Constantemente nos relacionamos a través de máscaras. La máscara es un elemento que oculta a la vez que revela y, en esa verdad del ocultar, surge una posibilidad de vinculación y de encontrarse con un yo integrado en esa fragmentación. Entre tanto descubrir, nos acercamos al Instituto de La Máscara para dialogar con Mario Buchbinder –médico psicoanalista y psicodramatista–, quien nos contó sobre el uso de las máscaras en nuestra contemporaneidad: juego, cuerpos, sensibilidades, máscaras sociales, sujetos integrados y enmascarados. 

 

ANDÉN: ¿En qué sentido la máscara, un objeto que oculta, revela la verdad de un cuerpo?

MB: Creo que el ser humano tiene algo del juego del ocultamiento y la revelación. Yo lo relaciono con algo que trabaja Heidegger sobre los presocráticos: Alehteia; Lheteia es cubrir y el A, la partícula privativa. Entonces juega con el tema de cubrir y descubrir.

Algunos dicen: “El cuerpo dice la verdad”, yo no estoy de acuerdo con eso. Creo que en el cuerpo está la posibilidad de una contusión ficcional, que es una mentira, pero esa mentira tiene un lado de verdad. Entonces ese juego entre el ocultamiento y la revelación habla sobre la verdad del sujeto y la verdad del cuerpo.

El desenmascaramiento posibilita ese momento de apertura, de autenticidad, de momento de ser en el mundo. Es importante cubrirse, también, con máscaras que te protejan del mundo, para no salir desnudo a la calle.

ANDÉN: ¿Por qué creés que comienzan a emerger las máscaras en nuestras sociedades, especialmente en occidente?    

MB: Hay distintas épocas históricas, los rituales primitivos no se pueden pensar sin las máscaras, con juego, con danza. Previo al medioevo, en Grecia, estaban las fiestas dionisíacas, que dieron origen al teatro en la edad media y que son el antecedente del carnaval.

En la época posterior, el capitalismo aparece como si fuese el momento final de la historia; no, como finalidad, sino como finalización de la historia. Y aparece como la salvación del ser humano, mientras que el centro son la mercancía y la explotación, pero esto nadie lo dice. Por ejemplo: un sistema médico privado tiene como fin la obtención de ganancia y plusvalía. Entonces, hay una máscara constante que encubre las relaciones sociales en la cotidianeidad: ¿Cuánto se puede aceptar el dolor, el sufrimiento, el odio?

ANDÉN: ¿En qué sentido estas distintas etapas –lo dionisíaco en la edad antigua, el carnaval en la edad media y el capitalismo en la actualidad– marcan una distancia entre aquello que se puede presentar como normal y que, en otro contexto, sería lo contrario?, ¿cómo se resuelve esta tensión?

MB: Algo que te diría, parafraseando a Freud –que trabaja la pulsión de vida y la pulsión de muerte–, es que podemos pensar que hay máscaras de vida y hay máscaras de muerte. Las máscaras de la dictadura eran de muerte, las máscaras carnavalescas –aun en la época de la dictadura– eran de vida. Siempre, adaptándola al contexto, sin decirlo directamente, hay que tener una máscara. En este momento también, en el sentido que la verdad cruda es insoportable.

ANDÉN: El Instituto de la Máscara es formador de coordinadores de recursos expresivos, ¿estos elementos tienen alguna proyección más allá de la clínica corporal?

MB: Nuestro trabajo tiene que ver con lo psicoanalítico, lo corporal, etc., pero también hay algo en el orden de la cultura y esta inscripto aquí, en la contemporaneidad. En el sentido de que el cuerpo está bajo la hegemonía de la mercancía, la sociedad y el espectáculo: “Te hiciste las lolas o no te las hiciste, cuánto te pusiste, ¡qué lomo que tenés!, ¿vas a hacer fierros?”. Esas son como máscaras de la contemporaneidad y, en los trabajos que hacemos, tratamos de ocuparnos de la autenticidad y de encontrar otro tipo de cuerpo.

ANDÉN: En este sentido, ¿la Máscara desfragmenta al sujeto o lo unifica?

MB: Los dos en su interacción dialéctica. Por un lado, la idea es dar cuenta de la multiplicación de discursos y de fragmentos, por otro lado, es encontrar lugares de fragmentación. El ser es fragmentación y unidad.

Unos trabajan con el cuerpo para encontrar unidad con Dios y la satisfacción. Si nosotros trabajamos con la fragmentación es porque es fragmentado, el cuerpo nace fragmentado, va camino hacia la muerte, pero en ese camino hay posibilidades de vida. Para nosotros, es clave pensar el cuerpo fragmentación-dionisíaco y totalidad.

Ahora, en la Máscara, trabajamos la fiesta y el carnaval, y esto está muy presente porque hay corrientes muy fuertes neoliberales que dicen: “Encontremos la paz”. Me parece que la paz tiene que ver con la lucha también, las luchas políticas por la subjetividad.

ANDÉN: Las preguntas son, ¿desde qué lugar hacer esa lucha?, ¿desde dónde recuperamos esa corporalidad?

