirada de aquel detrás de la inquietante escafandra con la que el personaje más importante del país inició sus aventuras a través de la eternidad. El Nestornauta, como se lo llamó en vida al líder político, y el Eternestor, luego de su muerte, nos incita a intentar una reflexión sobre el personaje creado a fines de los años 50, su rol en la literatura nacional y las implicancias no advertidas aún sobre el uso de su imagen en el campo político.

Cómic y literatura

El cómic tiene la facilidad de ser una zona mediterránea, a mitad de camino entre la literatura y el cine. Su dinamismo se basa en su carácter escenográfico, en la posibilidad de dotar de realidad aquellos espacios que la literatura simple y llana deja a la imaginación del lector. Con esa premisa tiene que entenderse que la figura de Oesterheld es al cómic lo que la figura de Borges a la literatura de academia. Ambos comparten el lugar del canon, el deber ser, la vara con la que se mide una idea de excelencia. Cuestionar al cómic en general y al Eternauta en particular como no pertenecientes a un área de la literatura nacional es un debate perimido hace años.

La calidad de la obra, su intensidad narrativa, los conflictos humanos que describe y el estilo hiper realista de los trazos de Solano López permiten afirmar que sus autores se adelantaron años al estilo y a las temáticas que luego se volverían estándar tanto en el cómic como en el cine de ciencia ficción. Su trabajo se inserta por ello en una tradición de personajes literarios desclasados, en los límites de la civilización: el Facundo de Sarmiento, el Erdosain de Arlt, Algunos personajes de Quiroga , Carlos Riga de Gálvez o ese tremendo Eternauta del siglo XIX que fue el Martín Fierro de Hernández.

Aventura, Militancia y horror

Sobran los ensayos y monografías que postulan la obra como una premonición de la conflictividad política que se avecinaba en la Argentina. En parte, desde un punto de vista metadiscursivo, por la propia interpretación que los mencionados autores han hecho en diversos reportajes y prólogos, y lo que la política vernácula ha hecho de su obra. Lo que nos lleva al punto crucial de la interpretación canónica del Eternauta: su ideología.

 El Eternauta consta de 5 partes o arcos argumentales que se han ido desarrollando en los últimos 50 años (6 si se piensa que a mediados de los 90 Barreiro, Taborda y Rearte editaron una historia  – “odio cósmico” – que por problemas de derechos intelectuales quedó inconclusa), las dos primeras guionados por Oesterheld. El primer ciclo de la historia, el más famoso y elaborado, cuenta la historia de Juan Salvo, su familia y un grupo de personajes que sobreviven a una nevada mortal que antecede a una invasión de seres del espacio (los manos y los ellos) que buscan dominar la tierra. La lucha de los sobrevivientes por las calles de la Capital Federal y el gran Buenos Aires dota la historia de una familiaridad única. Oestelhead escribió en el prólogo de una de las ediciones más recordadas de la obra (Ed. Record) que recordaba la historia con placer porque “el héroe verdadero del Eternauta es un héroe colectivo, un grupo humano. Refleja así, aunque sin intensión previa, mi sentir íntimo: el único héroe valido es el héroe “en grupo”, nunca el héroe individual, el héroe solo”. Y eso es lo que la historia pretende (y no consigue).

Luego de concluido el primer ciclo a principios de los 60 Oesterheld comienza su militancia política que mas tarde lo lleva -en la década siguiente- a militar en la agrupación Montoneros de la cual llega a ser jefe de prensa. En ese ínterin su pensamiento y compromiso social se radicaliza.

A fines de los 60 reactualiza la historia, es decir, vuelve a contarla, esta vez explicitando que la invasión sigue su curso porque las potencias internacionales pactan con los invasores la entrega del tercer mundo para garantizar su seguridad. Esta edición publicada en la revista Gente con dibujos de Alberto Breccia es cancelada a los pocos números debido, en parte, al matiz ideológico de la publicación y por el poco interés de los lectores por un género narrativo extraño. Luego aparecen, como dato militante, las biografías sobre el Che y Eva Perón censuradas por las sucesivas dictaduras.

