La filosofía es (se cree que es) la búsqueda de un sentido, de un fundamento, de algún lugar trascendental, común a toda la existencia. Así, el punto de partida de todo filosofar es (se cree que es) el “Ser”, el “Bien”, lo “Bello”, o algún otro proyecto ontológico. El punto de partida de la filosofía de la liberación es (debe ser) el otro. Así, su fundamento es (debe ser) la liberación del oprimido, del pobre, del indio, del negro, de la mujer.

Para que exista algo así como la filosofía latinoamericana, debe pensarse, en primer lugar, que no es lo mismo que la filosofía en Latinoamérica. Intuitivamente, uno podría pensar que la distinción no trae mayores problemas y que aquí estamos marcando una sutileza, o simplemente “verseando”, dado que como todo el mundo sabe, a los estudiantes de filosofía –ni que hablar a los filósofos– les gusta “versear”.

Esta misma tarde, al salir con mi hermano, que estudia arquitectura, compartimos un mate con el encargado del edificio donde vivimos, quien hizo una diferencia tajante entre él, que por lo menos estudia para trabajar, y yo, que estudio para uno vaya a saber qué, pero que de seguro no habrá algo así como una utilidad práctica, o un servicio a la comunidad. Ahora bien, dado que esta nota nada tiene que ver con esto segundo, y sí mucho con lo primero, intentemos aclarar ese primer inconveniente, y darle algún sentido al verso.

Para ello, y para que este ejercicio que proponemos cobre algún sentido, agregaremos a esta reflexión algunas herramientas de nuestro compatriota, mexicanizado, Enrique Dussel.

 Más acá del verso, el oprimido

 Dussel presenta una ética alternativa a las éticas norteamericanas y europeas, que llamará “ética de la liberación”. Antes que nada, vale preguntarse ¿qué sentido tiene la formulación de una nueva ética?, ¿acaso no alcanzaba con las que había hasta el momento? Pues bien, la necesidad de crear este nuevo sistema, nos dirá Dussel, reside en que en todo modo de vida siempre hay un Otro oprimido, negado, que se justifica en el fin general que este persigue (baste pensar cuántas veces hemos escuchado esa famosa frase “el fin justifica los medios”, donde por un fin más o menos aceptable, se justifica cualquier atrocidad). Frente a ello, la Ética de la Liberación propuesta declara el siguiente imperativo: “Libera a la persona indignamente tratada en el Otro oprimido” (Dussel: 45).

Este principio ético, a diferencia de los anteriores, es absoluto (vale para todo sistema) y concreto (se da en la realidad y no se abstrae de ella). Veamos con un poco más de detenimiento esta cuestión: la Ética de la Liberación ubica al Otro oprimido y negado donde las otras éticas instituyen al “Ser”, al “Bien”, o alguna otra comunidad. El punto de partida, como puede sospecharse, no es un lugar menor, especialmente si tenemos en cuenta aquel principio por el cual todo cuanto afirmamos constituye la negación de aquello que queda fuera. Y como nosotros nos encontramos mucho más acá que los principios formales, se hace impostergable reflexionar acerca de situaciones reales. En ese orden, la propuesta de Dussel es dirigir la pregunta hacia quién queda fuera (el oprimido) antes de quién está dentro (del “Ser”, del “Bien”, o la comunidad). Como resultado encontraremos que, mientras que para la ética de la liberación las mujeres oprimidas, las razas dominadas, las culturas populares asfixiadas, o la naturaleza misma sobre-explotada, constituyen una situación normal, desde la cual emprender el proceso de liberación; para las éticas del Discurso y de la Comunicación, las mismas situaciones se presentan como una “situaciones excepcionales” no previstas en su aparato conceptual, y por tanto, negadas.

Pero todo esto que venimos hilvanando, no es más, aunque tampoco es menos, que anteponer la pregunta por el pobre (concreta, real, latinoamericana) a la pregunta por el Ser (abstracta, formal, europea y norteamericana). Lo que plantea la filosofía latinoamericana, en primera instancia, es un nuevo punto de partida.

 Una propuesta propia

 A esta altura, ya estamos lo suficientemente introducidos como para volver a pensar esa distinción inicial, que intuitivamente parecía no presentar grandes diferencias, entre filosofía latinoamericana y filosofía en Latinoamérica. Mientras que el primero sale a la búsqueda de un nuevo preguntar, que parte desde nuestro propio suelo y que se dirige a nuestros problemas y realidad; el segundo se implanta un preguntar foráneo y ajeno, asumiéndose como propio y negando cuanto va de nuestro (siempre que no entre, claro está, en los parámetros de Ser definidos desde Europa para todo el resto del mundo).

