El mundo árabe nos muestra una voluntad de cambio en su sistema político. Pero para ello, se impone un análisis de compatibilidad entre lo que se reclama y  su forma de vida: la religión.

 

Podemos caracterizar el comienzo de este año, 2011, como revolucionario. Es claro que estamos atravesando una época que implica surgimientos de nuevas intervenciones, multiculturalidad y una nueva mirada que impulsa cambios en los sistemas políticos. Imaginable es el centro de ebullición: el mundo oriental.

Pensar en los cambios que surgen en países árabes sin ser relacionados con la religión allí concertada, peca de ser incorrecto. Es por ello que podemos pensar en la religión no sólo como una cuestión de fe sino también como una forma de vida, que enmarca una ideología esencial.

Si entendemos política como actividad organizativa que genera una cierta forma de vida, ¿cómo se ve entonces conectada la religión en este campo? ¿Tan poderosas son las proposiciones religiosas, que se plasman en lo político? Para responder, un dicotómico cuestionamiento nos desafía: ¿estamos en lo correcto segregando los conceptos religión y política? ¿O debemos aunarlos para considerarlos uno?

Desde el punto de vista occidental, religión como instrumento conductor hacia el poder político, puede verse visualizado en un claro ejemplo actual: EGIPTO. Pensamos en este hito contemporáneo que ha dado comienzo a una vorágine revolucionaria en el mundo árabe, para plasmar la relación incondicional que en culturas muy diversas a la nuestras, presenta la religión y la política.

El 19 de marzo del corriente fue finalmente aprobado el referéndum que peticionaba una política basada en la democracia y la justicia social, propiciado entre otros por el líder del partido Asociación Nacional para el Cambio, Mohamed el-Baradei. Lo interesante son los antecedentes que se vinculan con este acto popular. En el ámbito interno de este Estado, fueron notorias las propagandas auspiciadas por organizaciones religiosas, que rezaban “Si votas ‘sí’ estás a favor de América y Baradei; si votas ‘NO’ estás a favor de Dios”. Además, ese mismo grupo conjuntamente con el partido político oficialista del mandato anterior, argüían que las reformas podrían atacar un artículo soberano en la Constitución Egipcia: el Art. 2 el cual sostiene “El Islam es la religión del Estado”. 1

Sorprendentes son estas declaraciones, las cuales ponen en tela de juicio la devoción por la creencia musulmana de aquellos que cooperan con el cambio. Ya no nos acotamos a un conflicto meramente político, AHORA la política se funde en un cuadro plenamente religioso.

Entonces, ¿podemos, nosotros como parte de una ideología occidental de asiento sudamericano, entender estas premisas religiosas vinculantes a lo político, considerando que damos por sentado la secularización de estas dos cuestiones? Ciertamente no. Para obtener una respuesta certera, debemos inmiscuirnos en la piel islámica. Este mundo desconocido ante nuestros ojos, cree fervientemente que cada integrante de la población- el mahometano- es un seguidor de Dios y “Dios es Uno, Único, Creador, Señor y Juez”2, que rige no sólo la estructura de la vida sino también la conducta de cada hombre. Es por ello, que al regir una estructura social denominada “comunidad de creyentes”, exige un régimen político donde una ley, la ley divina, sea la única. Es decir que cada gobernante tiene en su poder la facultad de guiar al pueblo en su fe bajo esta estructura divina. El punto central de este planteo supone que el Corán además de ser un libro de fe constituye la ley fundamental que diseña una estructura sociopolítica.

Volviendo a retomar la situación en Egipto, nos resulta interesante observar cómo se va produciendo la compatibilidad entre la nueva estructura política que se quiere implementar y el sistema divino-político que impera en el reino musulmán. Esta problemática que surge en cuanto a la búsqueda ansiada por llegar a un estado “más democrático” (vale aclarar que al referirnos a este concepto hablamos de ideales y no de su materialización), pone en tela de juicio ciertas cuestiones religiosas.

Difícil es prever como los países árabes, como Egipto, afrontarán esta desestructuración que ellos mismos plantearon. Sin lugar a dudas, el cambio ya está sembrado, el objetivo es claro y está siendo cumplido. Ahora bien, no olvidemos el dominio espiritual que con tanta raigambre se funde en la sociedad musulmana. ¿Llegará a consolidarse en este objetivo? Esperemos que así sea■


http://www.uam.es/otroscentros/medina/egypt/egypolcon.htm. Art. 2, LA CONSTITUCIÓN DE LA REPUBLICA ARABE DE EGIPTO 1980.

“El Islam y la política”, Revista Alif Nun, Guerrero, Rafael R.


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