La palabra autismo proviene del griego; autos significa ‘propio, uno mismo’En el célebre DSM, manual de acuerdo científico universalizado y global para el diagnostico de enfermedades mentales, los criterios que se toman en cuenta para determinar un trastorno autista recurren al tema de la comunicación y la relación o, para expresarlo con exactitud, de las falencias y/o ausencia de estas.

Un ser propio con dificultades para relacionarse con otros. De algún modo ¿esto no nos podría ir a todos? Es, por lo menos, bastante paradójico.

Pensar en dificultades para comunicarse es tan amplio como pensar en cada uno de los vínculos que genera un ser humano a lo largo de su vida, o ¿acaso alguien se redime de decir que alguna vez no tuvo un problema para comunicarse?

Entorno al autismo, vemos circular múltiples preguntas y las respuestas llegan difusas y con pocas conclusiones que parecerían dar con el quid de la cuestión. Lejos de querer dar respuestas cerradas aquí, propongo ensayemos a cambio interrogantes que circulen y se desplieguen para producir otros pensares.

 ¿Hay imposibilidad o no hay deseo de comunicación? Y la pregunta que se desprende directamente: ¿se puede hablar de deseo entorno al autismo? El foco siempre se direcciona sobre la imposibilidad. Nos invito a preguntarnos de quién es la imposibilidad ¿Acaso no deberíamos asumir mínimamente el cargo de “no saber cómo” que hace años recorre la idea del autismo?

Cuando diariamente decidimos comunicar algo a alguien lo hacemos desde los patrones que tenemos aprehendidos, desde aquella modalidad que nos fue enseñada a lo largo de nuestros primeros años de vida. De esta manera nos comunicamos. De esta manera intentamos comunicarnos también con el autismo.

Intentamos que ellos se integren a nuestra modalidad de comunicación. ¿No deberíamos mínimamente pensar en abrir nuestro propio campo? Ellos se acercan a nosotros de una manera diferente, a través de canales diferentes de comunicación, desde una singularidad distinta. Deberíamos sospechar al menos que tal vez somos nosotros los que no comprendemos, porque intentamos comprenderlos desde nuestro sistema y modalidad funcional.

El papá de M, un adolescente con trastorno de espectro autista, comentaba en una entrevista acerca de su hijo: “es que M se pone nervioso en reuniones familiares donde hay mucha gente, vos imaginate ¿cómo te pondrías entre un montón de gente que te habla en otro idioma?” Interesante interpelación para pensar ese “otro idioma”, refiere a una modalidad diferente de entender, pensar, sentir y vivir.

Fue hace pocos años que gracias a las notas y libros de aquella que revolucionó la idea acerca del autismo, Temple Grandin, se demostró que existe un mecanismo de pensamiento diferente. Su mayor logro tal vez fue que consiguió comunicarlo y transmitirlo (http://www.grandin.com/ )

Quizás nuestro desconocimiento -pero creo que más fuertemente nuestro miedo a no saber y perder el control– sea el que nos aleje de ingresar a una lógica de funcionamiento diferente, una lógica en la cual no llevamos las riendas, el dominio está a cargo del otro.

¿Podríamos tolerar la creencia de que ellos pueden comunicarse con nosotros y nosotros no sabemos cómo comunicarnos con ellos? Creo que implicaría grandes renuncias (¿quizás narcisísticas?) para las que no estamos preparados.

Considero que para abordar la enfermedad mental es imprescindible seguir la lógica del acontecimiento, expresada en palabras de Gilles Deleuze. Un acontecimiento es algo que sucede sin que se lo programe, algo que irrumpe produciendo un nuevo sentido, sorprende, se presenta escapando a la representación previa o es algo irrepresentable. Si pensamos la enfermedad mental como algo estático, nuestra escucha se focaliza, se acota, y serán siempre “nos” los que giren entorno a ella. Si pensamos la enfermedad desde la noción de acontecimiento, desplazada en el tiempo, entendida desde un diagnóstico situacional y móvil, podemos abrir nuestra escucha sin remitirnos a nuestra propia representación; posicionarnos como postula Lacan a “escuchar desde la nada”, y así poder separarnos de la idea de que siempre hay otro (u Otro) que tiene que decidir ante el enfermo mental.

Pensar y actuar en torno a la contingencia del día a día, mirar, escuchar y sentir a ese otro como un ser diferente a mí, con la humildad suficiente de entender que diferente no implica inferioridad, sino mirar a ese otro como alguien propio, natural y singular, como uno mismo, un ser en sí mismo; desplegar nuevos planos de consistencia para transformar algo de lo conocido en una posibilidad diferente de relación con el otro es quizás un camino viable para pensar en una clínica posible en el tratamiento del autismo


Puede descargar Autismo: ¿Quién no puede comunicarse? - Exclusivo web en formato .pdf