La palabra es la cárcel de la idea”, dice Nicolás Guillén, paradojalmente, a través de palabras. Eso nos lleva a preguntarnos por el rol que cumple la imaginación en nuestras vidas. En otros términos, ¿lo que imaginamos es poder o utopía?, ¿nos atrapa o, más bien, nos libera? La imaginación, en las palabras de Guillén, ¿es idea o es cárcel? Sin embargo, la pregunta así planteada, en abstracto, sin una problemática específica, parece perderse en la nebulosa de la insensata futilidad. Dicho de otra manera, la cuestión relativa a la fuerza liberadora o constrictiva de la imaginación no parece interesante si no es justificada en un conflicto social específico e interpelante.

Particularmente quisiera pensar de qué manera aquello que se imaginó como “la nación argentina” fue pensado en función de un sujeto “tipo”, de un modelo: imaginado con cierta lengua –el castellano–, con cierta cultura –la europea– y con cierto rasgo físico –blanco–. Aceptado esto, me gustaría pensar por qué, en todo caso, aquello que se imaginó, no se pudo re-elaborar como idea. Es decir, por qué hoy por hoy nos sigue costando imaginar una “nación” más abarcativa, que incluya a los indígenas.

La cuestión sería, entonces, que ante la crítica al racismo sobre el cual se fundó la Argentina, la clásica respuesta remite a los límites de la imaginación histórica de aquel momento, diciendo frases del estilo de “ellos hicieron lo que pudieron”, “respondieron a su época”, “pensaron lo que era común pensar”. Esta defensa también impugna los términos de la crítica diciendo que se acusa anacrónicamente a los “padres de la patria” por cuestiones que escapaban a su horizonte de sentido, a sus posibilidades de crear “de la nada” cierta institucionalidad política, cierto orden social; en síntesis, un proyecto de país inclusivo.

En este sentido, si estamos de acuerdo en que en el momento de la conformación del Estado-nación argentina cundía un eurocentrismo que no permitía imaginar una nación que incluyera a los pueblos originarios (ni a otros ni otras) dentro de ella, ¿por qué hoy por hoy no logramos re-pensarlo? O, si lo logramos, ¿por qué no gana el poder suficiente como para cristalizarse en medidas concretas, en políticas?

A su vez, en relación con la defensa de los “padres de la patria”, pero también en función de nuestro propio posicionamiento ante problemáticas sociales actuales, que nos van a seguir interpelando, ¿sería posible sostener entre nosotros, hoy, que existe algo así como lo que “es común pensar”? ¿Podemos, efectivamente, suponer que hay un pensamiento de época sin más, al que nos incorporamos de manera abúlica y que, por lo tanto, no genera ningún tipo de responsabilidad –personal y social– por sus consecuencias?

Por otra parte, se podría suponer que alguien preguntara: ¿Tantos son los miembros de los pueblos originarios? ¿Qué importa si no están incluidos en nuestra idea de nación? La respuesta a la primera pregunta sería que, según algunas fuentes, el 1% de la población argentina es indígena, pero para otras, se trata del 2,38%.

En segundo término, la importancia de su inclusión en la idea de nación se responde en función de la violencia y de la injusticia. En este sentido, diríamos que la discusión es relevante porque el choque entre lo que se imagina (un estado, una nación, un tipo de sujeto) y lo que es (pluricultural y pluri-étnico) se resuelve mediante la violencia. En la práctica concreta actual, se anuncia en las noticias: humanos y culturas sacrificables y sacrificados, supeditados a la ampliación de grandes negocios, visualizados como obstáculos por remover en pos del anhelado progreso. Entonces, no hay mayores diferencias entre el coro de “hay que matarlos a todos” y la violencia fundacional del estado que efectivamente los mató a todos.
Dicho de otro modo, resulta más fácil amar y defender las ideas que nos pertenecen porque las imaginamos nosotros que amar a los otros: las personas, diferentes, imprevisibles, externas, inabarcables, defectuosamente reales.

Personalmente creo que la pobreza imaginativa es propia y radica en la imposibilidad de ubicarse en el lugar del otro, sea lo que fuere ese otro. Quizás nuestra imaginación pueda ser infiltrada por palabras que nos permitan concebir el dolor ajeno, salir de la imaginación televisiva, repetitiva, tipologizada, y pensar en las pequeñas historias, en los laberintos donde nos encierran, en los vericuetos sociales, en el sufrimiento. Como si fuera una especie de experimento entre amigos, quisiera compartir la canción de Bruno Arias Kolla en la ciudad, que nos relata una historia de estas. Dice:

Kolla en la ciudad (2012)

En este sentido, podemos pensar que la imaginación, oscilante entre el poder y la utopía, teje narrativas sociales, fluye entre ideas, captura, libera y recombina. La imaginación puede atraparse en las palabras pero también puede ser un motor de prácticas alternativas a las dominantes.

Si continuamos leyendo el poema de Guillén con el que comenzamos esta columna de “descolonialidad”, veremos que dice:

“Yo en vez de la palabra, / quisiera, para concretar mi duelo, / la queja musical de una guitarra”.

Quizás la utopia viene encerrada en palabras o, quizás, en forma de canciones. Quizás las palabras cambian las ideas. De otra manera, no se explicaría el esfuerzo de escribir.

Lo que es innegable es que cada cultura tiene las utopías que su imaginación le permite. Yo quiero proponer que nos imaginemos que somos hermanos. Diferentes, sí, como todos los hermanos■

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