MB: El tema de la biopolítica está en el centro de las discusiones. Si solo vemos un cuerpo mercantilizado y objetualizado, el logro sería poder encontrar un cuerpo de amor, de libertad y de lucha. Claro que esta lucha en la Argentina está tensada por el cuerpo de los desaparecidos y por las crisis que hemos vivido, los cartoneros dando vueltas, buscando comida…

ANDÉN: En este sentido hay una relación estrecha entre el cuerpo y la contemporaneidad…

MB: Primero hay contradicciones muy grandes, aumentan la comunicación y la información y se da una contradicción. En los hogares más pobres, existe internet y una TV, entonces existen ideales que tienen que ver con la corporalidad. Hay un disciplinamiento ideológico en cómo uno debe ser versus encontrarse.

¿Cómo se ponen estos cuerpos en lucha (manifestaciones, piquetes) en el estar presentes? Es como si estos cuerpos, que parecen estar resignados por la ideología dominante de lo estéticamente correcto y del cuerpo bonito, dicen: ¡Basta de tanta mentira! El cuerpo está relacionado con una ética y una moral revolucionarias, parecería que los cuerpos adormecidos por esta ideología se despiertan y dicen: ¡Dejen de hinchar las pelotas con este cuerpo “en forma”! La humanidad exige que nos apropiemos del presente, del pasado y del futuro; es ahí donde el ser humano se debe jugar corporalmente, si no lo hace es una intelectualidad muy pobre, miedosa. Es un logos por fuera de la práctica, como decía Marx: “No se trata de interpretar el mundo sino de transformarlo”. Transformarlo no es solo tener ideas, es encarnarlas.

ANDÉN: ¿En qué modo uno se da cuenta de la autoconciencia de la corporalidad?

MB: Es una cosa muy paradójica. En la medida en la que se puede entrar en el “como si” del juego, no soy tal. Allí donde Uno es otro, la verdad se puede jugar sin ataduras. Es en un “como si” en el juego, en ese juego, que uno sale de la máscara repetitiva y juega con la fluidez de máscaras, no solo con las máscaras físicas, sino como el fenómeno de máscaras de la cotidianidad. Quizás te sale un personaje que está asesinando, pero en realidad no está asesinado, sino que está amando; o que lo estoy amando sin amarlo. De alguna manera lo amo y lo asesino imaginariamente. Luego uno tiene la libertad de salir de ese personaje y mirarse. Ahí es donde uno, cuando vuelve a mirar, toma sentido de esa autoconciencia.

ANDÉN: ¿Cómo se relacionan el juego y el “como si” del jugar con el develar?

MB: Se trata de recuperar esa capacidad de los chicos de jugar, de transformarse, es una potencialidad. En la adultez esa capacidad de juego se va reduciendo. Winnicott trabajó el espacio transicional entre el mundo externo y elinterno; es, en esa transición, donde aparece el juego; luego el arte, la cultura y la religión se imponen como transición entre ese mundo interno y el externo. Cuando perdemos el mundo interno y nos ponemos en el mundo externo y, al revés, cuando solo nos quedamos dando vueltas alrededor de lo interno, nos perdemos. Es en el juego donde se expresa esa posibilidad de lo interno y lo externo.

Nosotros en la dictadura inventamos un dispositivo para jugar con esto. Se llama “mascarada”, era una situación de juego con máscaras. La gente se construía máscaras y bailaban, hacían escenas buscando el sentido en la época de la dictadura. Es como lo carnavalesco, lo reprimido sale en las máscaras.

ANDÉN: ¿En qué medida el psicoanálisis sigue siendo una herramienta potente para nuestras sociedades actuales?

MB: En la medida en que el psicoanálisis no se dogmatice, no quiera interpretar todo con una visión general del mundo. Si puede encontrarse en otras disciplinas para estar en un lugar de creación en la subjetividad contemporánea, me parece que sigue siendo una herramienta. En la medida en que el psicoanalista construye la verdad con el otro, en relación a la cultura y a la subjetividad, sigue teniendo aspectos de subversión como en la época de Freud.

ANDÉN: ¿En qué prácticas se pueden ver estos cambios y tensiones?

MB: Dentro del psicoanalista, en la disciplina misma, hay luchas por conservar y por transformar. En todas las escuelas y orientaciones, se trasforma o lo utilizan como una herramienta de poder.

En mi experiencia concreta, hace poco presenté un trabajo que titulé: Una poética del psicoanálisis, pensando el psicoanálisis como creación, pensando con el otro una nueva subjetividad. Pero aquí intentamos no desconocer el cuerpo, la escena, las máscaras, la vida cotidiana.

ANDÉN: ¿Cuál es relación que establecés entre la poética y la corporalidad?

MB: Se relaciona un poco con lo del comienzo: en la medida en que se ubica el cuerpo no como un reproductor el sistema, no como algo que hay que adaptar a un modelo determinado, sino como un cuerpo que tiene la posibilidad de la creación y de la transformación, en ese sentido hay una poética (En el sentido de Poiesis, esa palabra griega que expresa creación, producción, etc.). Se trata de aceptar el cuerpo por sobre el cómo debe ser el ser humano. El tema es cómo uno posibilita los recursos que tiene en relación a la posibilidad del encuentro con el otro en un mundo tan intenso, tan cambiante, tan conocido y desconocido■

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