Lo pluricultural, lo plurinacional, la biodiversidad, el territorio. Parecen ser consignas y reivindicaciones frecuentes en todo el mundo, provenientes de organizaciones y de movimientos sociales, así como de comunidades territoriales, que evidencian una resistencia local a los efectos de la globalización capitalista y de las formas de acumulación neoliberal. “Un mundo donde quepan muchos mundos”, decía el Subcomandante Marcos. Se trata, en efecto, de una diversificación y fragmentación del imaginario revolucionario en el sistema-mundo, magnificado a partir de 1989, con la caída del Muro de Berlín.

La clase obrera no esperaba de la Comuna ningún milagro. Los obreros no tienen ninguna utopía lista para implantar par decret du peuple [por decreto del pueblo] (…) Ellos no tienen que realizar ningunos ideales, sino simplemente liberar los elementos de la nueva sociedad que la vieja sociedad burguesa agonizante lleva en su seno. Plenamente consciente de su misión histórica y heroicamente resuelta a obrar con arreglo a ella, la clase obrera puede mofarse de las burdas invectivas de los lacayos de la pluma y de la protección profesoral de los doctrinarios burgueses bien intencionados, que vierten sus perogrulladas de ignorantes y sus sectarias fantasías con un tono sibilino de infalibilidad científica.
Karl Marx 

La cosmovisión moderno-occidental ha sido la fuente de donde han bebido los movimientos antisistémicos desde su surgimiento a mediados del siglo xix. De esto se ha desprendido un imaginario de transformación poscapitalista basado en la utopía revolucionaria, un lugar que no existe, una construcción filosófica profundamente teleológica, universalizante y trascendental. Esta específica concepción del cambio social hacia “un mundo mejor” ha tenido serias implicaciones a nivel global, pues ha constituido una referencia epistémica para pensar y organizar la lucha anticapitalista a lo largo y a lo ancho del sistema-mundo, ya que:

  1. La utopía ha sido poseída por el espíritu ilustrado-colonial del “progreso” y constituye un camino universal hacia el cual todas las naciones, y en general toda la especie humana, deberían marchar;
  2. La utopía es un proyecto referencial encerrado en un espacio-tiempo inexistente. La perseguida emancipación no puede ser ahora, se posterga;
  3. La utopía se vuelve un fin en sí misma y, como fin supremo, justifica cualquier pesadilla en el aquí y en el ahora (los daños colaterales de la futura felicidad);
  4. La utopía es el Gran Sueño moderno; por lo tanto no es realizable, lo que, para el realismo político, la convierte en una aspiración inválida.

No obstante lo dicho, la utopía ha sido el único momento poético de la filosofía política moderna, una filosofía profundamente atravesada por la racionalidad tecno-instrumental y por el realismo. El pensamiento moderno más conservador, como una máquina desencantada, eficiente y fría, ha estigmatizado la utopía con ingenuidad e infantilismo. Después de 1989, con la caída de cada pedazo del Muro de Berlín, resonaba el “thereis no alternative” de Margaret Thatcher, y el “Fin de las ideologías” de Francis Fukuyama inauguraba una nueva corriente radical del desencantamiento, el estrangulamiento de los sublimes metarrelatos revolucionarios y el paso al hedonismo individualista.

Los procesos de cambio que se dieron en América Latina a fines del siglo xx y comienzos del siglo xxi, surgidos de las manifestaciones populares antineoliberales y la posterior instalación de gobiernos de tendencias “progresistas”, retoman el romance de la utopía moderna: a pesar de tener una carga profundamente popular, e incluso de expresar formas políticas de-coloniales, la revolución parece que sigue encerrada en ese no-lugar y no-tiempo del mito civilizatorio contemporáneo que, desde la segunda posguerra, hemos llamado “desarrollo”. El Socialismo del siglo xxi resignifica la utopía, pero es éste parte de un imaginario trascendental que apacigua los cuerpos salvajes del cambio, que prolonga la tregua que impone el Estado a la fuerza constituyente del “poder popular”, que pospone la inmanencia de las subjetividades y propone siempre una fetichización de la estructura, una transferencia de mandos de abajo hacia arriba, y una permanente mediación para la reproducción del cambio emancipatorio.

