Algún mes del año 1978. Ese año, había obtenido el «permiso» de ir solo hasta el colegio, tercer grado. De todas maneras, veinte años más tarde me iban a hacer la gran revelación: en los primeros meses, me seguían las tres cuadras que separaban mi casa del establecimiento, para saber si cruzaba bien la calle. Claro, hoy impensado para la cantidad de vehículos y temas de inseguridad. De ese año, tengo algunos recuerdos.

Mi padre era peronista de la vieja guardia, y en mi casa estaban bajo siete llaves los bustos del Gral. Perón y de Evita, muchos libros «subversivos» y fotos de mi padre en reuniones peronistas.  

No se podía cantar, y mucho menos silbar, la marcha peronista. A pesar de mi corta edad, notaba un aire enrarecido. Mezcla de festejos por ser los anfitriones de un mundial de fútbol y ese «miedo» que imponía la policía en la calle.

Un mediodía, volvía del colegio con mi portafolio en la mano (aún no se usaban mucho las mochilas) y cuando me dispongo a poner la llave en la cerradura de la puerta de mi casa, escucho algunos gritos.

Cuando me doy vuelta, observo la escena: tres hombres alrededor de Chiche. Chiche era un vecino que tenía alrededor de treinta y pico de años (en esa época para mí, era un señor mayor), al que tenían sentado en el cordón de la vereda. Mientras uno le tenía las manos desde atrás, los otros lo agarraban de los pelos y lo pateaban. Lo pateaban con los zapatos, en la cara. Era tal la crueldad con la que le pegaban, que yo me iba escondiendo casi entrando a mi casa, pero hipnotizado por esa fotografía.

Los dos perros que tenía Chiche, habían salido a la vereda y ladraban. El padre de Chiche pidiendo por favor que no le pegaran, y Chiche gritándole al padre que llevara a los perros para adentro de la casa. No entendía cómo podía pensar en los perros cuando estaba recibiendo semejante paliza.

Finalmente lo subieron a un Falcon celeste y se lo llevaron. Nunca más volvió. Don Salvador, el padre, nunca más supo de él. Sería uno de los miles de desaparecidos. Una persona menos en la vida, una historia menos para ser vivida. Luego, Don Salvador murió, y nada más se supo de esa familia.

En ese momento, se escucharon algunas voces de «en algo andará». Sí, el famoso «algo habrán hecho» se estaba gestando.

Después, la historia conocida por todos. Que hubo guerrilleros, que había atentados, y que la gente quería que se parara todo eso, que era mucha la gente que apoyaba al Proceso, sí… pero el terror ejercido desde el Estado, fue la mayor desgracia que pudo habernos tocado vivir. 

¿Cómo no hacer memoria un día como hoy?

Prefiero protestar contra los políticos corruptos, mejorar el sistema, votar al oficialismo, votar a la oposición, votar la alternativa, putear a un mafiosos sindicalista… todo, menos volver al Estado del terror■


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