El siguiente texto fue escrito en el lugar en el que se narran los hechos, en el momento en que estos sucedían. No es un recuento o una memoria, son las anotaciones en vivo de lo que estaba pasando.

India, 23 de diciembre, en algún lugar de la provincia de Uttarakhand

Estoy sentado en el tren que va de Dehradun a Varanasi, en la cucheta de la clase más chota de todas. Cada tanto hay olor a mierda. En la cucheta de enfrente hay un indio que no para de mirarme. Levanto la vista cada cinco minutos y él siempre está ahí, mirándome. Para el chabón, soy de otro planeta. Él, para mí, también. Nadie en el vagón habla inglés fluido. Estoy en la cucheta de arriba. Sentado en posición de loto, igual que mi vecino, el que me mira.

El vecino sacó un libro, Parece que está estudiando. En el vagón hay olor a tierra y gente que no se baña. Me hace acordar al tren en Bolivia.

El tren arrancó. Las puertas no cierran bien. Corre viento y hace frío. El olor a mierda se fue. Tengo hambre. Espero que pase el vendedor ambulante de dhal y arroz.

Recién miré al vecino y le pregunté dónde estábamos, me dijo el nombre de una ciudad que no conozco. Después me preguntó:

─Any type of problem? (¿Tenés algún problema?).

─No ─le dije, con una sonrisa buena onda.

Are you writing about me? (¿Estás escribiendo sobre mí?) ─preguntó.

─No ─le mentí.

I can tell you’re writing about me (Me doy cuenta de que estás escribiendo sobre mí).

─Estoy escribiendo una carta para mis padres ─le inventé.

Siento un toque de tensión. Pero me voy a hacer el boludo.

Mi vecino se puso a estudiar. Ya no me mira más.

Ahí me mira de vuelta, y sonríe. La verdad, no sé qué onda. Estoy completamente perdido.

Hoy fue un buen día. Me levanté en Rishikesh, me garpé un masaje ayurveda y me clavé un desayuno pulenta en la terraza-jardín del hostel. Escribí un rato. Después me fui en bondi a Dehradun. Dheradun es horrible. En el viaje en bondi casi devuelvo. La Lonely Planet decía que Dehradun era un asco, pero que había una comunidad de budistas tibetanos que valía la pena visitar. Mi tren no salía hasta dentro de cuatro horas, así que ahí fui.

La flashié. En medio del ruido y de la mugre constante, un lugar limpio, calmado y prolijo. Igual de pobre, pero sin el bardo indio. Paz. Paz a morir. Los únicos que hacían quilombo eran los turistas indios. Los odié. Y amé a los tibetanos. Amé su Buda gigante, su tranquilidad y su Gupta (templo). Me dieron ganas de irme al Tíbet. O a China, o a Japón o cualquier lugar donde haya budistas y no haya indios.

Estoy yendo a Varanasi, el corazón de la India. Espero que me guste, porque ya estuve en Rishikesh y no me gustó. Me pareció un supermercado new age, rebalsante de indios chantas queriendo venderte cursos y sacarte rupias por untarte sándalo en la frente. En el hostel hablé con una turista holandesa, le dije que Rishikesh me parecía un walmart del yoga y la iluminación express. Me dijo que Varanasi era un walmart de la muerte. Me entusiasmó.

En el vagón unas señoras se pusieron a cantar canciones en un idioma que no conozco. Supuse que era hindi. Le pregunté a mi vecino qué cantaban las señoras. Me dijo que no sabía, que era un idioma antiguo. Después paró la oreja, y me dijo que era shaadi singing, canciones de boda. Voy a ver qué onda.

Fui. Son seis señoras y una chica, todas sentadas en el suelo, tapadas por mantas. Son indian poor, o sea, very poor. Le pregunté a mi vecino si daba sacarles una foto. Me dijo que no.

Mientras yo escribía, el vecino se puso a comentar mis medias con otro vecino. Tardé quince minutos en explicarle que no uso las medias del mismo color. Al final renunció a entender por qué las uso así y dijo: ─Ok, your choice (está bien, tu elección).

Cada tanto levanto la vista y ahí está, mirándome. Si no estuviéramos en India, diría que me quiere garchar. Empiezo a ponerme incómodo.

El tren paró. Subieron como mil indios. Discutieron por los asientos. Se acomodaron. Las viejas siguen cantando.

Este es el lugar más extraño en el que estuve en mi vida.

Cada tanto alguien va al baño y se viene el barandazo. En India los baños están marcados: “Indian Style” y “Western Style”. Western Style es un inodoro. Indian Style es un agujero en el suelo.

Pasó un chabón ofreciendo dinner, dinner; cena, cena. Levanté la mano. Soy el único del vagón que pidió comida. Pregunté qué era. Dhal, rice, chapati; lentejas, arroz, pan. Joya. Si hoy no me cago encima, no me cago nunca más.

