“El desnudo masculino parece poner de manifiesto algo atávico que aún permanece en estado de vigilia en el hombre”, dice Ariel Gómez Ponce, que aguza su sentido crítico para pensar en el uso de la desnudez en el calendario Dieux du Stade, del equipo francés de rugby Stade Français. Una somera revisión de criterios contingentes para pensar en los parámetros de belleza corporal masculina. ¿Qué historia del canon cultural está detrás de este artefacto? La codificación de la sexualidad, el consumo de la intimidad, el cuerpo en su dimensión comunicacional son algunos de los emergentes que el autor analiza en este artículo.

 

La historia que vincula deporte y animalidad posee una larga proyección en la memoria cultural. El filósofo José Ortega y Gasset (1942) no dudó en afirmar que el deporte posee el principio inspirador de perpetuar aquel pasado en el que el hombre aún se encontraba en la “órbita de existencia animal”. La práctica deportiva (su elemento disciplinante, su agresividad implícita) permite que humano y animal converjan en un mismo estado de cosas.

Cuando la etología, ciencia del comportamiento animal que fundó Konrad Lorenz, se interesó por el juego, vio en este una forma de “reorientar” la agresividad innata de los seres, de canalizarla y de evitar el aniquilamiento. De manera análoga al enfrentamiento que se prolonga mediante gestos amenazantes y vuelve a la competencia animal un “combate ritual”, en actividades como la lucha libre y el catching, el hombre logró construir prácticas que proceden mediante juegos de intimidación. Salvajismo, agresividad y competencia hacen que las fronteras entre lo humano y lo animal se vuelvan porosas, y el deporte forma pareciera ser su punto de convergencia. No obstante, parecería que el ser humano complejiza esta situación de fronteras, incorporando nuevos elementos subjetivantes.

Desde hace casi quince años, uno de los más reconocidos equipos franceses de rugby el Stade Français se ha encargado de inmortalizar a muchos de sus jugadores en un calendario de fotografías eróticas (o, para ser más precisos, homoeróticas) que se han dado en llamar Dieux du Stade (“los dioses del estadio”). Abriendo luego sus puertas a otros equipos y jugadores de otras disciplinas, Dieux du Stade produce actualmente un calendario anual, su respectivo behind-the-scenes en DVD y libros regulares que recopilan las fotografías de desnudos en un mundo deportivo que históricamente se ha caracterizado por una exacerbada violencia (aquello conocido como “deporte de machos”). Sin embargo, además de su poderoso impacto en el mercado deportivo, el Stade Français se destaca por una política inclusiva que ha hecho del consumidor gay uno de sus principales objetivos de mercado (en este sentido, recordemos la controversia que generó hace algunos años la implementación de su uniforme rosa, o el clásico gay I will survive como himno regular en los partidos). Con Dieux du Stade, el mundo del rugby se tiñe de controversias en un plano en el cual el desnudo masculino parece poner de manifiesto algo atávico que aún permanece en estado de vigilia en el hombre. Aquello que se gestó como un proyecto que recolectaba fondos con fines benéficos, hoy es ícono del desnudo erótico y un mecanismo de representación que lleva a preguntarnos cuál es, a ciencia cierta, el entendimiento de lo humano que imprimen ciertas prácticas contemporáneas.

En una primera lectura es posible apreciar que en las sesiones fotográficas la frontera entre pornografía y erotismo deviene lugar para el tránsito de sentidos según un modo de representación del cuerpo que, estereotipado, hace del sexo su objeto central y su fetiche. En este sentido, el semioólogo Roland Barthes no dudará en afirmar que el desnudo fotografiado transforma enfáticamente la realidad en la cual “lo erótico es pornografía alterada, fisurada”[1]. Pero los calendarios recuperan otro aspecto de importancia: aquel que somete a discusión de la condición humana en su lectura poshumana/prehumana. Las fotografías determinan un modelo particular de “lo humano” o, para ser más específicos, de aquello que entendemos como “el hombre”: estereotipo que responde a una lógica contemporánea de lo masculino y heterosexual en la cultura deportiva occidental[2]. En otras palabras, el desnudo masculinole otorga al hombre, ¿carácter divino o, por el contrario, naturaleza animal?

