Viajamos a las 3ras Jornadas del Norte Argentino de Estudios Literarios y Lingüísticos, un poco distraídas por lo que implicaba ir a escuchar, nada más y nada menos que… a Eduardo Galeano.

Estas jornadas vienen realizándose con proyección regional y nacional desde el 2006; sin embargo, surgen ya en 1999 bajo la gestión de un grupo de estudiantes durante el regreso de un encuentro de literatura en Cusco. Es así entonces que las Jornadas del Norte nacen en Jujuy, en la periferia de la periferia, como introduce la coordinadora del encuentro, María Eduarda Mirande. Desde allí nos proponen un espacio para pensar y problematizar en torno a la realidad local, la realidad global y sus tensiones.

Si pensamos en un mundo signado por zonas hegemónicas y zonas limítrofes, núcleos y márgenes, Jujuy habita la frontera. La frontera que, lejos de la hibridez estéril, se propone en estas tierras como un lugar privilegiado, en tanto espacio signado por una amplia actividad de lenguajes y códigos culturales en tensión. En este territorio, los esquemas monolíticos y las contraposiciones dicotómicas difícilmente puedan proponerse como respuestas. Lo cotidiano se posiciona críticamente frente al fundamentalismo monocentrado. Así, la inestabilidad misma de este espacio, su porosidad, liberan el terreno para el pensamiento abierto a la heterogeneidad.

Ese espacio es el que ofrecen estas jornadas que invitan a pensar las “revoluciones y refundaciones en el campo literario -en torno al bicentenario”.

En este marco fue convocado Eduardo Galeano, para reflexionar en torno a uno de nuestros tantos mitos de origen: La Independencia.

El Mito de la Independencia es pretencioso. En tanto mito, propone un quiebre temporal, inaugura un nuevo ordenamiento que se pretende reactualizable cíclicamente para la preservación del sentido que carga. Pero a su vez, este sentido que inaugura el mito de la independencia, se apropia del tiempo cronológico; es así que proponiéndose como novedad y borramiento de lo anterior, se apropia de lo que vendrá.

Inaugurando el origen de cierto tipo de humanidad, el sujeto ciudadano, lleva a la amnesia retazos de historia, personajes, procesos.

Eduardo Galeano hoy nos propone traer al recuerdo a esos “perdedores vencidos por la Historia”. Esta la palabra del escritor uruguayo.

«Voy a leer algunos textos breves, de esos que a mí me gusta escribir, a propósito del tema el bicentenario que es el que de algún modo orienta estas jornadas.

Son a veces nada más que apuntes… otras, textos más prolongados. Empezaré evocando lo que me contaron que ocurrió en Quito al día siguiente de la Independencia. De los países sudamericanos, fue Quito el primer lugar en el que la independencia estalló. Al día siguiente en algún muro de la ciudad alguien escribió “Último día del despotismo y primero de lo mismo”. Mientras, en Bogotá, Antonio Mariño, quien mucho habría luchado por la independencia, diría “Hemos mudado de amo”.  Su periódico, el periódico de Mariño, denunciaba que el alzamiento patriótico se estaba convirtiendo en un baile de máscaras y que gobernaban ya Colombia, decía él, los caballeros de mucho almidón y mucho botón.

25 de Mayo de 1810. Llueve en Buenos Aires. Bajo los paraguas hay una multitud, se reparten escarapelas celestes y blancas. Reunidos en lo que hoy se llama Plaza de Mayo, los señores de levita claman “¡viva la patria!” En la realidad real, no maquillada por las historiografías escolares, no hubo sombreros de copa, ni escarapelas, ni levitas; y parece que ni siquiera hubo lluvia ni paraguas. Hubo un coro de gente reclutada por apoyar desde afuera a los pocos que, dentro del Cabildo, discutían la independencia. Esos pocos: tenderos, contrabandistas, ilustrados doctores, jefes militares, fueron los próceres que dieron nombre a las avenidas y calles principales. No bien declararon la independencia, implantaron el comercio libre: y así, el puerto de Buenos Aires asesinó en el huevo a la industria nacional que estaba ya naciendo en las hilanderías, tenedurías, talabarterías y demás talleres (…)

Pocos años después, el canciller británico brindó celebrando la libertad de las colonias españolas en América. Hispanoamérica es inglesa. Inglesas eran hasta las piedras de las veredas.

Las grandes fortunas en pocas manos, creía Mariano Moreno, son aguas estancadas que no bañan la tierra. Para no mudar de tiranos sin destruir la tiranía, había que expropiar los capitales parasitarios amasados en el negocio colonial.

(…) Del extranjero había que traer máquinas y semillas en vez de pianos y jabone (…). El Estado, creía Moreno, debía convertirse en el gran empresario de una nueva nación independiente. La Revolución, creía, debía ser terrible y astuta; implacable con los enemigos y vigilante con los espectadores. (…) “Gracias a dios”, suspiran los mercaderes de Buenos Aires, “Mariano Moreno, el demonio del infierno, ha muerto en alta mar”. Sus amigos, French y Beruti, marchan al destierro y se dicta orden de prisión contra Castelli. Cornelio Saavedra manda a recoger los ejemplares del Contrato Social de Rousseau que Moreno había difundido y advierte que “no hay lugar para ningún Rosberspiere en el Río de la Plata”.

(…)

“Todos son perversos”, decía un comandante español, “pero Castelli y Moreno, son perversísimos”. Usurpada por los conservadores, la revolución sacrifica a los revolucionarios; se descargan las acusaciones: Castelli es mujeriego, borrachín, timbero y profanador de iglesias. Del prisionero, agitador de indios, justiciero de pobres, vocero de la causa americana; ya no puede defenderse. Un cáncer real acaba. Es preciso amputarle la lengua. La Revolución queda muda en Buenos Aires.

