Una operación sencilla, el requisito de cuatro dadores de sangre y un mundo desconocido para José en torno a las estigmatizaciones de la medicina y de la sociedad toda hasta llegar a la conclusión de que en las sociedades modernas el dinero no sólo “blanquea la piel” sino que también “azulea la sangre” bajo un test de humanidad.

 

– Dedicado a mis amigos Mica y José –

José se tenía que operar de la rodilla. Uno de los requisitos que le pidieron para operarlo – entre tantos otros – fue conseguir cuatro dadores de sangre de cualquier grupo y factor, sangre que no sería necesariamente utilizada durante la operación.

José comenzó a contactarse con todos sus conocidos para ver quién podía donarle sangre. Luego de algunos intentos fallidos, especialmente en el caso de hombres temerosos de las agujas, experiencias anteriores de donaciones pseudo-traumáticas o compromisos laborales que lo impedían, consiguió más potenciales dadores que el número que le pedían. Pensó que de la gran cantidad de trámites y requisitos exigidos por la máquina burocrática kafkiana, este sería uno de los más simples de cumplimentar. Pero se equivocó. Parece que en torno a la sangre se juegan postulados mucho más profundos sobre nuestra sociedad que una simple campaña de donación al estilo “Más sangre, más vida”. Y con el perdón de estas campañas, aquí es la sociología y no la medicina la que toma la palabra.

Siguiendo los principios de la epistemología crítica contemporánea, nada mejor que escribir acerca de aquello que nos duele, que nos incomoda, que nos da bronca. Y si el tema del artículo es la sangre, se desprende que a José no le fue muy bien en su misión (imposible) de conseguir dadores. Las malas noticias se repetían: “no me dejaron donar porque estaba anémica (aunque los exámenes posteriores corroboraron que esa anemia no existía)”, “no pude porque me vieron los tatuajes y piercings (aunque los tenía hace más de un año)”, “no me dieron una explicación, pero me parece que fue porque puse que era homosexual en el cuestionario”. Y así se multiplicaron las negativas. Entonces José pensó que si las mujeres, los homosexuales y los jóvenes “rebeldes” habían sido rechazados, mejor buscaba hombres, heterosexuales, jóvenes “normales” o adultos. Casualmente, sus dadores seguros – aquellos que pasarían el control médico – debía buscarlos en el modelo de humanidad moderno.

Durante la Edad Media, la sangre fue el criterio central de estratificación social. Es decir, el lugar que cada uno ocupaba en la sociedad, si estaba más arriba o más abajo, dependía de factores heredables: ya sea el apellido como identificador de una ascendencia familiar o bien características étnicas visibles a partir de rasgos fenotípicos. La sangre, entonces, como criterio de estratificación tenía la particularidad de volver las distancias infranqueables: el cambio de apellido no era una opción posible en la Edad Media y, menos aún, una operación de blanqueamiento al mejor estilo Michael Jackson. ¿Cuál era entonces la sangre que valía más en la escala social? La sangre azul, aquella que corría por las venas de las familias de la nobleza. La palidez del color de la piel de la nobleza, entre otras cosas debido al privilegio de no realizar trabajos físicos a la intemperie, hacían ver a la venas con un aspecto azulado.

En los albores de la Modernidad, la sangre azul será cuestionada en su carácter de factor legitimante de las divisiones sociales para postular al dinero en su lugar. Este cambio no es casual. El dinero se relacionaba con el poderío económico que estaba logrando la burguesía en Europa con el despegue del desarrollo industrial. En este sentido, la capacidad económica fue vista en su época como un criterio más democrático y dinámico de asignación de “puestos sociales” que la sangre bajo la siguiente premisa: “si te esfuerzas y trabajas duro, no importa el lugar de la escala social del que partas, podrás llegar a donde tú quieras”. Premisa que sigue llamativamente vigente en nuestros días, a menudo para excusar (nos) de la pobreza que habita nuestras ciudades. Por lo tanto, la disputa entre sangre y dinero evidenciaba otra disputa: aquélla entre la clase social predominante en la Edad Media y la nueva clase en ascenso en la Modernidad.

