Michel Foucault resulta ineludible a la hora de reflexionar sobre el poder. Alejándose de la concepción represiva que lo vincula directamente con el poder del Estado, propone pensarlo como relaciones de fuerzas en constante tensión, que de forma descoordinada constituyen una red inestable, pasible de perecer en cualquier momento. El poder es, a su vez, la pura posibilidad de la resistencia. Así como en el siglo xvii y en el siglo xviiilas entonces nuevas tecnologías del poder arrojaron “verdad” sobre la modernidad, hoy en día, las tecnologías de la información, comunicación y participación están proyectando la suya.

No caben dudas del profundo impacto académico y político de la obra de Michel Foucault–ineludible a la hora de reflexionar sobre el poder–. Propongo aquí una breve presentación que espero provoque un acercamiento a su magnífico pensamiento.[1]

Nace el 15 de octubre de 1926 en Poitiers, Francia y fallece –físicamente– el 25 de junio de 1984 en París, Francia, a los 57 años de edad. Desconfiado de las construcciones históricas burguesas, rechazó fervientemente la idea de una enfermedad exclusiva de las prostitutas, de los drogadictos y de los homosexuales; y resultó, paradójicamente, víctima (entiendo en un doble sentido, literal y figurado) de alguna enfermedad relacionada con el entonces poco conocido Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida.

Transgresor por donde lo veamos. De acuerdo con sus propias reflexiones, el poder no sólo reprime la sexualidad, sino que también la produce y la provoca. En este sentido los registros audiovisuales lo revelan como un seductor, con un discurso franco, espontáneo y apasionado; imagino que de estilo atípico para la episteme del momento y acorde a la propia sensación de liberación que ofrece (de acuerdo con sus ideas) transgredir los límites de la razón. “Quien usa ese lenguaje hasta se coloca fuera del poder; hace tambalearse la ley; anticipa aunque sea poco, la libertad futura”.[2] No me caben dudas de la atracción que generaba entonces su quehacer intelectual y pedagógico.

Su obra se puede pensar en tres momentos: el arqueológico (durante los años sesenta desempolvó conceptos como el saber, la ciencia, la verdad, la locura, el sujeto, la historia; Las palabras y las cosas, El orden del discurso); el genealógico (centrado en el estudio del poder: el panóptico, la sociedad disciplinaria, Vigilar y castigar) y por último el de las tecnologías del yo (en los ochenta problematizó la subjetivación y la moral, su Historia de la sexualidad). Estas tres inquietudes: verdad, poder y sujeto, siempre entrelazadas se fueron reformulando a lo largo del tiempo, tomando nuevos rumbos y caracterizando así su propio estilo metodológico: continuidad y ruptura (más lo segundo que lo primero). Esta suerte de ontología del ser,[3] que abarca el trabajo de su vida, pretendió desnaturalizar el orden social moderno y criticar la razón del hombre, entendida como una construcción histórica manipulada por “el poder pastoral” (dicho de otro modo, el poder burgués) con el propósito de controlar a los hombres y convertirlos en seres útiles, rentables y productivos. Su contracara: el manicomio, la locura.

Quizás lo más revolucionario (aunque no tan provocador como lo anterior) haya sido situar la concepción positiva[4] del poder en el centro del debate, conmocionando la concepción represiva (y aun sólidamente emplazada), surgida de las teorías de la soberanía y del Estado moderno. Acusa a estas interpretaciones como insuficientes para un análisis exhaustivo y despliega una microfísica del poder desbordada de relaciones de fuerza: heterogéneas, difusas, apartadas del centro, complejas, difíciles, ciegas. No debe entenderse el poder como el poder del Estado, sino como una relación de fuerzas, en constante tensión y conflicto, en disputa por la verdad[5].De hecho (frase demasiado contundente para su dinámico pensamiento) la historia, para Foucault, es un conjunto de microluchas y no debería explicarse a través de los grandes sucesos históricos, sino de la micropolítica, que la va construyendo en forma discontinua, cada día.

En Vigilar y Castigar analiza meticulosamente (bien a su estilo) las tecnologías disciplinarias surgidas a lo largo del siglo XVII y del siglo XVIII, cuando la fuerza cede su lugar a un mecanismo de poder más económico: la mirada. Todos los dispositivos comienzan a apuntar al cuerpo, individualizándolo. La anatomía política es entonces la expresión más naturalizada (y normalizada) del poder moderno. Y son: la cárcel, la escuela, la fábrica, el manicomio, el hospital, los hogares de ancianos, los medios de comunicación, el lenguaje, el cine, la calle los espacios donde se hacen dóciles nuestros cuerpos –y a los que llama heterotopías[6]–. En definitiva, es en estos “otros espacios” alejados del “centro” donde se definen los reales efectos del poder. Un pastor, un médico, un psiquiatra, un periodista, un maestro, un padre o una madre, un marido o una esposa, un adulto se encuentran en una posición de dominación, intentando siempre imponer su verdad sobre otro (resulten exitosos o no). Estamos en presencia de una fabulosa red de poder, que nos atrapa, nos controla.

