La vorágine de la vida urbana es fácilmente asimilable a la locura. Miles de estímulos, órdenes, un ritmo de vida y expectativas que se reciben, se procesan y actúan con un mínimo de conciencia disponible. Ya Marx nos explicó que la alienación es parte de nuestra vida desde que venimos a este mundo capitalista. ¿Es posible entonces escapar a la locura? ¿Un segundo de conciencia libera? ¿Cómo pasamos de ella a la acción coherente?

A mediados de la década de 1950, Gregory Bateson desarrolló la teoría del double bind o doble coacción para explicar el origen de la esquizofrenia. Básicamente esta patología era el resultado de la exposición a mensajes ambivalentes ante los cuales era imposible, para el sujeto, dar una respuesta correcta. Imaginemos, por ejemplo, a un niño al que su madre le reclama con palabras afecto, pero que al mismo tiempo en los actos lo rechaza físicamente. Haga lo que haga el niño será reprendido por su madre. La prolongación de este tipo de situaciones en el tiempo produce en el sujeto una incapacidad para producir o codificar cierto tipo de mensajes y se manifiesta en una inhabilidad emocional y social. Ahora si pensamos en la inmensa cantidad de mensajes ambiguos que recibimos de parte de la sociedad desde que somos niños, ¿cómo hacer para no volvernos locos? ¿Es posible resistir o mejor nos entregamos a la locura?

Bateson vino a mi mente mientras miro a través del enorme ventanal. Estoy en un piso treinta y nueve en una torre en Puerto Madero. Son las seis de la tarde. Desde acá arriba, los kilómetros de reserva ecológica se ven como una placita. La altura y el cambio de perspectiva hacen que todo se vea pequeño, insignificante, aunque al mismo tiempo las luces que se empiezan a encender me recuerdan la vastedad de la ciudad. Miro los suburbios y pienso en Cami y en lo que pasó apenas unas horas atrás. Mi mente suele empeñarse en conectar los extremos y reparar en las contradicciones. Cami seguramente ya esté empastillada, perdida en alguna esquina de Soldati o Flores. Todavía me resuena su voz: “Yo no voy a volver. Te acompaño hasta la parada del colectivo, pero no voy a volver”. Me sonó sincera. Y me dejó desconsolada. No me daba miedo quedarme sola en la villa, conocía el camino de salida. La abracé, la insulté, le dije un montón de cosas. Supongo que en realidad le quise decir que volviera conmigo para dejarse cuidar un rato más. Es difícil ser empleado estatal y tratar de poner curitas donde en realidad hay hemorragias. Uno es parte del mismo aparato estatal que sostiene la desigualdad de clases y que reprime (gracias, señor Marx, otra vez), y después (en el mejor de los casos) intenta reparar y restituir derechos. Esos motivos, entre otros, cruzaron la vida de Cami y la mía.

No puedo dejar de pensar en los suburbios desde este piso donde todo es dorado. El arreglo floral que corona la enorme mesa del living es bellísimo. Dos docenas de rosas blancas, frescas, impolutas. Si acá hay basura, está bien escondida. No como en los barrios, donde todo está tan expuesto. Todo lo que hay, lo que sobra, lo que falta. La basura, los transas, el desamor. ¿Cuántos narcotraficantes vivirán en esta lujosa torre? ¿Cuántas madres desamoradas y niños tristes habrá?

Y pienso además que si no me debieran cuatro meses de sueldo, no hubiera llegado hasta acá. Siento que mis horas de trabajo extra dando clases de apoyo escolar subsidian la desidia e ineficacia estatal. El Estado, que debe garantizar los derechos de todos sus ciudadanos, pero especialmente de los niños, niñas y adolescentes, no puede garantizarles un sueldo, ni A.R.T., ni obra social a los empleados que se ocupan justamente de aquellos niños. Y eso ahora me pone enfrente de otra jovencita que probablemente vaya a uno de los colegios más caros del país.

Tratar de procesar las realidades contradictorias en un razonamiento lógico y coherente es una tarea ardua. Buscar una respuesta correcta, sin caer en la locura probablemente sea imposible. Bateson sabía perfectamente que la salida del laberinto siempre es por arriba. Eso incluye usar la lógica para entender el sistema en un sentido más amplio y elevar la conciencia para encontrar algo de paz. Más tarde será tiempo para eso. Mientras tanto, solo me queda disfrutar de un mundo donde no caben todos, pero sí muchos y variados mundos

 


Puede descargar Lo frágil de la locura, o del intento de transitar los extremos sin perder la razón - Andén 79 en formato .pdf