El vecino no pidió cena. Me sigue mirando. Voy a sacar mis toallitas húmedas y mi alcohol en gel y me voy a lavar bien las manos. No creo que haya cubiertos.

Puse mis zapatillas arriba del ventilador. Me pareció el lugar más adecuado. El vecino me sigue mirando. Cuando se duerma le saco una foto.

Subió el vendedor ambulante de chai. Las señoras cantantes se bajaron. Ahora al vagón lo discjockean unas pendejas con smartphones. Pasan musiquita india hollywoodense quema gorro.

Llegó la cena. Setenta rupias. Un dólar y diez centavos. Me voy a dar otra manito de alcohol en gel, por las dudas.

La cena vino sin cubiertos, pero estoy re canchero y me las arreglo bien. Me gusta comer con la mano. Igual siempre me ensucio.

Pasó el señor de la cena. Pedí más chapati. Me dio más chapati. Limpié la bandeja de plástico.

La comida india es tan picante que me hace sudar el cuero cabelludo.

Me acabo de acordar de que en la mochila tengo la cuchara que uso para tomar Chyawanprash. El Chyawanprash es un preparado ayurveda que estoy tomando desde el día uno. Me lo recomendó una amiga mía médica (occidental), que viaja todo el tiempo a India y que estudia el flash ayurveda. Yo pensaba que iba a ser un menjunje misterioso que solo preparan los médicos brujos en el medio del bosque, pero no, lo venden en cualquier kiosko y viene en un envase re careta. Efecto placebo o no, desde que estoy en India no me agarré nada. Además es muy rico. Me copa tomar Chyawanprash. Si me hubiera acordado antes de que tenía cuchara, quizás no me habría enchastrado los pantalones con dhal. Cuando terminé de comer, me sacudí las miguitas de chapati. Cayeron en los pasajeros de abajo. No les importó un carajo. O no se dieron cuenta.

Le pregunté al vecino qué hacer con mi bandeja usada. Me dijo que la tire por la ventana. Busqué un tacho. No lo encontré. Tiré la bandeja por la ventana. Me dieron ganas de mear. Fui al Indian Style.

El vecino me pidió una lapicera. Le regalé una Bic amarilla con tapa blanca. Flasheó. Ya somos gomías.

Tanto chapati con Dhal me está dando sueño.

Hace un segundo estaba escribiendo y me reí en voz alta. El vecino me preguntó:

are you happy? (¿Estás feliz?)

─Sí.

─¿Por qué?

─Porque estoy viajando. ¿Vos estás feliz?

─Sí.

─¿Por qué?

─Porque vos estás acá.

Silencio incómodo. Estoy casi seguro de que es puto y me quiere garchar. Aunque mis deseos homosexuales están bastante asumidos, este indio no me cabe. Tengo miedo de que se haga una papota en el medio de la noche. Nada que yo no haría, si en la cucheta de enfrente hubiera una gringa que me calienta.

El tren paró. Estamos en algún lugar entre Dheradun y Varanasi. Todo el trayecto son ochocientos ochenta kilómetros. El tren tarda veinte horas.

Alguien eructó.

Otro alguien garseó por la ventana. La que garseó fue una mujer.

Tengo ganas de jugar al ajedrez. Desde que estoy en India, jugué tres partidos. Uno, contra un indio y dos, contra nepalíes. Perdí los tres.

Me metí en la bolsa de dormir. Estoy abrazado a mis mochilas. Estoy incómodo, pero no me animo a largar los bultos.

Antes de dormir saco el Chyawanprash y me tomo mi cucharada nocturna. Alzo la vista y ahí está mi vecino, mirándome. ─Good night ─le digo. Sonríe. Me mira. No responde. Sigue sonriendo y mirándome fijo. Y después hace un movimiento de cabeza un tanto ambiguo. Abro los ojos bien grandes, en señal de que no entendí. Entonces el vecino abandona las medias tintas y le da unas palmaditas a su cucheta: ─Come, come ─vení, vení, y refuerza con una invitación en forma de cabeceo tanguero.

Ni le respondo. Me doy vuelta y me abrazo a la mochila grande, dándole la espalda.

Se apagan las luces del vagón.

Ahí tirado, la pienso durante, ¿tres, cuatro segundos? La pienso. Voy, lo hago, vuelvo, ¿a quién le importa? Recuerdo: en India el sexo anal es ilegal. Tampoco tengo forros. Listo. Idea descartada. Cierro los ojos. Me duermo.

Cuando me levanto, el vecino ya no está. Llego a Varanasi. Acá también hay olor a mierda. Mierda mezclada con ceniza de cadáver


Puede descargar Expreso a Varanasi - Andén 77 en formato .pdf