Ha sido Antonio Negri, el filósofo italiano de múltiple perfil, intelectual y militante del pensamiento revolucionario, quien nos alertara con claridad sobre la realidad constitucional del mundo de nuestro tiempo. Con gran sorpresa y escándalo para el pensamiento tradicional, sostuvo por los años 90 del siglo pasado, que el poder constituyente en tiempos globalizados, terminarán siendo las redes de comunicación (ver su libro “El poder constituyente”).

Esto significa, virtualmente, que el poder constituyente en nuestro tiempo es INTERNET, con todos sus buscadores incluidos. Pero como esa red se encuentra mundializada, significa que el poder constituyente es mundial, que las soberanías nacionales se encuentran sometidas al dominio de una comunicación global, que forma, inexorablemente, la voluntad popular en todos los países del mundo.

Nosotros no instalamos este pensamiento en forma tan contundente, diez años antes que Negri escribimos Cibernética y Política (Ciudad Argentina, 1982), donde indicábamos que el “quibernetes”, es decir el conductor de la nave política, depende de las relaciones sociales de comunicación (fundamento Platón en su República).

En realidad estamos certificando el acierto del pensamiento de Fernando de Lasalle, en su famoso discurso de Friburg de hace ochenta años, cuando sostuvo que una Constitución no es una hoja de papel sino, los factores reales de poder: la fuerza militar, la banca internacional, las religiones, la tradición: ahora le sumamos, en forma dirimente a INTERNET.

Será bueno tener en cuenta la historia de la dominación comunicacional en el mundo: antes de Gutemberg se escribía a mano en papiros de muy limitada circulación: ese terminó con la imprenta, se instaló la “galaxia Gutemberg”. Pasó el tiempo y fue Mac Lukcjam quien nos indicó que el mundo estaba comunicado a partir de la imagen televisiva: se instaló la “galaxia Mac Lukcjam”. Ahora estamos en la nueva galaxia INTERNET de Mario Negri.

A esta mundialización comunicacional, que es una forma concreta de ejercicio democrático en manos de una creciente cantidad de individuos que viven todo el día frente a una computadora, debemos sumarle un movimiento social de penetración de multitudes errantes (también pensamiento de Negri), que proviniendo del mundo subdesarrollado, pugna por ingresar al primer mundo, tanto hacia Europa, como hacia los Estados Unidos. Argentina también experimenta esa invasión de hermanos latinoamericanos, con quienes tenemos que integrarnos en aras de la unidad continental.

Esa unidad continental tiene en su mira el nuevo centro del poder mundial que pugna por conducir la economía del mundo. Nos referimos al BRIC, es decir a Brasil, Rusia, India y China. El filósofo transdisciplinario brasileño, Roberto Mangabeira Unger, integra su filosofía experimental, con un nuevo sistema de finanzas públicas, con una pedagogía de jóvenes profetas y con un dinámico sistema electoral, así como con nuevas propuestas para afrontar al derecho de propiedad. Roberto Mangabeira honra a la Argentina, diciendo que el BRIC debe pasar a ser ABRIC, con Argentina a la cabeza, por la capacidad de sus dirigentes para cuestionar, a la manera de la falseación poperiana, las pretendidas verdades que se vayan instalando en la conducción cultural, económica y política del mundo.

Nos hablan de un mundo globalizado, que es un mundo de mero presente, sin pasado y sin futuro. Absurdo, no cabe duda. Ello ha sido mejorado con la propuesta de un “mundo líquido”, donde, si bien hay solo presente, al menos se instala el reconocimiento de que ese presente esta conducido por una red de comunicación social. Esa red se proyecta, necesariamente hacia el futuro, con un pasado alimentador inexorable.

En ese mundo nuevo estamos comprometidos con la integración confederativa que propusiera Artigas. Pensamiento que estamos defendiendo desde la Universidad Nacional de La Plata, en la Cátedra Libre José Gervasio Artigas para la integración. Cuando hace 200 años la Asamblea de 1813 rechazó las instrucciones enviadas por Artigas, lo que hizo fue instalar un centralismo unitario en nuestro país, que es compatible con la actual “monarquía constitucional”, sin coparticipación federal impositiva, que reina en nuestro país


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