Toda forma de política ha nacido como un intento por evitar o paliar aquello que conduce hacia la muerte. Hacemos política para evitar tener que ir a la guerra, para salvaguardarnos mutuamente de las inclemencias de la naturaleza, para que nos sea más fácil acceder al alimento. Pero la muerte no puede ser vencida por tal artificio humano. Está, de modo inexorable, un paso más allá de cualquier esfuerzo que hombre o sociedad alguna realice. Este número de Andén constituye, junto con el número 60 dedicado a la temática del cuerpo, una díada antropológica en la búsqueda del límite del hombre y de la mujer como ser, como una entidad troquelada y puesta en perspectiva, de cómo nuestros apetitos y deseos limitan nuestro campo de acción en un mundo del cual tenemos experiencia a través de un cuerpo que comienza a morir en el mismo momento de su alumbramiento. 


En ese sentido urge pensar ese acontecimiento inevitable como un disparador de todo tipo de acciones y de prácticas sociales. Ante el horizonte cierto de la muerte propia y la de los seres queridos, el individuo hace, obra, construye andamiajes de protección que mantengan alejado el riesgo y el miedo a la muerte. Ese es el objetivo primordial de todas las teorías contractualistas: justificar el modo en que distintas comunidades se organizan para vivir más y mejor.

Un modo de entender la vida en una sociedad determinada es prestándole atención a sus cementerios, a su prácticas funerarias, al modo en que se relacionan los muertos con los vivos. El mero pensamiento de corte religioso acerca de la muerte nos da un punto de vista espiritual pero no agota la temática. Porque en la muerte se juegan temas tan sensibles como la donación y venta de órganos (un problema que pone entre dicho cualquier concepto de solidaridad), los abortos clandestinos (que traza las aguas de la moral entre quienes pueden pagarlo y quienes no), la mortalidad infantil (una aberración en un país que se jacta de gastar casi mil millones en el futbol para todos) , la tasa de suicidios, los accidentes de tránsitos (en la argentina, uno de los más altos del mundo), los índices delictivos, la falta de cadáveres en las academias de medicina, la superpoblación en cementerios (tema del que quisimos conversar con el Dr. Néstor Pan Director de la dirección General de Cementerios de la ciudad de Buenos Aires, quien se mostró interesado y luego, al comprobar nuestras filiaciones ideológicas, nos negó la entrevista) y un largo etcétera.

Ya no es habitual morir en soledad. La muerte es una cuestión social. Morimos solos pero rodeados de gente, por enfermedades que pueden ser resultado de hábitos sociales como el tabaquismo o el alcoholismo, por contaminación ambiental, por el stress de no poder evitar vivir los unos junto a los otros y no llegar a procesar el malestar en la cultura. La muerte está ahí siempre. Como herramienta política de las dictaduras de todo signo y color que torturan para no matar de inmediato, que desaparecen los cuerpos para esconder el crimen y para negarle a los deudos el derecho de todo hombre de enterrar a sus muertos. Sófocles lo planteó como nadie en Antígona: la muerte es una cuestión de Estado, los cadáveres mismos lo son. Muertos tristemente célebres como Osama Bin Laden, Adolf Hitler, los millones de muertos del gran salto adelante chino, los cadáveres maltrechos de Eva Duarte y Juan Perón, la dudosa muerte de Carlos Menem (h) dan ejemplo de que la muerte adquiere tintes indudablemente sociales y políticos, históricos, partidarios, sindicales, en relación a los recursos de una sociedad, a pactos mafiosos y secretos.

Sin embargo la muerte puede ser también, aunque inútil para los que la padecen, inspiradora para aquellos que los sobreviven. Imposibilitado de seguir adelante con el dolor acuestas el ser humano posee dispositivos psíquicos que le permiten asimilar la pérdida y seguir adelante. Si la vida y la muerte tienen un sentido tanto para el que muere como para el que lo acompaña, entonces el paso de una a la otra puede ser sublimado, reinterpretado de tal modo que se vuelva útil como una herramienta que ayuda a construir. Huelgan los ejemplos de gente cuya muerte ha resultado inspiradora como huelgan los ejemplos de las masas que, con esas muertes delante, posibilitaron procesos políticos de onda relevancia histórica (rellénese con ejemplos a gusto del lector).

La muerte es un momento grave, incómodo. Coloca al vivo frente al misterio de su propio límite. Interpela su ateísmo y su fe. Redimensiona su universo. Por esa razón, sea cual fuere la situación que nos pone ante ella, inútil es la pretensión de que se abra y nos muestre su naturaleza última si es que acaso la tiene. En última instancia, como individuos solos, ahora sí, separados por el dolor de la perdida del conglomerado social, el único abordaje capaz de consolarnos es el del arte que no da respuestas a nuestras preguntas por el porqué sino que ante el silencio que el mundo da como respuesta, afirma como el viejo poeta: “hoy tengo la muerte ante mí: como un remedio para el enfermo, como salir a un jardín tras la enfermedad. Hoy tengo la muerte ante mí: como el olor de la mirra, como sentarse bajo una vela con un buen viento. Hoy tengo la muerte ante mí: como la corriente de un arroyo, como la vuelta de un hombre del barco de guerra a casa. Hoy tengo la muerte ante mí: como el hogar que un hombre ansía ver, después de muchos años prisionero”■


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