Y cómo no va a pensar mi hermano o el encargado del edificio que la filosofía no es más que verso. De hecho, cómo no pensarlo nosotros que estudiamos o hacemos filosofía, si cada vez que se presenta un problema filosófico, nada tiene que ver con el discurrir de nuestras vidas, con nuestro acontecer, con lo que sucede aquí y ahora.

 ¿Ser o estar?

Si indagamos un poco más sobre este punto, descubriremos que la cuestión de fondo, como ya lo anticipaba otro gran pensador argentino, Rodolfo Kusch, tiene que ver con que antes de Ser, encontramos el Estar. Kush se aventura al pensamiento del estar en el horizonte pre-ontológico, y nos dice: “…existo, luego pienso y no al revés” (Kusch: 180), buscando avanzar sobre el afán de ser alguien hacia la simplicidad del mero estar.

 Afirmar el existir es el comienzo de una filosofía ética, que ante la infinidad de posibilidades que representa el pensar la nada (y el nihilismo generado a partir de la negación de toda trascendencia), se establece con el presupuesto de “los Otros” por delante.

Lejos del ergo-centrosimo europeo, “Existo, luego pienso” no es una tautología al ergo-sum cartesiano ni es una institucionalización de un Ser ajeno. Es el pensar desde el estar, el aquí y ahora propio de nuestra realidad.

Ahora bien, Dussel nos dirá que si bien es cierto, por un lado, que el estar es el punto fundamental desde donde negando nos reconocemos, no es menos cierto, por el otro lado, que el “mero estar” no alcanza, porque si bien pone patas para arriba la metafísica moderna, desenmascarando cuanto de falso conlleva, no propone disputarla. Es por ello que Dussel propondrá, antes que el “mero estar”, asumir nuestra realidad latinoamericana desde el “estar oprimido”, pasando así de una supervivencia pasiva a una dinámica de liberación.

 Losotros, la primera persona

En ese orden, Dussel propondrá ‘La razón ética originaria’, como aquél momento “primero racional, anterior a todo otro ejercicio de la razón, por la que tenemos la experiencia o actualidad (empírica y formal, trascendental o ideal) del Otro antes de toda decisión, compromiso, expresión lingüística o comunicación a su respecto. Es la ‘responsabilidad por el Otro’ a priori y como presupuesto…” (Dussel: 55). De este modo, el excluido es reconocido (no como excluido, no como funcional, no como objeto, sino) como sujeto posible del proceso de liberación, y de llegar a ser participante pleno de la nueva comunidad.

Ahora bien, llegados a este punto, ya no podemos dejar de preguntarnos: ¿puede este esquema teórico traducirse en una práctica de liberación? Dussel entiende que, para ello, es necesario que se den tres momentos: a) afirmación del proceso de liberación, b) negación de la negación, y c) pasaje positivo a la liberación.

Brevemente, podemos mencionar que a) constituye el momento en que los oprimidos y excluidos comienzan a sentirse sujetos de la historia, se descubren en tanto encubiertos, ignorados y afectados; subvirtiendo (en el sentido de sacar a la luz lo que está oculto) su negación y ocultamiento; que b) la negación de la negación implica situar la lucha dentro del sistema, negando aquello cuanto nos niega, oculta y oprime, y expresando la necesidad de construir un sistema nuevo ante la injusticia del antiguo; y c) el pasaje hacia un nuevo momento posterior a la des-construcción (negación de la negación), donde aquello oprimido y excluido se afirme, no como lo mismo, sino como afirmación de la exterioridad en relación a lo que lo niega, para generar una nueva situación de justicia e igualdad.

Solo reemplazando el filosofar en América, por la filosofía latinoamericana, solo asumiendo nuestras problemáticas como punto de partida para toda reflexión, sólo iniciando este recorrido en el oprimido (que se reconoce en el pobre, la mujer, la raza, la naturaleza), solo desde allí, decimos, puede pensarse que la filosofía tiene un sentido para nosotros y, lo que es más importante, que nosotros que estudiamos filosofía, tenemos algo que aportar al proceso de liberación de los pueblos


Bibliografía:

Enrique Dussel. La Ética de la Liberación, Cap II.

Rodolfo Kusch. Una Lógica de la negación para comprender a América. Ed. Bonum. 1974.


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