El pasado mes de mayo, México y el mundo fueron testigos de una de las vociferaciones políticas de más alta intensidad de los últimos tiempos: Marcos, el vocero de los zapatistas, ha declarado su propia muerte. Es decir, que aprovechando la oportunidad de anunciar el carácter ficcional de su personaje, nos notificó sobre su muerte. Muerte, también, ficcional (o no). 

Entonces, nos preguntamos: ¿Quién es Marcos? ¿Es verdadero o falso? ¿Ficción y mentira son lo mismo? ¿En qué carácter existió? Por otro lado, ¿nos ha retado porque tiene reproches que hacer? O, más bien, ¿nos reta porque nos desafía a pelear activamente por un mundo más justo?

Para empezar Marcos nos señala que hemos odiado, o amado, a un holograma, un personaje: él. Con nuestra obtusa mirada, por nuestra incapacidad de escuchar hablar a cualquier miembro de la comunidad –que no sea blanco o, a lo sumo, mestizo–, generamos las condiciones para que los zapatistas construyeran a este personaje. Así es que nos dice Marcos que:

En la madrugada del día primero del primer mes del año de 1994, un ejército de gigantes, es decir, de indígenas rebeldes, bajó a las ciudades para con su paso sacudir el mundo. Apenas unos días después, con la sangre de nuestros caídos aún fresca en las calles citadinas, nos dimos cuenta de que los de afuera no nos veían. Acostumbrados a mirar desde arriba a los indígenas, no alzaban la mirada para mirarnos. Acostumbrados a vernos humillados, su corazón no comprendía nuestra digna rebeldía. Su mirada se había detenido en el único mestizo que vieron con pasamontañas, es decir, que no miraron. Nuestros jefes y jefas dijeron entonces: ”… que a él lo vean y por él nos vean”. Empezó así una compleja maniobra de distracción, un truco de magia terrible y maravilloso, una maliciosa jugada del corazón indígena que somos, la sabiduría indígena desafiaba a la modernidad en uno de sus bastiones: los medios de comunicación.

Ahora bien, una podría preguntarse si la comunidad puede hablar si no es a través de un vocero. O más aún, cuestionar si toda comunidad necesita comunicar, externalizar sus proclamas políticas y, si lo aceptáramos, quiénes serían su auditorio. Sin embargo, concentrarse en eso sería pasar por alto las críticas de fondo. Porque el objetivo principal de esta aguda vociferación a viva voz es denunciar el individualismo reinante: ese que nos hace pensar que los individuos son la unidad por excelencia, sea epistémica, política o económica. Al contrario de ese supuesto, Marcos viene a decir que, aun demoliendo este personaje de ficción, no se disuelve el carácter verdadero de lo que decía ni la comunidad por la que hablaba. Es decir, que pueden existir enunciaciones colectivas, que esas comunidades pueden estar compuestas por personas indígenas y, también, que el silencio –como el que mantuvieron aquel primero de enero de 1994– puede ser una poderosa vociferación política.

Entonces, podemos ver en funcionamiento la diferencia entre el sujeto de la enunciación y el sujeto empírico. Esto no es menor ni habita en un nivel puramente teórico, porque en esta cuestión radica el abismo entre creer que muere una ficción política, una persona física o una comunidad entera. Me explico: el sujeto de la enunciación “Marcos” existe pura y exclusivamente en la medida en la que habita en los enunciados zapatistas, y se perfila y se define en el mismo acto en el que hay otros sujetos que reciben su enunciado. Este perfil que se construye –llamémoslo el “personaje Marcos”– hace que sea indistinta la persona física, el sujeto empírico que le ponga la voz a ese mensaje. Por esto, Marcos puede ser cualquier persona debajo de un pasamontañas que pueda comunicar los enunciados zapatistas. Hasta el punto en que no tiene sentido discutir si existe o no “un individuo real Marcos”. Nos lo ilustra el propio Marcos (¡¿cuál?!) cuando, en la Declaración “Entre la luz y la sombra”, cuenta, relatando el proceso de construcción del personaje que: “Marcos un día tenía los ojos azules, otro día los tenía verdes, o cafés, o miel, o negros, todo dependiendo de quién hiciera la entrevista y tomara la foto”.

