Desde la privatización y desguace de YPF, en la tristemente célebre década de los 90, el sector se encuentra bajo manos privadas y, mayormente, de origen trasnacional. El saqueo con destino exportador y la falta de inversión han menguado las reservas a niveles históricos, obligando al país a importar cuantiosas cantidades de combustible. Asimismo, la industria es inherentemente contaminante tanto a nivel local como a nivel global –la quema de hidrocarburos es la mayor fuente de gases de efecto invernadero–. Un escenario propicio para la transición energética –hacia fuentes ambientalmente y socialmente sustentables – es dejado de lado: Argentina se encuentra en una carrera desenfrenada de fomento a la industria, donde incluso provincias como Entre Ríos o Catamarca se encuentran activamente buscando petróleo. Al mismo tiempo, todos los ojos se dirigen hacia nuevas reservas, pero de mayor riesgo: hidrocarburos no convencionales y yacimientos marítimos.

Moviendo las piezas: nuevas áreas de exploración petrolera y yacimientos no tradicionales

Con la sanción en 2006 de la denominada ‘Ley corta’ (N° 26.197) se culminó el proceso iniciado en la reforma constitucional de 1994: el traspaso de la soberanía del subsuelo a las provincias. Rápidamente los gobernadores de turno adecuaron sus marcos jurídicos, reformularon políticas públicas, crearon organismos y los incentivos a la exploración petrolera se anunciaron con bombos y platillos. Nuevas áreas marginales fueron licitadas en las provincias con tradición petrolera como las Patagónicas, Mendoza y Salta, pero también lo han hecho Entre Ríos y La Rioja. Otras, como la provincia de Buenos Aires, han encomendado la modificación de los marcos legales para iniciar la exploración. El resultado global es que todas las jurisdicciones, exceptuando Capital Federal, han dado señales claras a la industria para su radicación.  

Por otro lado, el Estado nacional ha lotizado el Mar Argentino, fomentando un nuevo avance sobre territorio aún no explotado. Los descubrimientos frente a las costas de Río de Janeiro, Brasil, en el megayacimiento Presal convocaron a gigantes del sector –Repsol-YPF, Petrobras, etc.- a adentrarse en mares profundos.

Sin embargo, lo que crea mayores expectativas son los yacimientos no convencionales: arenas compactas (o tight) y gas y petróleo de esquisto (o shale). Según sus promotores, una correntada de aire fresco para la industria a nivel global: el peak oil –punto de declinación irremediable de los niveles de extracción- se pospone; países importadores podrán extraer de su propio subsuelo (la tan mentada soberanía energética se encuentra a un pasito) ya que es una energía verde, al tener una emisión de gases de efecto invernadero menor que el gas y el petróleo convencional, si bien estudios recientes prueban lo contrario. Según los Estados Unidos (sic), Argentina es tercera reserva mundial de shale gas –los yacimientos cubren casi la totalidad del país-, y el gobierno nacional y las provincias se encuentran desesperados por su rápida extracción. En diciembre de 2010 YPF, junto a funcionarios nacionales y neuquinos, anunció el ‘descubrimiento’ –el economista Diego Mansilla, vinculado a Proyecto Sur, denuncia que fue una reclasificación de hidrocarburos ya conocidos- de una reserva de 927 millones de barriles de petróleo no convencional en Loma de la Lata. Una gran noticia para paliar los déficits energéticos del país, dependiente en su matriz energética casi en un 90% de los hidrocarburos, y que en el 2011 costó US$ 9000 millones en importaciones. El Estado reclama que se extraiga la riqueza dormida, que los balancines vivan y el oro negro fluya para el desarrollo de Argentina.

Sus sueños, nuestras pesadillas

Para algunos la palabra petróleo es sinónimo de riqueza, de abundancia y prosperidad. Sin embargo, para otros se relaciona mejor con el calvario cotidiano de la contaminación, el confinamiento territorial y la muerte paulatina. La palabra televisada, en grandes salones de pomposa decoración, que anuncia la inversión (sacrosanta) se encuentra a numerosos kilómetros (físicos e idiosincráticos) de donde efectivamente se cristaliza la avanzada petrolera.

La provincia de Salta ha licitado entre 2006 y 2010 casi la totalidad de su territorio para exploración petrolera. Aquí, las inversiones que se concretaron produjeron un avance sobre territorio indígena –mayormente del pueblo wichí- y campesino en el Chaco salteño. Esto ha redundado en que en territorios de las comunidades cercanas a Morillo, de la Organización Zonal Tch´ot Lhamejenpe, las topadoras –encomendadas por un consorcio petrolero integrado por empresas chinas y Daniel Lalín- entraran a desmontar sin ningún aviso (ni permiso) por parte de los comuneros. El monte –ya muy intervenido por el avance agropecuario- representa el principal sustento de vida para la reproducción espiritual y física del pueblo wichí. De allí se extraen desde madera, frutos, animales y medicinas hasta los insumos básicos para las changas complementarias, una ayuda ineludible para paliar las necesidades básicas cotidianas en una de las poblaciones más marginadas del país. Lo mismo ocurre con los criollos, conocidos como ‘chaqueños’, dedicados principalmente a la ganadería de supervivencia. La familia Burgos, con varias generaciones de ocupación efectiva en sus tierras de Fortín Dragones, ha visto reducida su finca de 15 mil a 5 mil hectáreas por la valoración de la tierra producto de las perforaciones de Tecpetrol (Techint) y Petrobras. Su economía ha mermado de tal manera que los numerosos núcleos familiares que componen ‘los Burgos’ ven amenazada su forma tradicional de vida en la zona.

