Maeterlinck nos propone en una de sus grandes obras, El Pájaro Azul, acompañar el viaje mágico de dos pequeños hermanos. Un viaje de búsqueda… como la vida misma. Con la apariencia de un cuento infantil, esta obra se revela como una magnífica interpelación sobre aquello que valoramos (o lo que no sabemos valorar) y sobre cómo a veces nuestras cegueras no nos permiten descubrir que lo que ansiamos desesperadamente se encuentra ante nuestros ojos.

El Pájaro Azul es una de las distinguidas obras teatrales escritas por el poeta simbolista Maurice Maeterlinck. Publicada en 1909 y traducida al español en 1916 fue llevada a los escenarios en diversas partes del mundo, incluso se realizaron varias adaptaciones cinematográficas.

Si bien se trata de una obra que se presenta a sí misma bajo el manto mágico de los cuentos infantiles, por su contenido ha sido considerada como un texto filosófico. Viajemos con Tyltyl y Mytyl (sus pequeños protagonistas), permitámonos mirar con la inocencia y la esperanza de sus ojos de niños para encontrarnos con algunas cosas que tal vez con los años hemos guardado bajo demasiadas llaves.

La primera escena de El Pájaro Azul nos revela el hogar de una familia humilde. Los niños despiertan en la noche de Navidad y deciden observar por la ventana la Navidad de los niños ricos; Navidad con regalos y pasteles que ellos no tendrán. Aquello que les produce un profundo asombro nos pinta a nosotros lectores un claro fresco de la vida de los pequeños:

MYTYL.- ¿Y por qué no los comen enseguida? [los pasteles]

TYLTYL.- Porque no tienen hambre…

MYTYL.- (estupefacta) ¿Que no tienen hambre? ¿Por qué?

TYLTYL.- Porque comen cuando quieren…

MYTYL.- (incrédula) ¿Todos los días?

TYLTYL.- Eso dicen…

Sin embargo no les guardan rencor, pues no tienen la culpa de ser ricos y se contentan con imaginar que ellos también comen manjares. En eso aparece el Hada que confiará a los niños la misión de encontrar al Pájaro Azul, lo necesita para llevarlo con su hija enferma. Para que no emprendan la travesía desprovistos de protección les entrega un sombrerito mágico con un gran diamante que “hace ver” el alma de las cosas, el pasado y el futuro.

Y así parten Tyltyl y Mytyl en medio de la noche a buscar un pájaro que no saben bien dónde encontrar, ni que es lo que lo hace tan especial. Personajes como la Gata, el Perro, el Azúcar, el Pan, el Fuego, el Agua y la Luz, entre otros, todos humanizados, los irán acompañando en el viaje.

La primera parada del camino será “El país de los recuerdos”. Allí los niños se encuentran con sus abuelos y sus siete hermanitos muertos. Luego llegarán al “Palacio de la Noche”, donde La Noche les revela que ella tiene en custodia todos los secretos de la naturaleza, a los fantasmas (que se aburren mucho desde que Hombre ya no los toma en serio), a las enfermedades y a las guerras. El tercer lugar al que arribarán será el bosque, donde gracias al gran diamante podrán encontrarse con el alma de los árboles y el Roble les devela el misterio de su búsqueda: el Pájaro Azul es el gran secreto de las cosas y de la felicidad. El viaje continúa, llegan al cementerio, pero este se transforma en una especie de jardín mágico y nupcial en el que no hay muertos (signo de una idea que se va perfilando cada vez con mayor peso en los escritos del autor, se trata de la consideración de la vida y la muerte como un continuum). Finalmente, se encuentran con el “Reino del porvenir”, es decir el lugar en que los niños esperan a nacer, allí escapando del Tiempo deben regresar apresuradamente.

Ya de regreso, Tyltyl reconoce decepcionado que si bien en cada uno de los lugares que visitaron encontró pájaros azules: el del Recuerdo se volvió negro, el del Porvenir se volvió rojo, los de la Noche se murieron y no pude agarrar el del Bosque… ¿Es culpa mía si cambian de color, si se mueren o si se escapan? La Luz le responde: Hemos hecho lo que pudimos… Habrá que pensar que el Pájaro Azul no existe; o que cambia de color cuando se lo mete en una jaula… Y de pronto descubren que la vieja tórtola de Tyltyl está mucho más azul que cuando él partió.

En definitiva, vale la pena rescatar los intentos (aunque fallidos) de encontrar los secretos de la felicidad y nunca olvidar que puede estar mucho más cerca de lo que la pensamos y que tal vez alcance con frotarnos los ojos, como los niños para ver mejor…


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