¿Será que es tiempo de desutopizar? El espíritu de la utopía moderna como política trascendental se exorciza en la medida en la que las subjetividades, el Poder Constituyente, la potentia, como fuerza inherentemente contrahegemónica, se (re)apropian de su poder inmanente, reproducen su fuerza en el aquí y en el ahora. En la desutopía, la política se desmitifica: el poder se transforma, se materializa, se autonomiza. Ya no se trata únicamente de “tomar el poder”, sino en primera instancia de ejercerlo. La desutopía como revolución quiere romper con la mediación trascendental, quiere ser constitutiva y negativa ahora, quiere ser materia. Revolución es apropiación.

No andemos tras utopías estúpidas que nos vendieron esos hijos de puta dominantes, sino construyamos nosotros el sueño (…) Estoy hablando hermano, simple y llanamente, de que yo en lo particular ignoro qué carajo es el socialismo. 70 años de los soviéticos, 60 años de los chinos, nos lo están diciendo hermano. No es, hay que inventarlo. Nuestra sabiduría no sirve pa’ inventar esa mierda (…) Hay que desprenderse de lo sabio que somos.
Ramón Mendoza, Encuentro Filosófico de los Pobres 

Pero esta apropiación no es sólo una revolución ontológica contra los grandes mediadores de la subjetividad en la modernidad como lo han sido el Estado, el valor-capital, las grandes religiones o los grandes relatos ―en la actualidad construidos mediáticamente como espectáculo―, sino que debe estar acompañada de una apropiación concreta de la materialidad de la vida: esto es una apropiación biopolítica del cuerpo y del territorio. La lucha popular actual contra la globalización neoliberal es una lucha por el territorio ―sea rural o urbano― y con una importante carga ecológica en defensa de los bienes comunes. A la autonomía ontológica y a la construcción de comunidad, necesariamente debe unírseles una reapropiación de la tierra, como vínculo con la existencia material de la vida, y una reconexión con la naturaleza, abandonando su instrumentalización y la arrogante visión antropocéntrica.

En las autonomías comunitarias territoriales, están contenidas las expresiones de otras cosmovisiones y formas de reproducción social poscoloniales. Son las semillas de posibilidad de otros mundos, de otros sistemas. Antes que utopías, antes que libretos universales sublimados, antes que temporalidades inexistentes, son la emanación de la diversidad biocultural en el aquí y ahora, son las resistencias a la fuerza globalizadora del capital. El imaginario moderno ha hegemonizado la idea de que la transformación de la sociedad debe ser llevada a cabo por el Estado, y de que la revolución es el “crack”, el primer paso de este proceso. No obstante, en la propia obra de Marx se muestra cómo, luego de un largo proceso de germinación de las formas de producción capitalista ―la acumulación originaria―, la Revolución Francesa ―la “escoba gigantesca que barrió todas las reliquias del pasado”― sería entonces no el primero, sino el último episodio para establecer el capitalismo como sistema hegemónico.

De esta forma, el proceso de transformación hacia un mundo poscapitalista nacerá de las entrañas del propio sistema. Requiere, pues, de un proceso germinal como el antes mencionado, lo cual trasciende el esquema estructuralista que propone al Estado como su gran ejecutor, y que fetichiza el “crack” de la revolución como macroevento, invisibilizando el enorme potencial de los procesos territoriales y comunitarios.

Reivindicar modelos de sociedad inclusivos, comunitarios, descentralizados y ecológicos supone promover un pensamiento fundamentalmente planteado de abajo hacia arriba. La masa crítica para un mundo poscapitalista requiere que los gérmenes de esas nuevas sociedades que queremos se formen, se consoliden y se propaguen. La urgencia de buscar salidas a la crisis civilizatoria pone sobre la mesa un dilema de dos tiempos, ante estos procesos de más largo alcance.

En todo caso, la única utopía es imponer la repetición de un modelo disfuncional e insostenible que hace y hará cada vez más difíciles las posibilidades de vida en el planeta. Se trata, en estos términos, de resistir ante la insistencia ideológica de un realismo utópico, que trabaja domando la incertidumbre, triturando la creatividad, disciplinando las palabras, inoculando el escepticismo, apaciguando los cuerpos salvajes del cambio, neutralizando el ideal robinsoniano del “inventamos o erramos”, haciendo de su utopía “realista” la distopía de un mundo que se consume a sí mismo

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