Años después el equipo creativo original encara el segundo arco argumental del Eternauta, donde este y el mismo Oesterheld (ahora caracterizado como un personaje fundamental dentro de su propia narración) son llevados a revivir la misma historia del primer arco pero con un desarrollo diferente que se dispara hacia un futuro cataclísmico. En este escenario, los personajes encuentran un mundo sustancialmente distinto donde los humanos se sobreviven a sí mismos en una nueva edad de las cavernas. Allí, Juan Salvo muestra su faceta más contradictoria, o en todo caso, la faceta más contradictoria de Oestelhead en función de sus pretensiones ideológicas y de la idea de héroe que sustenta.

 Poco después la desaparición de sus cuatro hijas junto a sus dos yernos y sus nietos lo vuelcan a la clandestinidad donde es apresado y desaparecido por el Proceso de Reorganización Nacional.

El conflicto

Un debate de larga data en el mundo del cómic versa sobre cuándo se es realmente un (súper) héroe, si basta con los actos a realizar o si hace falta una facultad sobre humana para serlo. Para resumirlo, el debate se plantea básicamente en estos términos “¿Quién es más superhéroe Superman o Batman?” El primer Eternauta elige la segunda opción; el del segundo ciclo el primero. Cuando más debía afianzar la elección por lo humano, el Eternauta vira hacia el superhombre. Sólo le queda de humano su afán por encontrar a su familia.

Ahora bien, uno de los puntos que hace llamativa la obra para el ideario Kirchnerista es la apelación a una noción de héroe, al héroe colectivo, al héroe humano. Rescata una imagen del Eternauta ¿Cuál? La del primer ciclo, el hombre de clase media bien pensante. ¿Y el segundo, el líder guerrillero sobrehumano? ¿Sería válido elegir una y no la otra? No. Cuando se elige un símbolo se lo elige todo. Se elige lo que nos conviene de él y lo que no.

En este sentido la utilización de la imagen del Eternauta es equívoca y no es acorde a la figura del expresidente muerto. El Eternauta, Juan Salvo, no es un héroe político. Es un sobreviviente, alguien en una frontera existencial. Las legalidades de la guerra y la política son distintas. Néstor Kirchner no peleó contra una invasión de ningún tipo sino contra grupos de distinto estrato social que ya estaban en la sociedad, que aglutinaban intereses, creencias y un dispar poder económico, que habían construido una legitimidad de décadas. Compararlo le resta méritos a su trabajo político. Juan Salvo peleaba, primero, por mantener a salvo a su familia y luego por recuperarla. Era un hombre incapaz de aceptar la pérdida y en esa incapacidad y por efecto de la fantasía de su autor acaba volviéndose más que humano, adquiriendo poderes, viajando a través del tiempo y de mundos distintos. Kirchner no. Fue un político de una etapa determinada de la historia argentina, que construyó poder humano, y lo opuso no a seres de otro mundo sino a otros poderes igual de humanos que él pero de signo político distinto. Un hombre histórico, fuertemente anclado en la historia, que deconstruía discursos sociales y los reconstruía con la mirada siempre en aquello que había sido y con la mirada puesta en lo que su deseo (y el de su círculo) le dictaba que debía ser. El Eternauta perdía la memoria en cada nuevo salto al pasado y recobraba fragmentos y con ellos reconstruía su historia que siempre era solitaria. En Kirchner esa ruptura no se da. Su memoria es la continuidad y la confluencia diacrónica de una serie de discursividades sociales a las que atinó a dar voz y visibilidad; a colocar esto meson, en el centro, allí donde se debate lo común social, los reclamos que no habían generado en las décadas posteriores al proceso el consenso necesario para ser debatidos.

La violencia del Eternauta, sobre todo su etapa más contradictoria, que es la segunda, está dada por adhesiones políticas de Oesterheld. Su participación en  Montoneros lo llevó a polarizar la realidad entre aliados y enemigos. A creer que hay una violencia buena y una violencia mala, que basta con tener claro el fin para que esta sea justificada por la historia y por la ley. Esa forma de entender el mundo se filtra en su arte. Deja de narrar y pasa a catequizar, a adoctrinar, a cavar trincheras donde antes había relato.