Años después, el fundador del socialismo en Chile Santiago Barros, se pregunta qué ha significado la independencia para los pobres. Y dice: de los ricos es y ha sido, desde la independencia, el gobierno. Los pobres han sido soldados, han votado como su patrón se los ha mandado, han labrado la tierra, han hecho acequias, han laborado minas, han cultivado; han prevalecido ganando real y medio, los han azotado. Los pobres han gozado de la independencia tanto como los caballos de Chacabuco y Maipú (…)

Uno de los generales de la región del plata, (…) uno de los que vio más claro la necesidad de que la independencia no se convirtiera en una emboscada para los hijos más pobres de América, fue José Artigas. José Artigas (…) fue derrotado por los tres puertos, Buenos Aires, Montevideo y Río de Janeiro. Quiero leerles algo que yo escribí a propósito del momento en que él se va al exilio, del que nunca regresó:

Sin volver la cabeza, usted se hunde en el exilio. Lo veo, lo estoy viendo: se desliza el Paraná con perezas de lagarto y allá se aleja flameando su poncho rotoso, al trote del caballo, y se pierde en la fronda.

Usted no dice adiós a su tierra. Ella no se lo creería. O quizás usted no sabe, todavía, que se va para siempre.
Se agrisa el paisaje. Usted se va, vencido, y su tierra se queda sin aliento.

¿Le devolverán la respiración los hijos que le nazcan, los amantes que le lleguen? Quienes de esa tierra broten, quienes en ella entren, ¿se harán dignos de tristeza tan honda?

Su tierra. Nuestra tierra del sur. Usted le será muy necesario, don José. Cada vez que los codiciosos la lastimen y la humillen, cada vez que los tontos la crean muda o estéril, usted le hará falta. Porque usted, don José Artigas, general de los sencillos, es la mejor palabra que ella ha dicho.

Esto es sobre Dos traidores: Domingo Faustino Sarmiento odió a José Artigas. A nadie odió tanto. Traidor a su raza, lo llamó, y era verdad. Siendo blanco y de ojos claros, Artigas se batió junto a los gauchos mestizos y a los negros y a los indios. Y fue vencido y marchó al exilio y murió en la soledad y el olvido. Sarmiento también era traidor a su raza. No hay más que ver sus retratos. En guerra contra el espejo, predicó y practicó el exterminio de los argentinos de piel oscura, para sustituirlos por europeos blancos y de ojos claros. Y fue presidente de su país y egregio prócer, gloria y loor, héroe inmortal. Algo sobre las constituciones… que fueron algo así como el broche de oro de la independencia de nuestros países… La principal avenida de Montevideo se llama 18 de Julio, en homenaje al nacimiento de la Constitución del Uruguay, y el estadio donde se jugó el primer campeonato mundial de fútbol fue construido para celebrar el primer siglo de vida de esa ley fundacional. El magno texto de 1830, calcado del proyecto de la Constitución argentina, negaba la ciudadanía a las mujeres, a los analfabetos, a los esclavos y a quien fuera sirviente a sueldo, peón jornalero o simple soldado de línea. Sólo uno de cada diez uruguayos tuvo el derecho de ser ciudadano del nuevo país, y el noventa y cinco por ciento no votó en las primeras elecciones.

Y así fue en toda América, de norte a sur. Un agregado, y también en el norte del norte, en los Estados Unidos. En la primera constitución de los Estados Unidos, ella estableció que un negro equivalía a las tres quintas partes de una persona. Menos mal que después cambiaron esa primera constitución, porque si no Obama no podría ser presidente. Porque un país no puede ser gobernado por las tres quintas partes de una persona.

Y como estaba diciendo, volviendo al tema. Y así fue en toda América, de norte a sur. Todas nuestras naciones nacieron mentidas. La independencia renegó de quienes, peleando por ella, se habían jugado la vida; y las mujeres, los pobres, los indios y los negros no fueron invitados a la fiesta. Las Constituciones dieron prestigio legal a esa mutilación.

Bolivia demoró ciento ochenta y un años en enterarse de que era un país de amplia mayoría indígena. La revelación ocurrió en el año 2006, cuando Evo Morales, indio aymara, pudo consagrarse presidente por una avalancha de votos.

Ese mismo año, Chile se enteró de que la mitad de los chilenos eran chilenas, y Michelle Bachelet fue presidenta.

En realidad el primer país libre, realmente libre, independiente y libre de las Américas, no fue Estados Unidos, como dicen, sino Haití. Porque los Estados Unidos se liberaron del poder colonial británico, tenían y seguían teniendo 650 mil esclavos. Y una nación que tiene 650 mil esclavos es libre para todos los demás, pero no para ellos, digo yo, no sé, se me ocurre… Dicho sea de paso, un pequeño agregado. Hubo un founding father moderno, un padre fundador, que la historia oficial olvidó. La historia oficial es implacable, condena a la amnesia de lo que no conviene, de lo que no es bueno que se sepa que existieron. Este hombre, que era el más rico de todos, se llamaba Robert Carter, y era el más rico de todos, dicen. Y tenía una cantidad de esclavos, centenares de esclavos. De todos los fundadores de la patria, él fue el único que liberó a sus esclavos. Y no los liberó de golpe, pronto, hubiera sido una crueldad arrojarlos a la intemperie, a la calle, a la miseria. No, los liberó de a poquito, logrando para cada uno de ellos, una ocupación, un empleo. Pero los liberó a todos. Y eso fue imperdonable. Cometió un pecado imperdonable. Fue abandonado por sus compañeros de lucha, y fue también mal visto por sus amigos, por su familia, por sus vecinos, por todos. Y por la historia, claro, que lo condenó a la amnesia»■


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