Pensar la cuestión del cuerpo desnudo nos lleva a ubicar nuestro punto de partida en la utilización reproductiva y sexual, donde el diálogo entre los individuos tiene como objeto la perpetuación de la especie. Aquello que en el mundo animal se percibe por los sentidos (olfato, gusto, oído; el olor a la hembra, el canto del macho llamándola), en el caso del hombre se constituye mediante una compleja imagen del objeto de deseo que se atraviesa por códigos socioculturales (aunque no podamos afirmar que las otras especies tengan una construcción subjetiva de lo que es bello). Resulta paradójico pensar que allí donde todas las especies animales presentan en el cuerpo los signos expresivos y objetivos (colores, manchas, pelajes o plumajes), el hombre, muy por el contrario, se encuentra privado de rasgos expresivos y todo recae en la interpretación de la cara. No obstante, históricamente, se ha generado una concepción del cuerpo que, en su desnudez, puede impugnar el primado del rostro, aquello que el filósofo Giorgio Agamben ha llamado desfachatez (etimológicamente, “la pérdida del rostro”)[3].

Es así que Dieux du Stade ubica a los jugadores en una textualización que prima al cuerpo escultural como primer elemento protagónico. El desnudo recupera un funcionamiento diacrónico del deportista que, cual bestia, es puesto al servicio del entretenimiento sexual, algo que los gladiadores romanos nos han enseñado muy bien. Como George Bataille[4] nos indicó, si bien la actividad reproductiva es común entre los hombres y los animales, en nuestra especie factores como el salto cognitivo, la formación cultural y el surgimiento de una serie de prohibiciones llevaron a convertir este acto filogenéticamente determinado, la reproducción, en un procedimiento cultural. El cuerpo es leído más allá de su función perpetuadora de especie y se han desarrollado formas complejas donde lo biológico es constitución de subjetividades. Pero parecería que el hombre, pese a siglos de evolución cultural, lleva siempre esta “mancha de lo animal” que ha permitido englobar a sujetos-otros en un estado de aparente naturaleza y salvajismo, aspecto que le permite a Bataille pensarnos, en definitiva, como un “animal erótico”.

Por otro lado, sabemos que el desnudo masculino data de una larga historia en la cultura occidental; desde los jóvenes deportistas de la antigua Grecia hasta los modelos imponentes de los frescos y las esculturas renacentistas, el cuerpo del hombre ha sido objeto de admiración y fascinación. La idea de harmonía y medidas perfectas (aquello que Nietzsche llamó “belleza apolínea”) establece un canon de belleza “clásica” que determina una estética de proporciones y equilibrios que busca una simetría geométrica. Para Umberto Eco (2004), esta idea se vincula directamente con una concepción matemática del mundo que rige una aritmética de los objetos y los cuerpos[5]. En su representación masculina, la replicación de la imagen del Adonis desnudo le otorga una axiología divina al cuerpo harmónico que derivará en una belleza de consumo, hoy vigente en la cultura de medios masivas. Es por ello que los jugadores de rugby, muy al corriente de los estereotipos de belleza contemporáneos, devienen sujetos divinos (no en vano, recordemos, se presentan como dioses del estadio).

El calendario imprime así la continuidad de cierto canon cultural, replicando una idea de belleza que prima los rasgos y el cuerpo (en su acepción de físico) sin considerar el rostro como primer elemento de contacto en el diálogo intersubjetivo. En Dieux du Stade, lo apolíneo y lo dionisíaco (cuerpo desnudo, cuerpo en acción) se combinan en un solo acontecer que centra su mirada en la perfección de la corporalidad deportiva de los jugadores. De allí que el calendario opte por ubicar como protagonistas, en escenarios tantos naturales como clasicistas, a las personalidades más atractivas del circuito rugbier. Los argentinos, en este sentido, no han permanecido ajenos ya que Ignacio Mieres, Ignacio Corletto, Martin Berberian, Sergio Parisse y Juan Martín Hernández han inscripto su corporalidad en este acontecer erótico que muestra la otra cara del deportista contemporáneo: su establecimiento como objeto de admiración física y sexual. No obstante, las sesiones fotográficas construyen un discurso que vuelve altamente codificado el acto sexual y en el cual la intimidad es un objeto de consumo: se rige por las reglas mercantiles que trabaja lo divino en clave de estereotipos. Puesta en primer plano, la corporalidad masculina se vuelve un conjunto de fragmentos recortados por las tomas de la cámara que lo vuelve objeto parcial, un cuerpo en pedazos que reduce al individuo al silencio y la transparencia, o a lo estimulado y lo estimulable.

Dieux du Stade es uno de muchos ejemplos que, a lo largo de la historia, presentan a lo sexual alejado de lo biológico-reproductivo y en formas complejas de culturización que vuelven porosa e indeterminada la frontera entre lo animal y lo divino pero que, de todas formas, desdibujan aquello que entendemos como “lo humano”. Los jugadores al desnudo son despojados de su condición humana, y el cuerpo, primer mecanismo de comunicación y generador de modelos de mundo como pensara el lingüista Thomas Sebeok[6], no establece una primacía de la subjetividad sino, por el contrario, de lo biológico: el cuerpo se vuelve protagonista textual. Aunque la pornografía y el erotismo puedan entenderse como los casos más extremos de esta lógica, el desnudo en sí implica cierto cruce de fronteras que, tanto por reducción como por hiperbolización, convierte el sujeto masculino en un sujeto-otro.

