Aunque la moda nació en el contexto del comienzo de la modernidad y restringida al ámbito de la vestimenta, en la actualidad se trata de un fenómeno que abarca todos los ámbitos de nuestra existencia. Como la modernidad, la moda se ha globalizado. Y si la modernidad es esencialmente colonial, ¿podemos hablar también de una moda colonial? Las líneas que siguen abordan esta pregunta, explorando las complejas relaciones entre moda, modernidad y colonialidad.

 

Moda” y “modernidad” son dos palabras que suenan muy parecidas y sus significados corroboran esta impresión: ambas están asociadas a la idea de lo nuevo. Estar a la moda es una manera de ser moderno, y para ser moderno hay que estar a la moda. Evidentemente la modernidad es mucho más compleja y amplia que el fenómeno de la moda (y que la idea de lo nuevo), y es por eso que decimos que la moda nace en el contexto de la modernidad. Recordemos que desde esta columna definimos a la modernidad como una época histórica que comienza en 1492 y se prolonga hasta nuestros días, pero también como el proyecto de una cultura que se globaliza y pretende imponerse sobre el resto del mundo. En el proceso de globalización moderna, que comienza con la conquista América, el colonialismo (militar, político, cultural) y el capitalismo juegan un rol fundamental, y es por eso que sostenemos que a la modernidad le es esencial la colonialidad. Entendiendo de este modo la modernidad, ¿cuál será su relación con la moda?

Una manera de responder a esta pregunta es partiendo de lo que podemos denominar la temporalidad de la moda, es decir, analizando la manera en que la moda relaciona el pasado con el presente y el futuro. Desde este punto de vista, las modas se suceden en un presente fugaz y huidizo, en un “ya” que se encuentra en constante riesgo de desaparecer; lo que está de moda hoy puede no estarlo mañana. “Lo otro” de la moda es entonces el pasado, lo viejo, “lo pasado de moda”. El futuro es el lugar al que la moda tiende pero nunca alcanza, un lugar que siempre será distinto al presente y, por lo tanto, justifica el permanente cambio de modas. La moda se adapta constantemente a un futuro que no permite que el presente se eternice.          

Hasta aquí la moda no parece un fenómeno muy diferente a la experiencia de vida cotidiana en las grandes ciudades: la aceleración del tiempo, la constante urgencia por cumplir con horarios y metas siempre nuevas, por llegar a lugares distantes en tiempos récord, etc., tratando de mirar lo menos posible para atrás. Sin embargo, la temporalidad de la moda posee otras características peculiares. En primer lugar, lo que está de moda coexiste en el presente con lo que ya no está de moda (o nunca fue una moda). Desde el punto de vista de la moda, lo que no está de moda es una persistencia innecesaria: ¿por qué aferrarse al pasado pudiéndose estar a la moda? ¿Por qué tener un celular que no saca fotos, mirar una película que no está en 3D, o peinarse sin el jopito de Cristiano Ronaldo? Así, el presente fugaz de la moda se presenta a sí mismo como un presente más actual y más verdadero que el presente persistente de lo que no está de moda.

En segundo lugar, la moda sólo le da un valor a lo pasado mientras eso no atente contra la lógica y dirección del cambio constante. Es decir, cuando algunas cosas del pasado se ponen de moda – modas retro como el “revival” de los años ochenta – nunca amenazan con instalarse definitivamente, con establecerse y detener el movimiento constante de la moda hacia el futuro. Las modas retro son pasajeras, al igual que cualquier otra moda. Por último, ese futuro al que tiende incesantemente la moda no es cualquier futuro posible, sino uno coherente con el modo de vida consumista del capitalismo. Lo que se pone de moda es siempre mercantilizado, ya que se trata de un objeto (un televisor alta definición) o el resultado de la adquisición de una serie de objetos (música, vestimenta, corte de pelo y demás requerimientos para pertenecer a una tribu urbana) que se encuentran disponibles en el mercado globalizado. Estos objetos son supuestamente accesibles y válidos para todos, aunque existe una cláusula oculta detrás de esta pretendida accesibilidad: la necesaria participación en el modo de vida capitalista. Entonces la “constante diferencia” del futuro de la moda es una diferencia de mercancías, pero nunca de subjetividades.      

Analicemos ahora el caso más amplio de la modernidad. ¿A qué se contrapone lo moderno, aunque más no sea retóricamente? A lo tradicional, sin lugar a dudas. ¿Y qué es lo tradicional sino una persistencia innecesaria, incluso irracional, que se identifica con lo primitivo y atrasado? Desde el comienzo de la modernidad los europeos, autodenominándose “modernos”, consideraron que todos los pueblos no-europeos eran su pasado, el pasado de la Europa moderna. Un pasado cuya persistencia indicaba una incapacidad, la de ser modernos por su cuenta. En consecuencia, la colonización de esos pueblos se justificó mediante la excusa de que necesitaban “tutores” para alcanzar la madurez moderna, para escapar del pasado y arribar al presente, para estar a la altura del futuro. Esa actitud colonial fue cambiando de nombres (cristianización, civilización, desarrollo, democratización), pero su esencia continúa hasta nuestros días.

¿Valoran en algún sentido los “modernos del presente” a los “primitivos y subdesarrollados” del pasado que persiste? Sólo en tanto y en cuanto la permanente carrera de la modernización capitalista no se vea amenazada. Por ejemplo: un “indio” puede ser visto como un ser pintoresco al cual tomarle una foto, o sobre el cual leer un libro; incluso su música o sus vestimentas pueden resultar útiles o atractivas, y ser incorporadas como mercancías en el occidente “desarrollado”; es decir, pueden ponerse de moda. Pero de ninguna manera el modo de vida de ese sujeto y de su comunidad, sus ideas acerca de la política, los géneros o la naturaleza serán considerados como alternativas válidas a las concepciones de la modernidad hegemónica. Siempre serán pensadas como residuos primitivos, destinados a adaptarse a los tiempos modernos o a desaparecer. Es una actitud que se conoce como “folklorización”: aquello que es definido como folklórico se transforma en algo inofensivo, inocuo, con lo que se puede coquetear sin comprometer la propia identidad, sin atentar contra la marcha incesante hacia el futuro, hacia el único futuro que existe, el de la permanente modernización. El caso de las recientes publicidades a favor de la minería – esas que dicen que “sin la minería no tendríamos esto, aquello, etc.” – es prototípico. En ellas no hay una verdadera pregunta acerca de si se puede vivir de otra manera, sino que se asume decididamente que no existen formas de vida alternativas.

Podemos concluir entonces que la moda se comporta en relación con el pasado de la misma manera que la modernidad con aquello que define como tradicional: lo coloniza y mercantiliza, se lo apropia para sus propios fines, negándolo como alternativa válida a la única experiencia del tiempo que considera verdadera. Y esto no es una casualidad, sino que nos demuestra que la moda es un fenómeno esencial de la modernidad/colonialidad, cuya función principal es reforzar la actitud temporal típicamente moderna en relación a “los otros”: el único futuro posible es el que la globalización capitalista impone. ¿Es posible sustraerse de la moda? ¿Es posible una moda no moderna, no colonial? Son preguntas que lamentablemente no puedo tratar aquí, pero que invito a seguir pensando


Puede descargar La moda: un dispositivo para la colonización del tiempo - Andén 70 en formato .pdf