Existen en el mundo 7 mil millones de personas y, según la FAO[1], la humanidad dispone en el presente de la capacidad para alimentar a 12 mil millones de personas. Sin embargo, el 15% padece hambre y otro tanto padece obesidad por la mala calidad de los alimentos. ¿Cómo es esto posible?

A esta altura de la historia, no hace falta apelar a las estadísticas para saber que, como dijo Mahatma Gandhi a mitad del siglo pasado, “la tierra proporciona lo suficiente para satisfacer las necesidades de todos los hombres, pero no la codicia de unos pocos”.

En los últimos 30 años, la OMC (Organización Mundial del Comercio) impulsó la privatización y liberalización de la agricultura a nivel mundial y con ella la preponderancia de las empresas transnacionales en la producción, distribución y comercialización de alimentos. En este marco, la Argentina reconfiguró su lugar en la economía mundial, dando lugar al agronegocio, cuya producción de mayor importancia económica es la soja.

Consolidado durante los últimos 30 años, el agronegocio implicó e implica hasta el presente: expulsión forzada de campesinos y pobladores rurales, la concentración de la tierra en menos manos, aumento del desmonte (de 1998 a 2006 se han deforestado en Argentina 2 millones 300 mil hectáreas[2]), pérdida de la diversidad de alimentos disponibles (tierras antes destinadas a alimentos, ahora se destinan a producir soja, por ser más rentable[3]), y la afección de la salud de la población con consecuencias mortales por el uso del agrotóxico “glifosato”.

En resistencia a la codicia de unos pocos, numerosos movimientos sociales de zonas rurales se organizaron en la defensa de su forma de vida, mostrando con su práctica cotidiana que otra forma de relacionarse para producir y abastecerse de alimentos era y es posible. Así nacieron diversos movimientos de campesinos, pequeños productores, indígenas (Mocase, Mocafor, Movimientos Agrarios de Misiones, Ferias Francas de Misiones y Corrientes, Apenoc, UST, entre otros[4]) que más allá de especificidades de historia y objetivos cuentan en común en ser la realidad tangible de las economías regionales, que defienden la tierra y el ambiente, eliminan la intermediación usuraria en la venta de sus productos manteniendo las fuentes de trabajo.

A partir del despertar al neoliberalismo que significó la crisis de 2001, las organizaciones comenzaron a regenerar las ferias locales regionales y redes de abastecimiento en donde el mercado volvía a tener el significado de encuentro entre consumidor y productor, llevando a la práctica un comercio justo con equidad. Ya no esperaban que el intermediario fuera a comprarles al campo a precio de usura, sino que salían ellos con sus productos a encontrarse en la feria. Es en la feria donde se reconstituye el lazo social, se intercambian y revaloran saberes artesanales, donde la garantía del consumidor es conocer, sin intermediarios, a los que trabajan la tierra.

Las ferias locales fueron también parte de la historia de la Ciudad de Buenos Aires y el Conurbano previa al neoliberalismo de los ´90. Los vecinos asistían al mercado municipal de cada barrio donde los productores de los alrededores ofrecían el fruto de su trabajo. En ciudades provinciales como Cañuelas o Bragado, existían las ferias en que los productores locales llevaban su elaboración de dulces, conservas de todo tipo, plantas, embutidos, huevos, leche, quesos. Si nos aventuramos en la reconstrucción de la memoria local, muchos viejos almaceneros nos recordarán el cierre de su local cuando los supermercados se impusieron en el barrio y en las localidades. Es en los últimos 20 años, amparado por la Ley de Supermercados, que los supermercados se consolidaron como oligopolio en la venta minorista de alimentos.[5] Este es un fenómeno reciente que sin embargo está arraigado culturalmente.

¿Es posible, no obstante, aportar a otra forma de consumo de alimentos? No solo es posible, sino que es también necesario. Las ferias de comercio justo son espacios donde el consumidor toma conciencia de la oportunidad de adquirir alimentos frescos y sanos. Al mismo tiempo, contribuye a la creación de trabajo genuino y cooperativo, el cuidado del medio ambiente, la ocupación del territorio y el resguardo de los saberes e identidades de nuestra tierra.

El asistir a una feria, es también un espacio de aprendizaje de cómo crecen las plantas, de cómo se trabaja, de disfrutar la alegría de encontrarse, muy alejado del automatismo del hipermercado. Invitamos a los lectores a acercarse a la feria más cercana de su localidad o de su barrio. De esta manera, hacemos que otra economía sea posible.


[1] Organización para la Alimentación y la Agricultura (FAO) de la ONU,
[2]Fuente: Subsecretaría de Planificación y Política Ambiental de la Nación.http://www.ambiente.gov.ar/archivos/web/File/032808_avance_soja.pdf

[3]Desde 1990 a 2008 la soja fue el que más creció con un 358% frente a otros alimentos como carne, leche, hortalizas, arroz, trigo, otros cereales, algodón. Fuente: GER: Grupo de Estudios Rurales, Gino Germai, UBA. En base a Dirección de Mercados Agroalimentarios. SAGPyA.

[4] Mocase: Movimiento Campesino de Santiago del Estero, Mocafor: Movimiento Campesino de Formosa, Apenoc: Asociación de Productores del Noroeste de Córdoba, UST: Unión de Trabajadores sin Tierra de Mendoza.

[5] Análisis del economista Julio Gambina.


Puede descargar Otra economía posible: Ferias locales y cooperativas de consumo - Andén 71 en formato .pdf