A sus plantas rendido un león es una novela de Osvaldo Soriano publicada en 1986. Relata las aventuras de un cónsul argentino en Bongwutsi, un país imaginario situado en África, en el contexto de la Guerra de Malvinas. A continuación, algunas reflexiones sobre una novela digna de mención.

El sábado 24 de Marzo de 2012, Clarín publicó un número especial de la revista Ñ dedicado a la guerra. Este se tituló “La guerra sin fin” e incluyó entrevistas, reflexiones, testimonios y miradas sobre distintos conflictos bélicos. Allí, Carlos Godoy publicó “Las letras de la tragedia”, nota en la que abordó la Guerra de Malvinas desde la literatura. Fogwill, Pron, Gamerro y otros autores encontraron una mención a sus obras. Por razones que desconozco, la novela de Soriano fue excluida del recorrido. ¿La guerra de Malvinas es un trasfondo subsidiario su esa obra? Indaguemos un poco.

La novela narra la historia de Faustino Bertoldi, cónsul argentino en Bongwutsi, un país imaginario situado en medio de África. Originalmente Bertoldi era encargado del área de turismo. Pero el cónsul hace abandono de cargo y Bertoldi, imposibilitado de toda comunicación con su país, redacta su propio nombramiento como vicario. Tras la muerte de su mujer, entabla una relación secreta con Daisy, la esposa del embajador británico, una ex fan de los Beatles oriunda de Liverpool y lectora de Borges. Solo en un precario y aislado país africano, Bertoldi intenta pedir la repatriación pero no logra comunicarse con el Ministerio de Relaciones Exteriores. Cuando se desata la Guerra de Malvinas, Faustino recibe un comunicado de la embajada inglesa en donde se le informa que el Reino Unido se dispone a defender por todos los medios lo que le pertenece por derecho legítimo. Se establece para él una zona de exclusión. El cónsul festeja con ímpetu la recuperación de las Malvinas ante el emperador, un mandatario impuesto por los ingleses, que lo increpa: “Son hijos de ingleses, hablan como ingleses, viven como ingleses, ¿qué demonios busca un argentino ahí?”, y añade: “Si ustedes siguen en esa condenada isla, voy a tener que mandar un batallón y bien sabe Dios que mi gente no ha visto nunca el mar”. Bertoldi festeja con un grupo de nativos y junto a ellos corea el Himno Nacional Argentino mientras se emborrachan.

Al mismo tiempo, en las calles de Zurich, un argentino exiliado llamado Lauri recibe una triste noticia: su petición de asilo político en Suiza había sido rechazada. Al parecer, su testimonio probaba que en Argentina no existía persecución política tal como él declaraba. Accidentalmente, conoce a Michel Quomo, quien se autodenomina Comandante Fundador del Primer Estado Marxista Leninista de África. Dice construir buenas historias para que los exiliados logren asilo político. Incluye peripecias inverosímiles de guerrilleros, prisioneros, mercenarios o agentes secretos envueltos en guerras de liberación tercermundista, campos de trabajos forzados, luchas en el Frente Polisario, etc. A cambio de estas historias, Quomo afianza los vínculos con aquellos que pueden apoyar la revolución que planea en Bongwutsi. Según Patik, un ruso que perdigue a Quomo en el hotel de Zurich, éste ya había producido una revolución y se había convertido en un tirano. Pero una serie de torpezas lo llevaron al fracaso e ingleses, norteamericanos y rusos se pusieron de acuerdo para fusilarlo. El revolucionario, histriónico, comenzó a cantar la Internacional y a vociferar “Viva el socialismo”. Contra alguien que narraba gestas populares nadie podía disparar, so pena de convertirlo en un verdadero mártir. Así, logró evadir la muerte y continuó su peripecia para seguir planeando una nueva revolución. Patik le advierte a Lauri que la única salida para que Argentina gane la guerra es distraer a los británicos en África. De este modo, éstos se verán obligados a dividir la flota entre las Falkland y Bongwutsi. Mientras tanto, en África, entra en escena Theodore O’connell, un irlandés que Bertoldi supone de la IRA. Este dice haber volado tres embajadas norteamericanas en Europa y pide asilo al cónsul. Le propone a Faustino una alianza para defenderse del imperialismo inglés. Este, que ve en el plan de O’connell una vía de escape, lo ayuda. De esta manera, se entreteje una aventura con la impronta de una sátira ideológica en donde dos argentinos en exilio involuntario pelean por sus causas.