Fue recién a finales de los setenta que nuestro pensador comienza a calmar su interpretación desesperanzadora. En 1977 le responde al japonés Shigehiko Hasumi:

“No hay relaciones de poder que triunfen por completo y cuya dominación sea imposible de eludir. Muchas veces se dijo –los críticos me hicieron este reproche – que yo, al poner el poder por doquier, excluyo cualquier posibilidad de resistencia. ¡No, es todo lo contrario! Me refiero a que las relaciones de poder suscitan necesariamente, exigen a cada instante, abren la posibilidad de una resistencia, y porque hay posibilidad de resistencia y resistencia real, el poder de quien domina trata de mantenerse con mucha más fuerza, con mucha más astucia cuanto más grande es esa resistencia. De modo que lo que trato de poner de manifiesto es la lucha perpetua y multiforme, más que la dominación lúgubre y estable de un aparato uniformador. Estamos en lucha en todas partes –existe a cada instante la rebelión del niño que, sentado en la mesa, se hurga con el dedo la nariz para fastidiar a sus padres: esa es, si se quiere, una rebelión–, y a cada instante pasamos de rebelión a dominación, de dominación a rebelión”.[7]

Si, como planteaba Sartre, “el hombre es siempre libertad” (por mínima que sea) y el poder es poroso, heterogéneo e inestable, siempre existe la posibilidad de rebelarse, de resistir, de contra-actuar. El poder, en sentido positivo, implica la pura posibilidad de la resistencia y, lejos de pretender “todo el poder”, desea quitarle poder al poder. El poder circula, nos pertenece. Aquí la utopía entra nuevamente en la escena, no en un sentido espacial (utopía/heterotopía), sino en un sentido biopolítico. Son, ni más ni menos, que nuestros sueños, sentimientos y placeres sexuales los que nos constituyen como sujetos de deseo con capacidad de resistir y de transformar el mundo. El propio Foucault demostró esta capacidad con su militancia política, luego de haber asumido en su cátedra en el College de France. El desafío de repensar sus interpretaciones se hace aún más necesario hoy, frente a la última revolución tecnológica del siglo XXI. Las nuevas tecnologías de la información, comunicación y participación ocupan un lugar clave en la construcción histórica del conocimiento. Con cada publicación virtual en las redes sociales, aumenta y se complejiza más la circulación del poder. La investigadora catalana Dolors Reig, llama a estos nuevos dispositivos las TEP, las Tecnologías del Empoderamiento y la Participación. Un nuevo “otro espacio”, otra polis que no es la polis real de la Antigüedad, ni el Estado real de la Modernidad, pero que se constituye en un flanco que sociólogos, filósofos, politólogos, políticos, comunicadores, estudiantes y docentes no debemos naturalizar

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[1] Sugiero los siguientes sitios de internet: http://michel-foucault-archives.org  / http://www.foucault.info//   http://www.michel-foucault.com/

[2]Foucault, Michel, Historia de la Sexualidad, Tomo I, Ed. Siglo xxi, 1977: p. 13.

[3]De acuerdo a la lectura de Edgardo Castro en su Diccionario Foucault, no obstante la dispersión de sus escritos, todo el proyecto filosófico de Foucault puede ser descrito en términos de una genealogía constituida por tres ejes: 1) una ontología del individuo en sí mismo en relación a la verdad; 2) una ontología histórica del individuo en sí mismo en sus relaciones en el campo del poder; y 3) una ontología histórica del individuo en sí mismo en sus relaciones con la moral (CASTRO, 2011: p. 172).

[4]En este caso no debe confundirse “positivo” con cuestiones jurídicas o legales.

[5] Sin embargo, vale precisar que esta idea del poder como relación no era nueva. Antonio Gramsci ya lo había desarrollado treinta años antes, obviamente que fundado en el materialismo histórico –y aún tampoco era el único–.

[6] Es un concepto que acuña para definir aquellos espacios no reales, pero tampoco irreales. Llamará “heterotropología” el estudio de esos espacios diferentes, de esos otros espacios, una suerte de contestación a un espacio utópico y real en que vivimos: cementerios, asilos, un barco, un jardín, la escuela, la prisión. Aquí Utopía vs. Heterotopía reflota un profundo debate sobre el espacio y el tiempo, complejo, movilizante. Sugiero: http://www.heterotopiastudies.com/

[7]El poder, una bestia magnífica. Michel Foucault. Sigloxxi, 2012, p.77.


Puede descargar Foucault, una bestia magnífica: Sobre el poder y la resistencia - Andén 75 en formato .pdf