Péstumo era un pez muy inquieto. Lo que más le gustaba en el mundo era nadar cerrando los ojos. Desde muy chico, se escapaba de su casa tempranito para andar sin mirar mientras todos dormían, solo así se sentía seguro para avanzar en el agua. El mundo del océano era un lugar lleno de peligros, miles de peces de todos los colores que lo miraban indicándole lo que tenía que hacer, predadores nadando en lugares raros y desconocidos. Él era el más chiquito de su familia y desde siempre se había sentido un poco solo. Él era siempre “un poco”. Un poco pez y un poco raro; un poco grande y un poco el más chiquito; un poco perdido, nunca se sentía él… Cuando nadaba como a más le gustaba, sin mirar, solo así sus escamas se movían con la marea y su piel se sentía acariciada por el agua.

Un día estaba muy triste, muy metido para adentro, sin poder dormir… daba vueltas sin poder conciliar el sueño… su soledad era algo que le preocupaba… entonces decidió salir a nadar, a hundirse en el agua, a sentir sin pensar. Esa noche mientras se movía entre las olas casi sin fuerzas, con una angustia que le pesaba por todos lados recibió una sorpresa, un llamado inesperado. Alguien le puso una mano en el pecho y él asustado abrió los ojos de golpe, aterrado, desorientado. Su hermano mudo le dio un abrazo… No dijo nada, él no era alguien de muchas palabras, simplemente lo abrazó justo como él necesitaba. Parece que mientras nadaba en la noche había alguien que miraba sin acercarse, alguien lo contemplaba a lo lejos. En realidad, se dio cuenta de que no estaba tan solo sino que simplemente había que abrir los ojos


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