La aparente neutralidad educativa contiene en sí toda una gama ideológica de complicidades y silencios fundamentados en un conservadurismo que ya por estos tiempos resulta medieval. Hurlingham, año 2011. Dentro de un aula un sacerdote utiliza sus clases de catequesis para amenazar a los estudiantes con el infierno, insultarlos y recomendarles que vayan a una escuela especial. Todos actos de suma violencia y discriminación propios de las novelas picarescas, pero aquí, ahora e impunemente.

Desde los clásicos de literatura han sido tratadas las relaciones entre niños y adultos con asiduidad, desde La vida del buscón de Quevedo, hasta La vida del Lazarillo de Tormes, o los cuentos de navidad o el Cándido de Voltaire se ven diferentes formas de vincularse, en sociedades disímiles y diacrónicas. El planteo acerca de la niñez era casi nulo, o mejor dicho, a niño pobre, niñez anulada. Los desdichados caminos por los que los pequeños héroes debían transitar eran sumamente crueles, aunque disfrazados en argucias literarias que hasta los convertían en simpáticos relatos. El hambre, el frío, los abusos, los golpes, la esclavitud y la temprana muerte no escaseaban. La niñez no estaba establecida por edad, a los 7 podía uno no ser niño, o a los 14 podía sí serlo: lo que marcaba quienes eran niños y quienes no, era la posición social. Hablar de niñez no es lo mismo hoy que en los siglos XVII, XVIII, o XIX, y mucho menos si nos vamos más atrás en el tiempo.

La vida del Lazarillo de Tormes se torna tanto más significativa en tanto que su autor decidió dejarla anónima, lo que la hace mucho más reveladora y metafórica. La vida de cualquier niño cuyo padre fue preso por no poder pagar lo requerido por la corona, o murió en alguna de las tantas guerras patrocinadas por ese gran sponsor llamado dios, se hace carne en el Lazarillo:

… en este tiempo vino a posar al mesón un ciego, el cual pareciéndole que yo sería para adestralle, me pidió a mi madre y ella me encomendó a él…

La fría despedida de la madre y la confianza de haberlo encomendado en el paradójicamente culpable (dios) de la cárcel de su padre, transforma al niño en mercancía, potencial esclavo arrancado de su infancia sin cuentos de hadas ni golosinas. Los despertares del Lazarillo lejos estaban de las caricias de la madre:

Fue tal el golpecillo que me desatinó y sacó de sentido, y el jarrazo tan grande que los pedazos dél se me metieron por la cara, rompiéndomela por muchas partes, y me quebró los dientes, sin los cuales hasta hoy día me quedé.

Tal vez lo que más se asocia a un niño es la sonrisa, no es casual la aclaración de la carencia de dientes, reflejo de la no infancia, de la imposibilidad de volver a reír; hay daños que son irreparables, la niñez no es recuperable, se puede tan solo acariciarla a destiempo, soñarla y despertar de nuevo con el jarro, el golpe y las heridas estancadas en la piel y más allá.

Muchas tesis han coincidido en que las novelas picarescas tienen como único fin divertir, a veces es necesario creer que la finalidad era conmover, denunciar los maltratos; pero más allá de las intenciones de un puñado de escritores, está la recepción de millones de lectores que nunca han sentido dolor o identificación ante los flagelos vividos por los pequeños viajeros de la desgracia. La visión de la niñez ha sido revisada y repensada, será tiempo de que los críticos literarios revean sus hipótesis acerca de las novelas picarescas.

Nuestro siglo abraza una visión protectora de la niñez, leyes y discursos la amparan y la optimizan, pero como si fuese un cuenco imposible de llenar, aparece la pobreza otra vez mordiendo a una desamparada y angustiante cantidad de niños que habitan este mundo, este siglo y esta nada. La escuela se establece como asistencial ante los fracasos o éxitos (según desde dónde se mire) de los modelos políticos reinantes. Escuela que hasta hace unos años irrumpía en la niñez con imposiciones autoritarias y la automatización del pensamiento cuya finalidad era la anulación del pensamiento, del criterio y de la ideología; en resumen, la anulación de una posible adolescencia pasional y rebelde. Eliminar la niñez era la forma más segura de desterrar la adolescencia de la raza humana.

Bruno Bettelheim en psicoanálisis de los cuentos de hadas, habla de la importancia de narrar, de desarrollar la curiosidad de los chicos, deja en claro cómo debe ser una buena historia:

Para enriquecer su vida, ha de estimular su imaginación, ayudarlo a desarrollar su intelecto y a clarificar sus emociones […] resumiendo, debe estar relacionada con todos los aspectos de su personalidad al mismo tiempo; y esto dando pleno crédito a la seriedad de los conflictos del niño, sin disminuirlos en absoluto, y estimulando, simultáneamente, su confianza en sí mismo y en su futuro.

Pero a veces pareciera que los tiempos se funden y se atraen entre sí, a veces pareciera que los niños del siglo XXI nada tuvieran de niños, al igual que los no niños de remotos tiempos; en la provincia de buenos aires y en las zonas sur y oeste de la capital federal los niños, si son pobres no crecen, porque ya nacieron adultos y culpables.

En la escuela actual, si bien los planes y bajadas ministeriales incentivan a la creatividad del niño, aún se ve demasiada resistencia a pensar en ellos como seres independientes, con inquietudes reales e importantes, se siguen disminuyendo sus conflictos al punto de que las cosas de chicos, se convierten en sinónimo de cosas sin sentido, sin importancia. Esto da lugar a muchas otras cuestiones que se tornan peligrosas; mi experiencia como docente me ha llevado a enfrentar varias situaciones en las que lejos de cuidar a los chicos, se los niega como personas, negándoseles sus derechos a ser escuchados, menospreciando sus problemáticas y poniendo siempre en duda su palabra.

En lo particular me tocó vivir situaciones inesperadas para estos tiempos, en la escuela Madre Teresa, sita dentro de la fundación felices los niños, que aún dirige el cura condenado por pedofilia y abuso de menores, Julio César Grassi. Hace poco me llegó un reclamo de un grupo de chicos angustiados ante la situación de un docente que los insulta, maltrata, y hasta incomoda a las chicas con miradas acompañadas de dichos para nada pedagógicos y mucho menos paternales; la posterior molestia y reacción de los chicos, terminó con amenazas de sanciones y traslación de responsabilidades, como por ejemplo un directivo les dijo a los chicos que ellos son los mal pensados, y que el docente sólo lo hace para acercarse a ellos, como lo haría un abuelito.

Es difícil no ver esta situación como un círculo de perversión que excede a la escuela, que se encuentra inmerso en el seno social. Pero mi situación es aquí y ahora y mi obligación es cuidar a los chicos y denunciar estos abusos y maltratos, aunque el sistema mismo se encargue de repeler cualquier denuncia, con el simple hecho de no contar con una oficina que atienda estos casos. La inspectora del distrito nunca está, hace exactamente dos meses que intentamos contactarla pero parece una tarea imposible, no tiene lugar, ni días ni horarios fijos para atender.

Aún queda demasiado por hacer para que la niñez no sea otra cosa que eso, y que la escuela sea el lugar de la creatividad, desde donde surjan seres pensantes y no personas autosometidas, ideales para mano de obra barata dentro de este sistema capitalista destructivo.

De más está aclarar que el sacerdote del que hablé al principio es real, y aún sigue enviando chicos al infierno, o peor aún, no es el único sacerdote, ni el único infierno…


Puede descargar ¿Felices los niños? - Andén 63 en formato .pdf