La enseñanza de la Filosofía en la escuela secundaria argentina no es un tema de mi conocimiento directo; toda mi experiencia de enseñanza la he adquirido en la universidad. Pero no dejan de preocuparme la cuestión general de la educación en la Argentina y la cuestión particular de la situación de la Filosofía dentro de ese proyecto educativo.

En realidad, he tenido que plantearme algunas de esas cuestiones por una responsabilidad personal. Como mi trabajo era dar clases sobre la filosofía europea de los siglos XVII y XVIII, era casi inevitable preguntarme qué sentido tenía explicar esas teorías dentro de un país de la América Latina del S. XXI. Como respuesta a esas preguntas encontré tres cosas:

1) que los conceptos con que nosotros pensamos la realidad fueron elaborados, en gran parte, en aquellos siglos de la modernidad;

2) que si esos conceptos siguen vigentes como claves para la comprensión de nuestra realidad, es necesario alcanzar una comprensión autónoma de esos conceptos y de esas teorías. De lo contrario, los argentinos estaríamos condenados a recibir pasivamente, de los profesores europeos y norteamericanos, las interpretaciones y las instrucciones de uso de ese pensamiento, sin poder examinar críticamente las explicaciones que nos ofrecen estos intérpretes, sin poder juzgar acerca de la idoneidad de ellas. En conclusión, es necesario que haya un cultivo profundo y autónomo de la filosofía en nuestro país; no es suficiente que haya una repetición acrítica de las teorías filosóficas y de sus interpretaciones.

Si se admite eso, resulta que el mero dar clases de filosofía, de manera responsable y bien informada, tiene cierta dimensión política. Pero con esto no quiero decir que la tarea política del profesor de filosofía sea aquella de “cambiar la realidad”. Eso me parece desmesurado e irresponsable; ninguno puede seriamente creer que sus convicciones personales son tan infalibles como para moldear la realidad de acuerdo con ellas. La dimensión política que veo en la enseñanza de la filosofía consiste más bien en generar, en nuestro país, un pensamiento bien informado acerca de sus temas, seguro de sí mismo, inmune a las ideologías pseudoinfalibles de cualquier signo. Esa enseñanza incluye la conciencia de las limitaciones del pensamiento humano en general. No solamente hay que enseñar teorías; hay que enseñar también que es enormemente difícil pensar con ideas propias y no prestadas. Sólo si se sabe, por experiencia, que pensar uno por sí mismo, de manera autónoma, es algo muy difícil y que requiere una gran preparación, no se caerá en el engaño de las aparentes evidencias fáciles y superficiales. Tampoco se cederá a las exigencias de teorías que se presenten con pretensión de infalibilidad. Ni se caerá en el engaño de admitir como propias y como evidentes algunas ideas que sólo parecen propias porque se ignora que alguien nos las ha inculcado sin que nosotros lo supiésemos .

3) La tercera cosa que encontré al reflexionar sobre mi propia actividad de enseñanza de la filosofía fue que sería triste y un poco tonto dejarles a las universidades de los países poderosos la posesión y la administración exclusiva de una riqueza que nos pertenece a todos, y no a ellos en exclusividad. Se sabe que “el espíritu sopla donde quiere”; no debemos desdeñar la posibilidad de que también sople por aquí donde estamos. Por eso, conviene cultivar aquí, en la Argentina, el conocimiento de los grandes sistemas filosóficos, que son un tesoro espiritual.

Por todo eso (y por otras cosas que aquí no caben) creo importante que se enseñe y se aprenda filosofía en nuestro país, que se investiguen temas filosóficos, y que se participe en el trabajo internacional de investigación procurando alcanzar los estándares más elevados posibles. Eso implica también no encerrarnos en nuestro pequeño mundo conocido, sino tratar de intervenir en la discusión universal. Nuestra formación profesional debe ser tal, que nos habilite para hacerlo. Sé que es una pretensión muy alta y de difícil realización. Lo sé por experiencia. Pero también sé que no es difícil sólo para nosotros los argentinos, sino que es difícil para cualquiera. También aquí hay que recordar que el espíritu sopla donde quiere; y que la mayoría de las veces, para nuestro pesar, directamente no sopla ni aquí ni en ninguna otra parte.

Una última cosa: He observado que una de las razones del excelente desempeño de Alemania en la filosofía universitaria es la buena educación secundaria, que está en manos de expertos. Creo que es una pena que cuando se trata de promover la educación en nuestro país, en lugar de perfeccionar a los docentes en los temas de su especialidad,   y de pagarles debidamente, se los someta a largos e inútiles cursos sobre teorías de la enseñanza, que no mejoran en nada sus conocimientos específicos. Se los subordina, en suma, a las condiciones que imponen las teorías un poco ingenuas de las ciencias de la educación. Temo que sean los profesionales de esa ciencia los destinatarios de los fondos asignados a promover el desarrollo educativo. En la carrera de Filosofía hay un solo cuatrimestre dedicado al estudio de Platón y de Aristóteles; un solo cuatrimestre dedicado a la Filosofía Medieval, uno solo de Filosofía Moderna, insuficiente para estudiar a Descartes, Leibniz, Spinoza, Locke, Hume, Kant, Fichte, Hegel; pero hay cuatro cuatrimestres de Didáctica, en los que,entre otras cosas, docentes que no son formados en filosofía examinan teorías filosóficas acerca de la educación. Creo que hay allí un despropósito, una exigencia abusiva planteada a los estudiantes que buscan otra cosa, e incluso me parece que hay un uso indebido de los fondos destinados a la educación■

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