La máquina va, avanza, retrocede, se mueve. Aunque a este tren le cueste transitar el medio, este es su lugar. Las vías son siempre buen medio para llegar a destino, máxime si tenemos en cuenta que en este país (este mundo), jugando a lo maquiavélico, los medios justifican el fin. Por paradójico que suene, los temas con los que se trabaja habitualmente suelen ser los más difíciles de tratar. Es mucho más simple orientar la mirada al exterior que a lo propio, y mucho más si se pretende ser radical en este aspecto y repasar críticamente las prácticas propias.

 

Pensar los medios desde el medio parece una gambeta que se enrosca sobre sí misma y que nos puede llevar al tropezón. Sin embargo, es un proceso que cualquier actor de la comunicación no puede dejar de hacer si no quiere perderse en el incesante movimiento de la realidad, en la rapidez, el dinamismo y la parcialidad que ofrecen las miradas apresuradas, acaso (de pretensiones) objetivas, acaso (de resultados) ficcionales.

Si más allá de los medios están los fines, en este ANDÉN nos preguntaremos, independientemente de la objetividad o precisión del mensaje, ¿qué busca aquel que lo enuncia?, ¿hacia quién lo dirige y por qué?, ¿qué ofrece?, ¿quién lo necesita?, ¿para qué?, ¿qué hay detrás de esa maquinaria?, ¿quién se beneficia? En definitiva, ¿cuál es el fin del medio?

El modo de producción del saber, así como sus instancias productoras –tal vez teóricas- como reproductoras –acaso mediáticas-, está fuertemente signado por relaciones jerárquicas y asimétricas, donde unos saberes valen más que otros, unas culturas están más desarrolladas que otras, donde unos sujetos machos, heterosexuales, de cuarenta años, blancos, son la cúspide de la civilización y la palabra autorizada. Lo que queda por fuera es irracional, mitológico, bárbaro, si no afeminado, cosa de negros o de pobres. Los medios, así como la ciencia, se erigen como objetivos dejando de lado esta subjetividad que los caracteriza. Y así también el periodismo se para en la vereda de enfrente para relatar los sucesos, pero su cámara enfoca tan solo una parte (si es una parte) de la realidad (su ficción).

Hace ya tiempo que nos dimos cuenta de que los medios no (siempre) dicen la verdad y que la ficción es una de sus características principales. Y nada hay de malo en ella en el teatro, por ejemplo, donde la ficción también es creíble, pero en vez de reproducir el mensaje lo quiebra. La ficción de los medios se adecua a sus fines y erramos si creemos que solo Clarín miente… También miente Tiempo Argentino. Mienten por hacer periodismo del modo en que lo hacen. Mienten porque ese modo de comunicar está en crisis. No son los contenidos de Clarín y Tiempo Argentino (y también La Nación, Perfil, Página 12) el problema, la mentira está en sus prácticas, la mentira está en sus intereses, en ese para qué y desde dónde con que se introduce este Editorial. Mienten cuando tratan de mostrar una cosmovisión particular como si fuese natural, única, un sentido común obvio e indiscutible. Mienten cuando ocultan el conflicto detrás de la diferencia. Mienten porque controlan el discurso y lo presentan como si fuera el fiel reflejo de la realidad. La ficción es estructural, es una característica esencial del modo de comunicar de los grandes medios. Es la razón de su crisis, es aquello que no pueden abandonar sin transformarse.

Romper los monopolios es una tarea imprescindible, pero que no debe ser confundida con el nacimiento de una práctica de comunicación diferente. Para lograrlo, quebrar los monopolios es solo un primer paso y lejos está de ser el más importante.

En este ANDÉN se han subido al tren, además de sus colaboradores habituales y algunos nuevos y valiosos pasajeros, una persona, un medio y una asociación; todos fueron entrevistados. La persona es Víctor Hugo Morales, un periodista que se para en el lugar de siempre con una mirada distinta. El medio es Mundo Villa, un periódico que informa desde los barrios humildes. La asociación es AReCIA (Asociación de Revistas Culturales Independientes de Argentina), un lugar de encuentro de la prensa cultural de nuestro país que ha sabido unirse en la diferencia, acaso asumiendo ficciones, acaso creando un nuevo modo de comunicar. Quebrar los patrones y las jerarquías que rigen nuestra s[u]ciedad implica pensar la comunicación desde otros ámbitos, principalmente aquellos que no gozan de legitimidad.

Admitir lo parcial y ficcional del relato, decir a cara descubierta “afirmar una verdad es negar otras” significa, en parte, mentir. Realizar este ejercicio hace más convincente el mensaje, aunque también lo torna más fragmentario y muchas veces opuesto. La convivencia de los opuestos, así como su disputa, no es solo cuestión de “medios”, sino que de ello trata también la política: hacer nuevos mundos desde lugares marginales, poniendo el pecho al garrote policial


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