Pero los impactos de la industria no solamente se ven en estos ‘nuevos escenarios’. En Neuquén, son conocidas las penurias de las comunidades Kaxipayiñ y Paynemil, habitantes de Loma de la Lata, el mayor reservorio de gas encontrado en el país en la década de 1970 y donde hoy en día, como dijimos, se encuentra una descomunal reserva de hidrocarburos no convencionales. En 2001, y producto de la lucha que llevaron adelante, un laboratorio alemán confirmó los altos niveles de cáncer -entre otras afecciones- producto del agua y aire que consumían, de la tierra que pisaban. Décadas de vertidos y emanaciones tóxicas de la industria marcan el futuro a prueba de fuego: enfermedades congénitas seguirán fluyendo en la sangre de aquellos que vendrán. Por otro lado, comunidades mapuche que han defendido su territorio de la entrada de las petroleras, como Wentru Trawel Leufú de Picún Leufu, han soportado las amenazas de ‘patotas’, hostigamiento policial y denuncias ante la justicia neuquina; todo orquestado por la empresa Piedra del Águila en connivencia con el gobierno provincial.

Por otra parte, los anuncios sobre hidrocarburos no convencionales, más que alegría, causan estupor para el que haya visto (aunque sea una pizca del documental Gasland) lo que implicaron en Estados Unidos, único país que cuenta con experiencia sobre el tema. Los niveles de afección que tardaron 30 años de Loma de la Lata en manifestarse se ven en una década de explotación. Las razones se encontrarían en la fractura hidráulica –inyección a alta presión de grandes cantidades de agua, arena y químicos (la gran mayoría tóxicos)-, una técnica que no se utiliza en yacimientos convencionales. A su vez, el triste y cercano antecedente de la plataforma Deepwater Horizon en el Golfo de México marca un escenario preocupante: British Petroleum era conocida por ser una empresa de élite en la extracción marítima, un estandarte de seguridad industrial.

¿De qué desarrollo nos están hablando?

Nos preguntamos cómo se remediarán los territorios sometidos a estos daños ambientales, qué forma de vida configura la explotación petrolera y qué lugar le corresponde a los pobladores rurales en este esquema. El geógrafo inglés David Harvey definió al incesante crecimiento del sistema capitalista por un proceso de ‘acumulación por despojo’: su reproducción implica necesariamente quitar a un otro. El robo a poblaciones ‘originarias’–en este caso para aprovechamiento del subsuelo- se produce con violencia, muchas veces ejercida por el Estado, y al enajenarlos de sus medios de existencia, se los está condenando a la miseria.

No obstante, que estas poblaciones engrosen los cordones empobrecidos de las grandes ciudades no son los únicos impactos a tener en cuenta, sería limitarlo a un (no menor) efecto económico plausible de paliar con otras medidas. Las poblaciones rurales, y mayormente los pueblos indígenas, mantienen una práctica de vida de íntima relación con su ambiente que configuran en muchos casos una práctica alternativa de desarrollo, por esto quitarle sus tierras se considera una violación a un derecho humano. Se prima un vínculo con la naturaleza de forma no mercantilizada, no concebida como recurso, sino donde esta ofrece un ámbito para la reproducción de la vida en sentido amplio. Se lo acuña como ‘Buen Vivir’ o Sumak Kawasay por los pueblos andinos, como Kvme Felen por el pueblo mapuche. Estas propuestas originadas en las entrañas de América Latina ofrecen un horizonte de cambio social que incluyen distintos ámbitos, que para la cosmovisión hegemónica se encuentran disociados: la economía, la ecología, sociales, etc. Algunos países, como Ecuador o Bolivia, han cristalizado estas visiones en sus recientes reformas constitucionales e, incluso, dotado a la naturaleza como sujeto de derechos.

De esta manera, el problema no son el petróleo o el gas en sí, no son más que productos de la tierra. El sistema económico imperante no reconoce límites para su perpetuidad, ni mucho menos de poblaciones ‘desechables’ o plantas y animales. La lucha por un mundo distinto más que sin petróleo, es sin petroleras. Para esto no solo necesitamos un cambio radical de nuestra matriz energética, sino una transformación más general de nuestros hábitos de consumo y producción, de nuestra relación con la naturaleza, incluso entre nosotros mismos. El Buen Vivir es un primer paso donde ir levantando cabeza hacia un mundo distinto, hacia allí vamos

El autor es integrante del site Observatorio Petrolero sur http://opsur.wordpress.com/ El Staff de Andén recomienda enfaticamente su lectura.


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