Ahora, podríamos pensar: ¿A pesar del cambio de criterio, cuánto cambió el modelo de humanidad “exitosa”? ¿Aquéllos que estaban abajo en la sociedad medieval no siguen abajo también en la sociedad moderna? ¿Entonces qué fue lo que cambió? A pesar de la ficción de la igualdad de oportunidades propia de la época moderna, podríamos pensar que el criterio de sangre azul sigue funcionando ocultamente ya no identificado con el apellido y la piel sino con el dinero. Es decir, ahora el dinero no sólo “blanquea” la piel sino que “azulea” a la sangre.

La Modernidad construyó un sujeto particular – varón, blanco, heterosexual, capitalista y europeo – como sinónimo del hombre en abstracto, como sinónimo de la humanidad toda, a partir de una compleja operación histórica, teórica y política que puede rastrear sus orígenes en la Conquista de América. Una vez constituida la identidad de lo mismo, se fue nombrando la diferencia atribuyéndole características (mujer, negro, indígena, migrante) y un lugar en la estructura económico-social, moldeándose subjetividades que actuaban al mismo tiempo como una interioridad rechazada y una exterioridad constitutiva necesaria para la afirmación del ser (europeo).

Para consumar este proceso, la Modernidad buscó en la ciencia a su principal aliada, iniciando el proceso conocido como colonialidad del saber. A un sujeto abstracto le correspondía un conocimiento también abstracto, deslocalizado y descorporizado que lo legitimara, postulando el universalismo y borrando toda marca de subjetividad y de origen geopolítico. Dentro de estas ciencias, y en relación a la tematización de la sangre, la Medicina operó (y sigue operando con fuerza, incluso a contrapelo de las conquistas de derechos) como discurso de saber/poder donde se condensan un conjunto de estereotipos que reafirman el modelo de humanidad moderna. Por eso decíamos que la disputa por la sangre es un síntoma que expresa los cánones sociales hegemónicos. Para aquellos que intenten impugnar lo dicho a partir de la neutralidad del conocimiento médico técnico, la técnica se inserta y resulta compatible con el universo simbólico y social más amplio que implica consideraciones “no técnicas”, pudiendo cuestionarse incluso las distinciones entre lo técnico y lo social.

Pero volvamos a José, habíamos dicho que José intuitivamente había comenzado a descubrir en los estereotipos que la medicina construía sobre sus candidatos para donar la presencia del canon civilizatorio moderno; un canon que atribuye a los sujetos que se alejan del hombre en abstracto una peligrosidad ex ante, so pretexto de la virtual “contaminación” del banco de sangre; un canon que estigmatiza a los homosexuales y a los jóvenes con marcas corpóreas de su rebeldía por sus supuestas prácticas promiscuas o “riesgosas”; un canon que estigmatiza a las mujeres bajo el estereotipo de la “anemia presunta” asociada a su condición de sexo débil; un canon que no deja de expresar que sólo pueden donar aquellos con sangre azul (moderna). Entonces, ¿Cuál es el sistema de solidaridad detrás del banco sangre? ¿Una solidaridad que puede llegar a todos pero que surge de los mismos, de los de sangre azul? ¿Una solidaridad que parte de aquellos dadores seguros que pasan el “test de humanidad”? ¿Una solidaridad que, siguiendo el criterio del dinero, puede ser comprada “tirándole unos mangos” a un dador seguro?

Finalmente, ante la falta de dadores y a mi propia condición de anémica (comprobada y no presunta), le dije a José que conocía a alguien que podría donar: un hombre, sin tatuajes ni piercings, más cercano a los treinta que a los veinte, de clase media y a quien le podía dar un beso en la sala de espera como prueba de su heterosexualidad. Y así fue, el candidato pasó la prueba y José consiguió sus dadores, pero se quedó pensando en las estigmatizaciones existentes en torno a la sangre. Un criterio de estratificación medieval, pero que conserva su potencial de clasificación

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