Lejos de intentar reseñar el texto en su totalidad, este artículo se propone abrevar en algunas líneas el ensayo de Karl Schlögel publicado en 2007[i]. El texto se inaugura con una reflexión sobre la cuestión del espacio y las metáforas del panorama político asociadas con él (izquierda, derecha, centro, etc.). El objetivo del autor es recuperar aquello que dado por obvio, cayó en el olvido: lo espacial en la historia humana.

El predominio de lo temporal en la narración histórica da cuenta de ello. El propósito es, entonces, averiguar qué ocurre cuando se piensan los procesos históricos en términos espaciales. Una frase de un geógrafo alemán llamado Friedrich Ratzel da título al libro, propuesto como lema para pensar los intentos de interpretar la historia. Todos los estudios que componen este trabajo intentan explorar, en términos del autor, qué se gana en perspicacia histórica si se piensan conjuntamente historia y lugar.

En la primera parte del libro, titulada “El retorno del espacio”, Schlögel expone la pertinencia de su trabajo ante el surgimiento de un nuevo orden de mundo. Frente a esto, propone una nueva manera de contar la historia. La segunda parte, titulada “Leer mapas”, explora la retórica cartográfica. En la tercera parte se abordan las huellas visuales del espacio físico. La cuarta parte, titulada “Europa diáfana”, recopila estudios referentes a Europa y a las inabarcables historias entrelazadas de este continente que hoy se propone como un todo. En la quinta parte, abocada a la cartografía, Schlögel arremete contra la naturalización de los procesos sociales y anuncia la necesidad de una mirada crítica sobre el mapa como sistema de representación. Las transformaciones históricas, los nuevos descubrimientos, la formación de Estados, el derrumbamiento de imperios, las conquistas, los enfrentamientos militares, todos sedimentan en la reproducción cartográfica. No obstante, los cartógrafos no pueden seguir la vertiginosidad de los cambios. La disolución de la URSS, las peripecias políticas de 1989 y lo que él llama “desvanecimiento de la memoria topográfica”, ofrecen al autor un gran anecdotario. Con esa coyuntura como punto de partida y contra toda naturalización de los procesos sociales, Schlögel anuncia la necesidad de una mirada crítica incluso sobre el mapa físico o geológico.

La cartografía siempre fue vista como una ciencia auxiliar. El autor intenta demostrar que su desarrollo no es ingenuo ni permanece al margen de toda posición ideológica. Los mapas tienen autores, están ligados a un lugar y un momento, presentan ángulos de visión, no son valorativamente neutrales, están envueltos en problemas de objetividad y subjetividad, son producciones científicas e ideológicas. Al igual que los textos o las imágenes, son representaciones de la realidad. Hablan la lengua de sus autores. Callan lo que el cartógrafo no quiere expresar o no sabe cómo. Nos ayudan a entender no sólo el mundo figurado sino también la orientación y los propósitos de quienes hicieron tal imagen del mundo. Una historia de la cartografía siempre lo es de su proceso de constitución. Hacer transparente esa historia es evidenciar también las condiciones históricas de posibilidad de un progreso que tiene como contrapartida, siempre, un retroceso.

Schlögel explora el lenguaje de los mapas, la importancia de hacerlos hablar, interpretar superficies, líneas, signos, símbolos. Pero mapas hay muchos: geográficos, políticos, culturales, etc. Por consiguiente, es necesario partir de muchos lenguajes o idiomas de mapas.

El problema de la cartografía, dice el autor, es saber figurar relaciones espaciales tridimensionales en una superficie de dos dimensiones. Tras este proceso se esconde nada menos que la capacidad de abstracción y del desarrollo humano. El logro de la ciencia cartográfica fue figurar la simultaneidad: representar todo cuanto pueda captar una mirada en un momento dado. El trabajo pone en duda esa aspiración totalizadora y da cuenta de una limitación cualitativa: el no poder dar figura a ninguna secuencia temporal. Los sistemas multimedia superan la representación estática. Favorecen la integración de mapas, diagramas, textos, imágenes y sonido. Permiten presentar fenómenos dinámicos como guerras o investigaciones científicas. La inclusión de nuevos métodos no es nueva.

