Philippe y Ramón son tetrapléjicos. El primero está así debido a un accidente que tuvo al volar en parapente, y el segundo por caer mal en el agua; el primero es un aristócrata millonario y de gustos exquisitos, y el segundo es un ex marinero, lúcido e irónico; el primero se adaptó a su discapacidad sin conflictos aparentes y a pura sonrisa, y el segundo, cansado luego de 29 años de estar postrado, planea morir. Ambos son, respectivamente, los protagonistas de Amigos Intocables (Intouchables, 2011, estreno en Argentina en Agosto del 2012) de Eric Toledano y Olivier Nakache, y de Mar Adentro (2004) de Alejandro Amenábar. Contrastarlas se vuelve interesante puesto que implican dos visiones distintas de un mismo hecho. Gracias a ellas se puede pensar críticamente el lugar que ocupa la discapacidad en la sociedad y, de paso, habilitan a reflexionar sobre un debate actual: la muerte digna consentida en Argentina por la ley recientemente legislada.

Cualquier tipo de discapacidad implica un vivir distinto. Ahora bien, ¿vivir distinto según qué? No hay un modo de vivir, ni un cuerpo que sea “normal”. En todo caso, hay vivires y corporalidades normalizados, es decir, regidos por normas y un poder que controla nuestra cotidianidad e indica lo que se supone que es “normal”, y con ello, el límite de lo que está dentro y fuera. Lo que queda por fuera es lo que no puede ser etiquetable, es lo Otro, lo abyecto. Históricamente, e incluso hoy día, las discapacidades cumplieron muchas veces ese lugar de chivo expiatorio al que segregar. La lucha, entonces, debe ser por correr o eliminar esa frontera. Pero hecha esta salvedad cabe aclarar que estamos en el mundo, y que es nuestro cuerpo el lugar desde el cual configuramos nuestra existencia. Él condiciona nuestra forma de vivir y aporta punto de vista. Literalmente hablando. Ser discapacitado implica un recorte y una vivencia distinta de la que tiene una persona que no lo es. Con toda la complejidad que eso tiene. Necesariamente hay renuncias y nunca es lo mismo ser un discapacitado pobre que uno rico o uno de primer mundo que uno del tercero. Por lo tanto, elegir vivir con una discapacidad también implica eso: la elección. Y si es condenable aquella actitud que discrimina, también lo invisibiliza la diferencia fingiendo una igualdad que no es tal.

Volvamos entonces a Amigos intocables y a Mar adentro. Una recomendación al lector: si tiene ganas de distenderse y ver una típica película pochoclera o hollywoodense (a pesar de que es francesa) vea la primera; si desea llorar un rato, quedarse abatido y con un sentimiento corta-venas, vea la segunda. Amigos intocables está indiscutiblemente bien hecha, es una gran película con una banda de sonido excelente, notables actuaciones y humor cómplice. Pero es, al fin y al cabo, un muy buen cuento y muchas cosas hacen ruido. En primer lugar, la forma en que se aborda la discapacidad. Esta es vivida sin conflicto aparente, y si bien ello no tiene nada de malo, sino todo lo contrario ya que por suerte muchos de quienes la poseen pueden vivirla así, esta actitud se vuelve excesiva en ciertos momentos del film. Amigos intocables realiza precisamente esa actividad de invisibilizar la diferencia, y lo hace en múltiples aspectos. Phillippe es un aristócrata rico y culto en tanto que Driss, el otro protagonista, es un negro de los suburbios, típico chico malo con historial de robos, escuela abandonada y actitud lumpen. Sin embargo, al conocerse, las cosas cambian. Si al principio la relación entre ambos es ríspida, poco a poco cada uno va aprendiendo del otro; Driss, chico bruto sin educación, aprende lo que implica acompañar a un tetrapléjico, y que unas manchas en un lienzo blanco son arte (él mismo termina haciendo un cuadro y vendiéndolo por varios miles de euros) y Phillippe, por otro lado, aprende del placer de romper reglas, escuchar música dance y fumar marihuana. ¿La frutilla del postre? Una mano derecha de Phillippe que es lesbiana. Discapacidad, clase y sexualidad: está todo, mar de tolerancia. Pero alto, un certificado de autenticidad evita que desconfiemos ya que está basada en hechos reales.

