Así como todo tiene un comienzo, el ferrocarril en la Argentina tuvo el suyo. Hubo un primer tren, un primer tendido de vías, un primer conjunto de trabajadores que pusieron su esfuerzo por un proyecto que, en esos tiempos, aún se vislumbraba difuso y poco rentable. Puede que recordar ese comienzo y sus avatares sea un ejercicio útil.

El 29 de agosto de 1857 La Porteña rueda por las primeras vías que se instalan en la Argentina, puntualmente en Buenos Aires. El nombre de la locomotora enfatiza la centralidad de la ciudad en el proceso de formación de la Nación. Fabricada por ingleses, tuvo un recorrido inicial de 10 km, desde el lugar donde está el Teatro Colón hasta la estación La Floresta, ubicada entonces en el actual Barrio de Flores. La locomotora inauguró el trayecto del hoy ferrocarril Sarmiento. El progreso mantenía su flujo irreversible hacia la Argentina, cuyo destino ya no descansaba sobre los caprichos del Restaurador de la Leyes, sino en la (pre)potencia de los “jinetes del Libre Comercio”, como alguna vez leí que dijo Mitre para referirse a lo inevitable de los cambios que se avecinarían. He aquí la civilización, pensaría Sarmiento, quien viajó en ese primer recorrido de La Porteña tal vez mirando por la ventana y llenándose de gloria, por su lucha, su alimento, y feliz aun por el triunfo de Caseros. Tal vez pensase: “Soy yo el que está acá sentado, no Rosas”. El sueño de Sarmiento sería, también, la pesadilla del futuro. Las asociaciones más simples nos mostrarían la oscuridad de ese progreso, y podríamos vincularla a la oscuridad del mismo Sarmiento. Pero entre ese sueño civilizatorio y, por ejemplo, la tragedia de Once, a la que el nombre del autor del Facundo quedará imperecederamente asociado, median muchas décadas, más de un siglo. Seguramente, Sarmiento no pensaría en el lado B de ese progreso como el puntapié inicial para una historia de idas y vueltas en relación a los trenes; lado B cuyo síntoma más notorio se manifestaría aquel 22 de febrero de 2012. Plantearle un error de cálculo a Sarmiento sobre sus ideas acerca del ferrocarril sería un anacronismo y una negligencia intelectual. Tampoco podemos atribuirle la culpa de la ceguera del capital y la impericia y la corrupción de los políticos que lo siguieron en cargos trascendentes. A no dudarlo: habría reaccionado bárbaramente al ver el estado del tren a la hora del impacto –y habría enviado a arriar unos cuantos gauchos “vagos” para repararlos, sin paga y a riesgo de ser estaqueados─. No podemos todo aquello, pero sí podemos usarlo como una pequeña guía para pensar. En última instancia, la dicotomía que instauró en nuestra cultura aparece como una marca registrada de la argentinidad.

Llamativamente, un representante de la barbarie, alguien más ligado en el imaginario popular al federalismo que al unitarismo, dio nombre a ese ramal del ferrocarril: Juan Domingo Perón. ¿Se habrá destacado alguna vez la coincidencia en el nombre sabático del representante de la civilización y del defensor de la “barbarie” popular? Unidos por esa decisión, las aulas y las patas en la fuente se rozaban.

Luego un hombre de La Rioja, que se reconocía en Facundo Quiroga, continuaría y acrecentaría un proceso de desmantelamiento originado en la dictadura. La barbarie emergió en nombre de la civilización, otra vez.

Una pregunta insiste mientras escribo esto: ¿Podría todo haber sido diferente?

En abril de 1879, desde distintos puntos de la provincia de Buenos Aires, parten cinco columnas hacia el sur para concluir aquello que desde hacía varias décadas se venía gestando, negociando, ejecutando: la conquista definitiva de la Patagonia. Una de las líneas de ferrocarriles más importantes parte desde la terminal de Constitución, coincidencia singular, hacia el sur, y recibe el nombre de General Roca[1] a partir de la nacionalización de los ferrocarriles, al igual que el Sarmiento, en el primer gobierno de Perón.