68_karl schlgelLa historia de la representación cartográfica gira en torno a la búsqueda de reglas de representación de la mano de las nuevas tecnologías. No obstante, los cartógrafos no pueden desplazarse más allá de la “gramática” cartográfica. Para representar es necesario dejar afuera. Se suprimen cosas que existen y se añaden otras que no tienen existencia corpórea, como las fronteras políticas. Ni la escala (relación entre distancia real y figurada) ni los signos convencionales son resultado de decisiones arbitrarias. En el caso de los mapas urbanos, por ejemplo, suele ser más importante la indicación de la posición relativa, las redes de enlaces, vecindad y accesibilidad. Schlögel indica el predominio de la geografía de movimiento de avance efectivo. El sentido del mapa queda supeditado a la función de orientar al usuario. Se impone así la renuncia a la exactitud geométrica. Tras cada emblema hay una larga historia de experiencias y pruebas. Ningún signo convencional, como el uso de contornos para representar las formas del terreno o el sombreado para indicar diferencias de altura, tiene un significado de suyo sin que exista allí una historia -de la ciencia, la ideología y la cultura- sedimentada. Despertar la sospecha sobre todo signo cartográfico – mapas políticos, físicos, urbanos, planos de metros, guías de turismo, etc. – es quizás uno de los aciertos de Schlögel. Su trabajo es, en algún sentido, filológico: indaga el origen de ese lenguaje de comprensión común de los mapas a través de menciones históricas y cuenta cómo mercaderes y viajantes instalaban, a través de sus experiencias, la piedra inicial del camino de la cartografía. En ese recorrido participaron helenistas, islámicos, hinduistas, cristianos y una gran cantidad de pueblos. Cada época y cultura hizo su propia representación del espacio. La cartografía llegó a ser el resultado de múltiples idiomas cartográficos de muchas culturas. Conviene hablar de cartografías, en plural.

Contra la idea sostenida de que la representación del espacio está ampliamente estudiada, Schlögel indica que esto sólo rige para la Europa occidental. Por eso es particularmente interesante uno de sus capítulos titulados “Mapping an Empire: la construcción geográfica de la India”, donde se exponen los argumentos que Matthew H. Edney, especialista en Historia de la Cartografía formado en Inglaterra, desarrolla en su Spatial History: existe el imperio porque se puede captar en un mapa. El espacio imperial de la India, por ejemplo, incluyó retórica y simbolismo, racionalidad y ciencia, dominio y escisión, inclusión y exclusión. Sus fronteras espaciales horizontales se amalgaman con las fronteras verticales jerárquicas del imperio. La unidad geográfica de la India es el resultado de la concepción cartográfica de los británicos. La hegemonía imperial se logró a través de muchos modos, pero también mediante el dominio del territorio físico a través de su transformación en espacio abstracto. La práctica cartográfica en sí misma es el resultado de la ciencia y el racionalismo occidental. El mapa es un instrumento de penetración, no sólo en el plano abstracto. Hallar puntos adecuados de observación supuso siempre una forma de violencia e invasión sobre el territorio. En este sentido, el libro de Schlögel admite un diálogo abierto con la obra de Edward Said, especialmente con Orientalismo, donde se desarrolla la idea de que el orientalismo es una categoría fraguada por Occidente, una pluralidad discursiva que representa las tierras de ultramar como objeto susceptible de ser subyugado.

El mapa es un instrumento bélico, un documento de guerra, de traiciones y falsificaciones cartográficas. Pero la retórica de Schlögel no es virulenta ni resentida. Siguiendo a otro autor llamado Anatol Johansen, nos regala hermosas palabras: “La historia de la cartografía pasa por su fase mítica-mitológica, la religiosa, la de las luces y la de expansión imperial y fantasía imperialista, hasta las imágenes de su autodestrucción. Y aun lanza ya una mirada a su espalda sobre el planeta azul, desde la remota lejanía, desde el cosmos, como de despedida.”

El trabajo es un compendio de aportes de una bibliografía extensa pero está formulado de un modo amigable para todo aquel científico social o lector interesado, quien no se sentirá en absoluto repelido por un supuesto hermetismo académico. Sin convertir su libro en la ostentación de un erudito y sin por eso escatimar en páginas, Schlögel ofrece un recorrido susceptible de apropiaciones interdisciplinarias. Pero sobre todo, ayuda a comprender que el mapa es un instrumento de hegemonía y, por consiguiente, un artilugio de la disidencia


[i] Karl Schlögel nació en 1948 en Hawangen, Alemania. Estudió Filosofía, Sociología e Historia de Europa Oriental. Investiga sobre Historia Cultural y de Europa del Este. En el espacio leemos el tiempo. Sobre historia de la civilización y geopolítica fue editado en 2007 en Madrid por la editorial Siruela.


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