Emparentar a un presidente democráticamente elegido por las urnas con esa historia y con ese personaje es acercarlo peligrosamente a la violencia desmedida de la que siempre se preocupó en aclarar que no fue parte. El Eternauta de la primera parte troca en guerrillero. Es un guerrillero. Un (súper) hombre de armas, que mata con ellas y con sus propias manos. Que no teme sacrificar a otros como herramientas para sus fines. La legitimidad de la violencia utilizada por él y sus aliados bien puede ser considerada como consecuencia de los hechos acuciantes en los que están insertos: una invasión, la esclavitud, el peligro de perder la conciencia de sus propios actos, el súbito viaje por dimensiones y eras. El Eternauta no eligió sus circunstancias, fue puesto en ellas y a partir de allí sus decisiones van en una sola dirección que es la de hallar a su familia. Néstor Kirchner las eligió a todas ellas, cada paso de su carrera política fue una cuidadosa elección de pros y contras que lo llevaron a ser intendente, gobernador y presidente, líder de su propio espacio político inserto en el mayor partido de masas de América latina, reformador de prácticas y discursos políticos, aliado, adversario y enemigo. Juan Salvo nunca tuvo (y nunca se dio) esa oportunidad.

Lo único que emparenta al expresidente con el Eternauta es el error de creer que el héroe de su historia era un héroe colectivo. No hay nada de eso en el Eternauta. Oesterheld lo creía así pero se equivocaba. No hay signos de colectivismo ni en su primera etapa ni en ninguna de las otras. No hay decisiones tomadas en conjunto, es siempre su voluntad la que se impone. Son los otros los que yerran. Son sus dudas las únicas que le preocupan. Es sólo su voluntad la que tracciona la narración. Kirchner actuó de la misma manera. Leyó la realidad y vio en ella la oportunidad de hacer de la nada una legitimidad a nivel nacional y regional en función, como se ha dicho, de dar voz a los reclamos de otros mientras estos fuesen útiles a la legitimidad de su espacio político. No se desliza aquí que fuera un oportunista, lo que se pretende es hacer notar que era un político, que conformaba un espacio político, y que sopesaba la realidad en función del poder que quería tener o conservar tal y como lo hacen todos los políticos. No era un sobreviviente; no era, no podía ni podrá ser comparado con el Eternauta. La comparación no es aplicable y es un acto de injusticia con ambos.

Sobre deudos y Honras

Cuando se honra la memoria de Oesterheld en la casa Rosada, o cuando se le entrega a la presidenta un premio con el nombre del héroe, lo que se está haciendo es poner el foco sobre el militante, sobre el luchador social y no sobre las historias que este contó mientras estuvo vivo. El Eternauta pasa a segundo plano, se desdibujan sus virtudes literarias y queda opacado y asociado a una forma de entender la realidad social. El kirchnerismo ha hecho una apropiación de esa figura avalada por la viuda del autor y por Solano López, su dibujante. Ha manifestado su uso del espacio público plagando la ciudad de stencils y remeras reproduciendo la imagen del Eternestor sobre el lema “Fue mi único héroe en este lío”, frase de una de las canciones más reconocidas del grupo Patricio Rey y sus redonditos de ricota. Esto es algo que ha traído de nuevo a la masividad a uno de los grandes personajes de la literatura argentina, que lo trajo nuevamente a la boca de muchos. Pero lo que no ha hecho el Kirchnerismo es fomentar la obra  en sí misma ni el extenso y valiosísimo trabajo que Héctor Oesterheld realizó durante décadas y que poblaron las páginas de decenas de revistas. Las sagas del Eternauta, Mort Cinder, Ticondeoga, Ernie Pike, Sargento Kirk, Sherlock Time, Rolo, el marciano adoptivo, y otros muchos no cuentan con una edición integra, cuidada. Parece escaso que el diario oficialista Tiempo Argentino edite las tiras del Eternauta en formato original. Y es curioso que un trabajo de valoración que se requiere para un artista de esta talla no sea hecho en la actualidad por el gobierno que se embandera con su nombre y sí haya sido hecho durante la última década por su principal enemigo: el Grupo Clarín (biblioteca clarín de la historieta).

Desde esta pequeña reflexión se celebra que a partir de un uso político se debata una obra de arte, que se la saque del debate del salón literario y de la cueva de cómics para entendidos y se la mire a la luz de una nueva perspectiva. De este modo la obra se reactualiza, se resignifica y se dispara en nuevas y múltiples dimensiones. Esto enriquece al cómic, a la literatura, a la política y a los grupos de interés que integran un sociedad que se pregunta sobre ellos, estemos o no de acuerdo con las apropiaciones resultantes■


Puede descargar El uso ¿errado? del arte: Néstor Kirchner y el Eternauta - Andén 55 en formato .pdf