Algunas escenas aparecen mientras pienso en recorridos de trenes, ejércitos y malones: los incendios en la línea del Sarmiento bajo el clamor de los usuarios frente a un servicio desastroso (alguno pensará: ¿no estaba gestado aquel incendio? Tal vez el inicio, pero la beligerancia que se suma ante el grupo de inadaptados que incendia un vagón también habla); gente empujándose por mantener cautivo, como un malón indio a un blanco o un grupo de blancos con traje a un indio, un asiento para, desde la barbarie y la descortesía del acto, sentirse un señor civilizado (después de todo, es más civilizado viajar sentado que parado y apretado); bandas de trabajadores agotados por el día laboral al final de la jornada, o al inicio de esta acosados por la posible pérdida del presentismo, bajando en una estación cualquiera y cruzando, abandonados a todos los riesgos que el gesto implica, por las vías y frente al tren en marcha para apurarse a llegar del otro lado, al otro andén, urgidos por el tiempo y la desidia; los asesinos empleados de Pedraza irrumpiendo ante el grupo de militantes del que formaba parte Mariano Ferreyra y, sin Remington[2] pero con pistolas, disparando sobre ese otro grupo ingobernable, sobre ese malón de reclamos; en fin, malones de todo tipo manteniéndose cautivos de aquello que, en definitiva, debería liberarlos y transportarlos a una vida de trabajo y progreso.

¿Podría haber sido diferente? Al menos una parte, algo de todo el recorrido.

El trazado de los nombres de los ferrocarriles argentinos reúnen otros destacados del xix: Mitre, San Martín, Belgrano y Urquiza. Para continuar esta topografía nominalista, podemos decir que cierto imaginario (es decir: cierto modo de pensar la realidad) que rodea los trenes se completa con un viaje por hechos históricos del país, también atravesados por la civilización, la barbarie, el malón, en fin, todo aquello: la Revolución de Mayo, el derrocamiento de Rosas y la entrega del interior a Mitre por parte de Urquiza. Un viaje similar al que se puede hacer hoy en cualquier ramal: lleno de riesgos, con la sensación de que todo puede complicarse en cualquier momento.

Es hora de responder a esa incógnita que me condujo desde el inicio: ¿Las cosas pudieron haber sido diferentes? Sí, evidentemente (¿o seré un optimista neto?). La celeridad con que la respuesta surge en mis palabras me obliga a reformular: ¿Qué pudo haber sido diferente? Y, en todo caso: ¿Cómo? Desde ya, no tengo idea. Pero se me ocurre un juego, un cambio de nombres –en definitiva, el cambio de una convención o de una arbitrariedad de otro tipo de juego, el del poder, que define tradiciones. Propongo quitar personas y colocar textos literarios: al Sarmiento, fácil, le pondría La ida de Martín Fierro, hacia el Oeste, en un viaje hacia lo impredecible, como Fierro y Cruz, que parten al “desierto” en el final del poema, y La vuelta hacia Once; nombres que, además, guardan un gesto pedagógico: se va y se vuelve de Plaza Miserere, porque todos sabemos que Buenos Aires es origen y eterno retorno; al Roca, Una expedición a los indios ranqueles, de Lucio Mansilla, no solo por la múltiple mirada que propone el texto al problema de las relaciones del Estado con el indio, sino porque, además, es un texto maravilloso; en lugar del Belgrano, Cielitos de la patria; y en lugar del San Martín, Sargento Cabral (aunque abandone mi pretensión literaria), ya que, cansado de reverenciar a los líderes, es hora de recuperar a las tropas que lucharon bajo su yugo; en lugar del Mitre, Hijo de hombre[3] para conmemorar la obra de Augusto Roa Bastos, quizás el escritor que mejor narró la herencia que la Guerra de la Triple Alianza[4], encabezada por el propio Bartolomé, dejó en el país vecino; en lugar de Urquiza, Peregrinaciones de un alma triste, para de esa manera quebrar el predominio masculino con una obra de Juana Manuela Gorriti.

No es una solución a nada, sino un simple juego de nombres, seguramente caprichoso, sin dudas personal. Un juego que solo busca exponer algo que pudo haber sido diferente■

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[1] El mismo General Julio Argentino Roca quien sería el líder y organizador de esa expedición conquistadora del desierto.

[2] Arma paradigmática de los ejércitos que llevaron a cabo la Conquista del desierto.

[3] Nombre de una de las obras más reconocidas del escritor paraguayo.

[4] Una de las órdenes que el General Mitre pergeñó junto a sus aliados portugueses y uruguayos fue la de no dejar vivo a ningún varón mayor a doce años.


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