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Así, del mismo modo que los animales utilizan el cuerpo en actos de sumisión o intimidación, los jugadores al desnudo ponen de manifiesto una “instrumentalidad del cuerpo” con un fin comunicacional que el ser humano lleva practicando desde formas más simples (como ruborizarse por la vergüenza) hasta aquellas más complejas (como una danza). Pero también, impregnados del carácter divino que vuelve fruto de admiración y devoción las figuras de los antiguos dioses, los modelos deportistas se desprenden de su anclaje terrenal para devenir, inmortalizados en las fotografía, suprahumanos. A partir de la (des)articulación de ambos aspectos, en el calendario Dieux du Stade nos encontramos con un cuerpo que, más allá de lo verosímil, marca el camino de una apreciación. Porque, como “espacio de la redundancia

excesiva” al decir de Silvia Barei[7], la desnudez total ejecuta una presencia autoritaria y casi brutal que trabaja, mediante la saturación, un orden de lo subjetivo. Como sucede con la violencia, el erotismo y la pornografía como géneros históricamente situados, ingresan dentro de la “imagen-exceso”[8], de la proliferación de fenómenos hiperbólicos propios de la estética hipermoderna que fomenta la llegada a los extremos y las exacerbaciones corporales y sexuales. Al excluir lo emocional y volver triunfal a la lujuria, no se busca transgredir sino exagerar, pero fragmentar, al mismo tiempo, a los sujetos representados. Los cuerpos se convierten en otros textos culturales que constituyen una semiosis diferente: nos referimos a fenómenos de la cultura contemporánea, cuya lógica intenta apuntar a la transgresión de lo biológico, pero que vuelve a la subversión una operación hiperbólica. Allí donde el cuerpo desnudo es pensado como cuerpo transgresor, se termina logrando un efecto de exceso donde el rostro es eliminado y la fragmentación de lo físico se pone en primer (y único) plano, razón por la cual el sujeto deja de ser considerado en su condición de par.

Después de quince años de vigencia, el calendario Dieux du Stade aún nos deja ver una de las posibilidades de modelización del cuerpo en nuestra cultura contemporánea: aquella que lo hiperboliza y nos obliga a reconocer lo biológico (lo orgánico y lo físico) como principales aspectos que nos regresan a nuestra naturaleza animal, primitiva y precultural: nos vuelve, en otras palabras, a una sexualidad atávica en la cual la conducta reproductiva, regida por una serie de reglas y normas, encuentra formas de “libertad animal” donde el incesto, la violencia, la dominación y diferentes formas de perversión cobran lugar. El arte se instaura como el espacio donde las culturas han dejado que el cuerpo desnudo y dinámico hable; que tome la libertad para bordear los límites o, directamente, atravesar tabúes. En el calendario, la desnudez no es estado sino acontecimiento en constante devenir[9]entre la naturaleza animal y la condición divina en la cual los jugadores de rugby construyen una alianza simbiótica con lo humano. El desnudo masculino permite así que el sujeto “haga cuerpo” con el animal/dios, recuperando largas enfrentas acerca de la condición humana y trazando una genealogía en la vinculación cuerpos / representaciones, aspecto que manifiesta las fronteras de lo enunciable y lo prohibido: aquello que las culturas desde el cuerpo hablan■


[1] Barthes, Roland (2012[1980]). La cámara lúdica. Nota sobre la fotografía. Buenos Aires: Paidós. Pág. 77.

[2] Cfr. Kimmel, Michael y Aronson, Amy [eds.], Men and masculinities. “A Social, Cultural and Historical Encyclopedia”. Denver: ABC-CLIO.

[3] Agamben, Giorgio (2009). Desnudez. Buenos Aires: Adriana Hidalgo Editora.

[4] Bataille, George (2010). El erotismo. Buenos Aires: Tusquets Editores.

[5] Eco, Umberto (2004). Historia de la belleza. Barcelona: Lumen.

[6] Sebeok, Thomas (2001). Signs: an introduction to semiotic. Toronto: University of Toronto Press.

[7] Barei, Silvia (2005). Reversos de la palabra. Poesía y vida cotidiana. Córdoba: Ferreyra Editor.

[8] Lipovetsky, Gilles y Serroy, Jean (2009). La pantalla global: Cultura mediática y cine en la era hipermoderna. Barcelona: Anagrama.

[9] Deleuze, Gilles y Guattari, Félix (2001). Rizoma. México: Ediciones Coyoacán.


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