Entonces, si podemos diferenciar al personaje del sujeto empírico, podemos dar justa relevancia a lo que dijo Marcos cuando sostuvo: “No se va quien nunca estuvo, ni muere quien no ha vivido”. Es decir, que no hay razón por la que lamentarse porque no hay pérdida alguna en la construcción política y ni siquiera hay un Marcos vivo o un Marcos muerto. Hay un Marcos personaje de ficción del género de la política.

En realidad, ni siquiera sabemos si existe o existió alguna vez un sujeto empírico Marcos y, en rigor, tampoco importa…, pero, ¡cuánta tentación nos genera la idea de unificar estos sujetos en un único rostro!

El peligro que arrastra este automatismo que nos lleva a unir una “cara” a cada movimiento político, social o económico, para algunos autores que trabajan los grupos terapéuticos, se llama “rostridad” (Pavlovsky). Esto significa que el movimiento horizontal de un grupo queda detenido por la importancia y protagonismo que toma un líder, que en estos grupos es el coordinador. Una vez producido el fenómeno (de la rostridad) es una responsabilidad ética del coordinador romper este liderazgo, para que la grupalidad tome el protagonismo y sea activo en sus recorridos.

Un ejemplo extremo de rostridad se evidencia en la remera del Che Guevara que circula en Mercado Libre (probando que no hay peor sarcasmo que la realidad misma). El rostro de una persona, un sujeto empírico que buscaba la ruptura fue capturado por la lógica del sistema y convertido en rostridad en pos de generar quietud, volviéndose totémico y haciéndonos pasivos. Aun cuando en el ejemplo estamos hablando de un líder que tenía jerarquía en un grupo de vanguardia, es decir, cuyo rostro era conocido, esto es independiente de la circulación posterior de su rostro como síntesis injusta y paradojal de un movimiento político y social.

En cambio, si pensamos en el pasamontañas de los zapatistas vemos un ícono que permite y crea el anonimato de todos los “Marcos” existentes. Es un ícono sin rostro que nunca revela la identidad de quien lo porta.

En este sentido, cuando los zapatistas desarman el personaje de Marcos y rearman cualquier otro, ellos recuperan la potencia que corría el riesgo de detenerse en un solo rostro, en una sola voz legitimada y representativa. Podemos recordar los videos en los que se traía la idea de “todos somos Marcos” y ver en ellos cómo los zapatistas ejercitaron esta ruptura constante de la referencia a un personaje específico.

De la misma manera, lo que en la grupalidad es la rostridad, en la dimensión de la política podríamos llamarlo liderazgo carismático y si aceptamos eso, nos vemos obligados a ver en la declaración de Marcos una cachetada a los personalismos y una renuncia al egoísmo del líder carismático que se lleva consigo la construcción política. En otros términos, si Luis XIV dijo (si lo dijo) y tantos otros pensaron (y lo pensaron): “El Estado soy yo”, podemos imaginar que Marcos haya dicho: “El zapatismo no soy yo, somos nosotros”.

Así lo ejemplifica cuando dice que es la convicción y la práctica de los zapatistas, y : “Que para rebelarse y luchar no son necesarios ni líderes ni caudillos ni mesías ni salvadores. Para luchar sólo se necesitan un poco de vergüenza, un tanto de dignidad y mucha organización. Lo demás, o sirve al colectivo o no sirve”.

Entonces, si pensar “a la Occidental” es ponerle un rostro a cada movimiento –por ejemplo, Rousseau es la libertad, Descartes es el racionalismo, Saddam Hussein es el mal, Hitler es el autoritarismo, Chavez es el latinoamericanismo, etc.–, la propuesta de los zapatistas es descolonial por donde se la mire, porque implica correrse de la forma de pensar heredada. Si el “yo” es la modernidad hegemónica, el “nosotros” de los zapatistas es la comunidad que invita a recuperar la capacidad de ver la construcción social, al colectivo sin mediaciones estelares de ciertos personajes que, en verdad, no existen.

El exquisito uso de la teatralidad política de los zapatistas rompe con la rostridad que cristaliza los lugares y habilita a que entreveamos el dinamismo del proyecto completo, que haciendo uso de palabras y de silencios genera poderosas vociferaciones políticas. ¡Bravo por ellos!

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