El extractivismo es un tema que ha cobrado una gran relevancia en los últimos tiempos, especialmente debido a la gran importancia que le han otorgado los grandes medios de comunicación. Con esto no buscamos referir que es algo más, pasajero, como todo en los medios–salvo la obsecuencia-, sino que las luchas que desde hace años se vienen librando hoy son puestas en la vidriera y visibilizadas masivamente.

 

Sin embargo, lejos de mostrarse los reclamos que se plantean desde los sectores afectados por las diferentes vertientes que hacen al modelo extractivista, los grandes medios visibilizan el conflicto, esto es: la crítica a los Gobiernos de los órdenes municipales, provinciales y, especialmente, nacional. No existe, sin embargo, una verdadera problematización sobre el tema, en tanto la excusa alcanza para la crítica. Pero tampoco parece encontrarse, en las arcas gubernamentales y los grupos afines, una discusión seria respecto a lo que denominan la profundización del modelo (o la sintonía fina, como gustan llamarle).

En ese orden, la máquina se detiene, sigilosa, en un Andén polémico, profundo, complejo. No es para menos: la propuesta cala hondo. Este andén se propone pensar aquello que ni el gobierno ni los medios parecen querer abarcar. Aquello por lo que se viene peleando desde hace años.

Aquella resistencia de siglos. Aquello que está detrás del enfrentamiento. Aquello que realmente está en juego cuando una comunidad se enfrenta a los empresarios o sus corsarios uniformados. Aquello que ubica de un lado a quienes defienden la tierra, y a empresarios y gobernantes (juntos) del otro.

Abordar el tema del extractivismo implica tener la visión alerta, dejar de lado los condicionamientos y los prejuicios. Y es que en temas donde hay muchos intereses en juego, que abarcan a grandes empresas internacionales, a un gobierno con una gran legitimidad política, a los grandes medios de comunicación, y a aquellos que perjudicados por estos intereses ponen el grito en el cielo.  La justicia es difícil de encontrar donde habita tanta retórica.

Es por eso que antes del arengue, este periódico juega su cruzada en la disputa. Temas como el progreso, el desarrollo, el consumo, la acumulación incesante, las prácticas represivas, las implicancias del cuidado de la naturaleza, el buen vivir frente al vivir mejor; son polos ineludibles para una discusión profunda, sincera y real, que permita desentrañar cuáles son las verdaderas implicancias del modelo. El sistema capitalista no tiene fin. No tiene límites. No tiene freno. La objetualización de la naturaleza y las prácticas extractivas desenfrenadas hacen que la huella ambiental que el ser humano produce sea superior a la capacidad de carga del planeta. Esto significa, en términos más llanos, que consumimos más de lo que el planeta puede regenerar.

Entonces la discusión deja de ser si nos gusta o no consumir, si lo hacemos o no. La discusión pasará a ser que no podemos hacerlo. Ahora bien, evitando los fatalismos baratos sobre el fin del mundo, situados en una posibilidad concreta y real del agotamiento de los mal llamados recursos naturales1, cabe preguntarse ¿quién decidirá quién tiene derecho a consumir?, ¿quién se verá más afectado?, ¿dejaremos esto también en manos del mercado, de su “autorregulación”?

Sabemos ya que el mercado no busca la razón y la justicia sino el negocio. Pero aun suponiendo ese imposible que es que busque la razón, ¿no está esta misma categoría de pensamiento viciada y vaciada de contenido?, ¿no se ve la razón como la correcta administración de los objetos que caen bajo su juicio? Este sigue siendo el problema y no la solución. La administración de la biodiversidad natural como un objeto más, conlleva la continuación de las prácticas patriarcalistas, desarrollistas y avasalladoras. Se habla, entonces, de una cosmovisión alternativa, donde las jerarquías y los valores se alteren en función de los reclamos de aquellos que se encuentran más postergados.

Hace poco, el 31 de enero, se cumplió un nuevo año del nacimiento del autor de las palabras que dan título a este editorial. La vigencia de los pensamientos de don Atahualpa, más que una prueba de su gran visión de la realidad, nos muestra lo poco que hemos avanzado realmente, a pesar de ese “crecimiento” del que nos enorgullecemos. Dijo también Yupanqui que hay un asunto más importante que Dios, “Y es que naide escupa sangre pa’ que otro viva mejor.”

 


[1]La naturaleza no es un recurso, porque no es un objeto. La distinción no es casual ni gratuita: apunta a modificar la relación que tenemos con el entorno al tratar la naturaleza como un sujeto.


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