Esta será una nota sobre mapas, sin mapas. Al menos, sin mapas que otros hayan hecho por nosotros. Juguemos con esos mapas que hemos incorporado a nuestras mentes, y que para nosotros son la verdad. Te propongo que tomes entre tus manos un globo terráqueo, lo coloques a la altura de tus ojos, y lo gires hasta que la Argentina quede en el foco de tu mirada. ¿Qué se ve desde allí? Imaginá que lo desplegás, y generás un planisferio con Latinoamérica al medio… ¿Qué te parecen China y Japón en Occidente? ¿Qué tal Europa perdiéndose en la puntita noreste de tu mapa? ¿Ves la Antártida? ¡Mirá cómo se achicó Groenlandia!

Sire… ¿sobre qué reináis? -Sobre todo-respondió el rey con toda naturalidad. -¿Y qué haces con todas esas estrellas?  -Nada, las poseo. Las geografías –dijo el geógrafo- son los libros más preciados de todos los libros. Escribimos cosas eternas.

Saint Exupèry, El Principito.

Pero ese no es el Planisferio… No es serio… ¿Cómo no? No es el Planisferio resuelto por Mercator en el siglo XVI, y definitivamente instituido a partir de 1884 cuando se optó por el Meridiano de Greenwich –que es lo mismo que decir Londres- como organizador del tiempo y del espacio. En realidad, a fines del s. XIX, quien administraba el tiempo y el espacio global era Inglaterra y este rol fue inmortalizado en el planisferio que atraviesa nuestra idea de mundo. No es casual que el único país que en principio se negó al huso horario de Greenwich fuera Francia, que por un rato siguió usando el tiempo de París.

El hombre obra siempre racionalmente en función de percibir el medio, pero como nunca percibe el medio objetivo por no disponer de toda la información, su imagen o mapa mental no es un isomorfo de la realidad y es este mapa el que se interpone entre el medio real y su conducta…
   

(Puyol, Rafael, 1988).

Cuando hablamos de grandes superficies, la percepción del espacio está dada por sus representaciones cartográficas. Si nos criamos viendo a Europa como ombligo del mundo, así lo vemos, así lo percibimos, así lo entendemos, así actuamos, porque ese es el mapa que se interpone entre el espacio real y nuestra conducta.

La percepción tiene errores: en cartografía se utilizan dos medidas de análisis para tratarlos: la distorsión y la borrosidad. La primera tiene que ver con la diferencia que existe entre la localización percibida respecto de la localización real. En nuestro caso, se nos ocurre que para llegar a Australia desde Buenos Aires tenemos que cruzar todo el mundo, porque no percibimos la posibilidad de ir por el Polo, o por el Pacífico. Por una cuestión cultural, podemos pensar que África queda muy, muy lejos, y que México está ahí nomás. La segunda medida, la borrosidad, es un modo de dispersión de las localizaciones, imprecisiones surgidas de la falta de experiencia y subjetividades del lector de un mapa. Nos resulta mucho más simple ubicar París que Eritrea, El Océano Atlántico parece más grande que el Océano Pacífico.

Sin dudas, este error tiene que ver con el foco. ¿Qué mundo tenemos en foco? En nuestro mapa, el foco está en Europa. El resto, aparece borroso. Desde esta perspectiva, el mapa representa el poder. Tan es así, que muchas veces el mapa –representación del territorio-, es anterior al espacio poseído: es el lugar que se supone poseer, aunque a veces la realidad indica otra cosa.

En el siglo XV, época de los “grandes descubrimientos”, cada monarca –español, portugués- dibujaba en sus mapas aquello que suponía le pertenecía. Cuando el asunto pasó a mayores y dejó de ser un problema gráfico, intervino Alejandro VI -que de eso sabía mucho porque había comprado el papado con sus territorios- y trazó una línea. Esa línea, llamada “del tratado de Tordesillas”, era lo más parecido a la realidad que tenían los mapas: de acá para acá, de España, de acá para allá, de Portugal.

Los españoles dibujaban para sí la mayor parte de América. Sin embargo, el poder español se restringió por casi dos siglos a unas cuantas ciudades fundadas por ellos. Este hecho se profundiza aún más en nuestro país. El imponente Virreinato del Río de la Plata era literalmente “cartón pintado”. Sólo un corredor entre Potosí y Buenos Aires era parte del poder español. Corredor que sobrevive hasta nuestros días, en el trazado de la Ruta Nacional Nº 9. El resto del territorio, sus habitantes y sus economías nunca supieron que pertenecían a España. Miles de aborígenes vivieron y murieron sin enterarse que la familia Borbón los contaba entre sus súbditos, y los dibujaba en sus mapas.

Luego durante el siglo XIX, quienes cumplieron con la trascendente misión de declararnos independientes de España y de cualquier otra dominación extranjera, representaban a la población de un tercio de la superficie que dibujaban como territorio. Para que el mapa real y el cartográfico coincidieran en nuestro país, hubo que pasar por los genocidios de la Patagonia, el Chaco y el Paraguay.

Posteriormente, con la incorporación de la Antártida en la década del ’60, Buenos Aires corría el riesgo de dejar de ser el ombligo aunque más no fuera en lo gráfico. Así se optó por la solución de representar a la Antártida en otra escala –pequeñísima- a la derecha del espacio continental americano. Crecimos con la idea de que la Antártida era nada. La nueva carta de la Argentina (2010) muestra el Sector Antártico en la misma escala que la porción americana, ubicada donde relativamente corresponde. Nos estamos desayunando de que las Malvinas están al medio del país, un país esencialmente marítimo, y que somos una pequeña península de la gran nación americana.

Los mapas no son inocentes. Y el poder actúa en forma no muy diferente al rey, al hombre de negocios y al geógrafo de El Principito


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