La guerra de Malvinas no es un pretexto ni un trasfondo. Es un elemento clave para construir una ficción que dé cuenta de Malvinas como enclave imperialista. El imperio, así, se vuelve omnipresente, pero sus estrategias de dominación no son las mismas en cada enclave. Bongwutsi es dominada por el imperio a través de la intervención: el emperador es una marioneta de los ingleses que teme que su gente, que nunca vio el mar, deba ir a pelear en el Atlántico Sur. En cambio, Malvinas pertenece al imperio como colonia de ultramar. En África se monta una suerte de guerra fría. Pero Bongwutsi no es sólo un país tercermundista. Es también el reverso de las Malvinas: el primero carece de salida al mar, las islas se definen por estar sobre el mar.

Lauri y Bertoldi se ven envueltos en una contienda libertadora. El primero, por ideología. El segundo, para regresar a casa. En él, la identidad nacional se materializa en costumbrismo, símbolos e ideales sanmartiniano: la escarapela, el mapa colgado en la pared, la imagen de Gardel, el “Aurora” en el tocadiscos, San Martín como modelo de acción y hasta un nombre sarmientino: Faustino. Por otro lado, Burnett, el embajador de Gran Bretaña, representa el imperio no sólo por su cargo sino también porque había sido escolta del gobernador de las Falkland cuando era joven. A su vez, Bertoldi entabla con Burnett su propia guerra por Daisy. Para Bertoldi, el conflicto en Malvinas es un problema de soberanía nacional. Para el imperio, es la mantención de un orden de mundo. Para los revolucionarios, una coyuntura que permite el advenimiento de la liberación de otros países colonizados por Gran Bretaña. Para el establishment del país colonizado, el peligro de que la militarización del Atlántico Sur los convierta en mercenarios. A nadie deja de envolver el conflicto.  

Las acciones apoteósicas y la solemnidad del tramado épico de algunas escenas se ven dinamitadas por las resoluciones más desopilantes. Como consecuencia, cualquier posición política a propósito de la Guerra de Malvinas se torna opaca y polémica. Soriano logra poner en primer plano el conflicto bélico sin representarlo directamente y sin sentirse en deuda con el testimonio porque este es un género totalmente ajeno a la novela.

La reconstrucción de la escena política internacional previa a la caída del Muro de Berlín es llevada al paroxismo de la caricatura a través de la parodia de la novela de espionaje. Las historias de casi todos los personajes oscilan entre la seriedad y el disparate. Sus derroteros los envuelven en dictaduras militares, exilios, revoluciones, conflictos y alianzas entre los dos bloques, genocidios, guerras de liberación tercermundista, las Guerras Mundiales, la Guerra Fría, los despotismos políticos aún vigentes, la guerrilla, etc. Todos los fenómenos y las catástrofes del siglo XX encuentran lugar en esta novela que, pese a su insolente pero entrañable humor, logra cierta coherencia con su propio verosímil.[1] Soriano incluso se atreve a construir alegorías políticas como recurrir a gorilas para llevar a cabo la revolución; alegorías cuyos significados entran en disputa en el horizonte político de la Argentina.

A pesar de la complejidad de la trama y de una mirada cómica que salpica todas las posiciones políticas, Soriano nos dice algo a través de esta novela. Sin lugar a dudas, sostiene una defensa de la soberanía y lo hace desde el título. “A sus plantas rendido un león” es uno de los tantos versos del Himno Nacional Argentino exiliado de los actos protocolares por decisión de Julio Argentino Roca, un genocida de nuestra historia. Al parecer, que el león ibérico se rinda ante la nueva nación no era un mensaje de paz para con España. Sin embargo, Soriano resignifica el verso: el “León” es el imperio, omnipresente en el orden mundial y en la ficción. Y lo rescata del olvido al que lo confinó una decisión política basada en una visión de la identidad nacional con la que contiende la novela.

“La guerra no es simplemente una acto político, sino un verdadero instrumento político, una continuación de la actividad política, una realización de la misma por otros medios.”
Así dice von Clawsewitz en De la guerra.[2]

Muchos teóricos han comentado la inversión de la tesis: la política es la continuación de la guerra por otros medios. Soriano, a su manera, lo comprendió. En la presente coyuntura, en la que se pretende el diálogo por vía diplomática, esta novela parece decirnos algo. Cabría decir, entonces, que la literatura o la ficción son la continuación de la política por otros medios: en la realidad contrafáctica y la escritura lúdica puede haber más incisión política que en el testimonio. Soriano tuvo la insolencia de hablar de la tragedia con humor desde su propia posición de exiliado. Y por eso, entre otras razones, no lo olvidamos

 


[1] Su localización temporal entraña el peligro de convertirla en anacrónica y de difícil abordaje didáctico en el ámbito escolar. Esta dificultad tiene dos razones: la necesidad de reponer la compleja historia del siglo XX y el gesto, políticamente incorrecto, de burlarse de la epicidad con la que el relato escolar envuelve el acontecimiento de Malvinas. Ambas dificultades son desafíos que vale la pena afrontar.

[2] von Clausewitz, Karl. De la guerra. Agebe, Buenos Aires, 2005.


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