Mar adentro, también basada en hechos reales, ofrece un panorama distinto. La película da cuenta de la vida de Ramón Sampedro (interpretado por un increíble Javier Bardem), un hombre que, padeciendo durante 29 años una tetraplejia, desea morir. ¿Y por qué? Porque la vida para él, así, no es digna. Lo que para Phillippe se resuelve con un asistente de tiempo completo y masajes en las orejas (precisamente, el no moverse ni poder hacer el amor), es lo que para Ramón no tiene solución y lo motiva a morir. Él nunca quiso usar una silla de ruedas pues eso implicaba, según sus palabras, conformarse con migajas de lo que fue su libertad. Dos metros son, le dice a su amada Julia, insignificantes para cualquiera, pero para él “esos dos metros necesarios para llegar hasta ti y poder siquiera tocarte, es un viaje imposible, son una quimera, un sueño”. El problema es que él no puede suicidarse por su discapacidad y, en la fuertemente católica España, la eutanasia estaba (está) prohibida. Por ello, Ramón acude a una asociación que ayuda a quienes desean morir dignamente. No colocan el cianuro en la boca de la gente, como sostiene el personaje de Gené, pero sí los contactan con gente que colabora con ellos. Por ejemplo, abogados, como es el caso de Julia, la mujer de la que Ramón se enamora.

Si en Amigos intocables se invisibiliza el conflicto que puede implicar una discapacidad de tipo motriz, en Mar adentro aquel está a flor de piel, tanto que interpela constantemente al espectador y genera preguntas. El hecho de que Ramón quisiera morir no es una apología al suicidio per se. En todo caso, lo es a la libertad del paciente de decidir y es por ello una revalorización de la propia vida y suscita el pensamiento de cuándo esta es digna y por qué. El caso de Ramón Sampedro provocó gran revuelo en España (1998), y este fue resucitado con la película de Amenábar (2004). Recién en el 2010, en Andalucía, se consintió la muerte digna y un año después se permitió en toda España. Esta ley no implica, sin embargo, la eutanasia, y es solo para situaciones terminales. No incluye casos de Alzheimer o degenerativos, una esclerosis múltiple o enfermedades invalidantes como la tetraplejia de Ramón. En Argentina, este año fue legislada la Ley de Muerte Digna. De cualquier forma, al igual que en España, no implica prácticas eutanásicas sino la posibilidad de rechazar tratamientos médicos, y es asimismo aplicable solo a casos terminales. La ley implica un gran avance en términos de derechos humanos puesto que humaniza a la medicina y respeta la autonomía de la voluntad del paciente.

Amigos intocables y Mar adentro permiten, por su contraste, atisbar una cuestión de gran complejidad y con múltiples aristas aún no resueltas. Pensar en una muerte digna, en el caso de la discapacidad, es en realidad una excusa para replantearse el lugar que ella ocupa hoy día en nuestra sociedad. Las condiciones para una buena vida están acotadas por los recursos económicos que se posean o por el rol que cumpla el Estado. Este es otro hecho que Amigos intocables no señala: Phillippe puede tener una vida digna, sí, pero a costa de tratamientos inaccesibles prácticamente. En nuestro país hay múltiples leyes de discapacidad, pero estas no siempre funcionan correctamente. Por ejemplo, el cupo laboral del 4 % no se cumple, pese a que fue sancionado hace 30 años, y se calcula que entre el 60 y el 90 por ciento de las personas discapacitadas están sin empleo. Muchos intereses están en juego, los de los empleadores, los de las empresas de medicina privada, los del Estado. En el medio quedan quienes poseen una discapacidad, pero queda también el impulso de luchar y conquistar un terreno más■


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