Hoy me levanté pensando en el Mundial. Salí de casa con el café en la mano. Últimamente nunca estoy donde tengo que estar. La vida es eso que te pasa mientras estás llegando tarde. Pongo el auto a 140 por Panamericana, para sentir algo, aunque lo único que sienta sea el auto temblar. Se repite el disco de Cerati, no quiero escuchar la radio porque sé que están todos hablando de la ceremonia inaugural y eso me deprime. Últimamente nadie dice lo que quiero escuchar.

Llego al trabajo, son las 9.32 del jueves. Desde hace seis años que trabajo en un Centro de Salud, en algún punto del conurbano bonaerense. Un barrio perdido donde no llega ni el diario. El Centro es una casa venida abajo con dos consultorios, una sala de espera, una cocina. Está al final de una calle de tierra, la rodea una enorme cancha de fútbol, tiene un quincho y una pileta que hoy está vacía y llena de grietas. Diez años atrás acá había un Hospital de día, se atendían un montón de pibes que querían salir de las drogas. Se armaban torneos de fútbol con los chicos del barrio. Para dejar las drogas, tenías que ofrecer algo a cambio. Hoy, el pasto está largo y todo lleno de barro. La miro mientras me hago el primer mate del día. Desde que trabajo en el Estado tomo más mate que nunca. Miro la cancha por la ventana, afuera hace frío; adentro, casi que lo mismo. Vuelvo a pensar en el Mundial.

A las 10.15 de la mañana, llega el primer paciente del día. Al lado de su nombre figura un cartel que dice “urgente”. Es un hombre de unos treinta años, está agitado y acelerado. Se sienta en frente de mí. El consultorio grande tiene algunas sillas y un escritorio que separa tu vida de quien tenés enfrente. El hombre tiene puesto un jean gastado y varias capas de abrigo. Me cuenta que su único hijo está internado por algo que le agarró en el riñón. Que desde que pasó eso su vida cambió. Apoya los codos sobre sus rodillas, para contener las manos que le tiemblan, queriéndose escapar de sus muñecas. De la frente, le caen gotas de sudor mientras repite que está desesperado, que ya se agarró a piñas con varios médicos. Me dice que necesita plata. Que no sabe qué hacer por su hijo. Que él siempre había soñado jugar al fútbol con su hijo varón, que ahora estaba enchufado, me dice algo de la mala praxis. Yo lo escucho, y él sigue. Que lo tengo que ayudar, que necesita plata ya. Que si acá no le damos respuesta, se va a encadenar en la plaza municipal. Me dice que va a salir por televisión y que yo voy a quedar pegada por haberlo atendido hoy y no haber hecho nada. Me mira fijo, buscando mi reacción. Le digo, sonriente, que no sería la primera vez que un paciente mío salga por Crónica, que por mí estaba bien, que hasta me da chapa. A un psicópata no hay que tenerle miedo. A un psicópata, psicópata y medio. Me mira sorprendido y su actitud cambia. Le digo que se quede tranquilo, que piense qué es lo mejor para su hijo, y ya que estamos que intente no fumar marihuana así puede manejar un poco mejor la situación. Se va más tranquilo, pidiéndome otro turno para el próximo lunes.

Después de él, llega Franco. Es el único paciente que me llama por la primera sílaba de mi nombre. Ni doctora ni licenciada. Franco llegó un año atrás, chupado y atrapado entre psicofármacos que usaba para drogarse. Tenía una cicatriz en el cuello, de punta a punta, había intentado matarse. No podía ni hablar, veía cosas que no estaban, pesaba menos de cuarenta kilos. Se internó y ahora le dieron el alta. Viene a verme para hacer la reinserción social. Esa parte es la más difícil, porque volver a casa sin ser fisura es volver y no ser nadie. Me cuenta que el domingo quiso ir a la cancha. Me lo cuenta para que yo le diga que no puede. Franco sabe lo que implica ir a la cancha. Me agradece que le ponga límites porque nadie más lo hace. Franco me pide a gritos que lo cuide de él mismo. Me pregunto si alguien lo entiende, si alguien en su familia sabe lo qué es que algo te mate, pero que siga siendo el amor de tu vida. La droga nunca deja de gustarte, aunque te quite todo, hasta el hambre.

La hora del almuerzo es un segundo termo de mate. Me siento afuera al sol para que me dé calor. Me pongo a leer algo, pero no me puedo concentrar, no me acuerdo la última vez que pude terminar un libro. Mi compañera de trabajo se queda adentro. El silencio es infinito.

Al rato me avisa que llegó Claudia con su hermano. Los dos son menores de edad, yo insisto en citar a la madre, pero la madre nunca vino. Tiene que ir a trabajar para poder darle plata a sus hijos, plata que gastan en consumo y en venir a tratamiento solos. Solos, porque su mamá se está ganando el peso que ellos gastan en drogarse, que es lo que les hace venir a verme. Se los quise explicar, agarré una hoja, dibujé un círculo que mostraba el circuito; les dije que ésa era la cuerda por donde se estaban ahorcando.

Por último, llega Evelina, a quien siempre le doy el último turno así vuelvo a casa un poco más optimista. Evelina, a mí, me salva la vida. Empezó tratamiento el verano pasado. Tenía la cabeza rapada porque se había cansado de que su padre la arrastrara por el piso tirándole de los pelos. Cuando llegó vivía en la calle. Evelina fue la primera persona a la que vi llorar de hambre. Uno estudia psicología y después descubre que a veces es más terapéutico un paquete de fideos. Ahora dejó las drogas para estudiar Filosofía. Esta es la Argentina: en medio de la villa, te hablan de Sartre. Evelina me salva la vida. Evelina no sabe que hoy empieza el Mundial, Evelina es hija de la tierra, así dice.

Termina la jornada. Trepo por la enredadera social y llego a mi barrio. Estaciono detrás de una Honda Cr-V polarizada. En mi barrio los hombres están bronceados todo el año. En mi barrio, hay un spa para perros y gatos. Subo al séptimo cielo de mi casa. Son las 5 de la tarde, empieza el primer partido del Mundial. Suena el silbato y en todos los televisores del mundo están mirando lo mismo. Hoy, somos todos argentinos

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