Hablar de alimentación, de comer, es hablar casi de su sinónimo: el pan. Y hablar del pan es hablar de la cotidianeidad, de todos los días. La experiencia del pan no hace distinción de condición social o lugar geográfico. El pan es un elemento que acompaña la vida del ser humano y que marca su existencia. Es el pan que se consigue “con el sudor de tu frente” (Gn 3,19) y que por eso es orgullo y satisfacción. Pero a su vez es miedo de no poder alcanzarlo, ya que la ausencia del trabajo quita la expectativa de tenerlo sobre la mesa.

Tener todos los días el pan es orgullo para el que lo alcanza con su trabajo honesto, pero es también indignidad si a ese pan se accede por la utilización malsana en el clientelismo o en la instrumentalización eleccionaria. Reducir el pan que alimenta y da la vida a una lógica en la que se domina, es hacer de las personas mendigos del plato a cambio de su dignidad. Y no poder accederlo porque la salud se deteriora o por el paso de los años, es trasformar el pan en signo de muerte, ya que alcanzarlo se hace cada vez más difícil.

El pan es lo cotidiano, el pan es lo necesario, alimentarse es vivir. Pero la experiencia cotidiana nos demuestra que cada día nos alimentamos, que cada día comemos y al rato volvemos a tener hambre. Nunca terminamos de alcanzar ese pan que nos sacie verdaderamente; que nos consiga la plenitud al deseo de vivir.

A lo cotidiano también se suma lo repetitivo. El hecho de repetir actos nos puede llevar a que la cotidianeidad se convierta en hastío o pérdida de sentido. Por eso también la cotidianeidad necesita estar atravesada por un día en el que la comida sea distinta; o sea, el banquete o la fiesta. La fiesta de sí marca la ruptura de lo cotidiano, de lo repetitivo. Para la fiesta se despliega toda una presentación que se reserva para ese momento. No se come con el mismo mantel, no se usan los mismos vasos y si se puede, no se come la misma comida. Si no salimos de la rutina, la monotonía nos consume y ya no nos queda nada por festejar. El banquete de por sí es derroche, abundancia. Se prepara con mucha anticipación y no se miden los costos; se hace y por eso vale la pena gastar lo que haya que gastar. La única condición es que exista una causa, se debe hallar una razón que motive el banquete, ya que si no, nunca serán justificados los esfuerzos para poder celebrarlo. Así, lo cotidiano reclama ser rescatado. Es urgente hallar a ese pan que sacie el corazón del hombre; corazón hambriento de sentido, buscador de vida plena. Un pan que transforme una vida que muchas veces abunda en el sin-sentido de la existencia.

Entonces nos podemos preguntar: ¿Existe un pan que logre saciarnos, darnos la vida en plenitud? ¿Será posible alimentarse de él y salir del hastío que muchas veces tenemos que vivir en lo cotidiano? ¿Habrá un pan que sea capaz de colmar nuestras búsquedas más profundas?

Jesús en los evangelios vivió y habló sobre este tema; Él aceptó la invitación a comer y a compartir las comidas (Mt 11,19), recomienda a sus discípulos que acepten todo lo que les ofrezcan (Lc 10,8) y también llegó a decir así: “mi Padre les da el verdadero pan del cielo” (Jn 6,32) “Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre” (Jn 6,35) “El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo” (Jn 6,51)

Los cristianos, en el banquete que cada domingo celebramos en la Misa, revivimos esta comida Santa. Es al mismo Jesucristo, a quien descubrimos por la Fe, y comemos en la Eucaristía. Es la misma Vida Divina que se nos da y nos alimenta para el cansancio de la vida cotidiana. Comida que nos transforma y que nos permite seguir como caminantes. No errantes, sino peregrinos hacia la Patria eterna, con la certeza de que nos dan sus palabras. Ante un mundo hambriento de sentido, el Pan de la Misa, la hostia consagrada o la Eucaristía, son la respuesta que Dios quiere dar al hombre y alimentarlo con un pan sustancial que quiere colmar todos los deseos profundos de su corazón


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