¿Qué es realmente buscar? ¿La incertidumbre es condición de la búsqueda? La búsqueda de pareja en la Web es, como la actividad erótica misma, una práctica humana. Y en esta indagación (hacia uno mismo y hacia los otros) hay nuevas modalidades. Hoy, lo “exhibible” en la esfera de la pornografía se rebalsa sobre otros ámbitos de la vida cotidiana y sin dudas el amor y el erotismo se ven atravesados por la impronta gráfica que la pornografía imprime sobre la virtualidad. La del cuerpo y la del lenguaje. En este contexto, los autores nos advierten sobre la universalización de lo porno como patrón y nos invitan a una apuesta por el cuerpo material.

 

Listado de tareas para la semana: buscar trabajo, buscar departamento, encontrar pareja. Cortázar, en su libro Rayuela, sintetiza con belleza el carácter misterioso, incluso paradojal, del encuentro amoroso. El azar teje el vínculo entre La Maga y Horacio: “Andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”. Lo inconsciente de la búsqueda, el andar sin buscar, dando lugar a la deriva, le imprime al encuentro su carácter azaroso, fortuito. Podríamos decir: da al encuentro su condición de tal, en tanto todo verdadero encuentro es un acontecimiento. Hay verdadero encuentro porque hay incertidumbre en la búsqueda.

Cortázar no llegó a conocer la actual organización en red de la sociedad y las páginas web de búsqueda de pareja como Tinder y Grindr. Unas décadas más tarde, jugar con su frase puede servirnos para pensar la actualidad de lo amoroso. No tanto tiempo debió pasar para que aquella frase se volviera, si no inactual, al menos excepcional. Al calor de una Internet convertida en un gran rubro 59, se nos ocurre esta inversión: “Andábamos buscándonos, sabiendo que (así) no íbamos a encontrarnos”.

Los sitios que proliferan en Internet, prometiendo al navegante que encontrará el amor de su vida o simplemente una noche de sexo (real o virtual), nos colocan paradójicamente frente a la radicalización del hombre moderno. Si la Modernidad implicó un proceso de jerarquización de la razón sobre el cuerpo ─un cuerpo denostado por su carácter contingente y particular frente a una racionalidad válida para todo tiempo y lugar─, el amor virtual del llamado individuo posmoderno es más una exacerbación de las características del hombre moderno que su tan proclamada antítesis. Basta pensar en la búsqueda del amor en el ciberespacio. Una búsqueda netamente racional y un cuerpo subalternizado. Amor higiénico, sin olor, sin sabor, sin sonido, sin textura, donde la materialidad de los cuerpos brilla por su ausencia. Amor aséptico, mediado por los dispositivos tecnológicos, garantía de la preservación de los navegantes frente a posibles “gérmenes infecciosos” de los organismos. Amor enclaustrado en el monoambiente del interesado que no se expone a los riesgos de salir al afuera, a la calle, a la búsqueda del otro, doblegándose a la comodidad de las cuatro paredes conocidas. Amor inmediato con la misma temporalidad que le imprimimos a todos los aspectos de nuestra vida. En fin, amor de mercado, como proceso racional de selección, cuya clave está en el buscar fijando las identidades de los buscadores de amor: ¿Quién sos? ¿Cómo sos? ¿Qué te gusta? ¿Qué buscás? Toda una batería de preguntas que, lejos de abrir sentido, lo fijan e incluso a veces adoptan un tinte culpabilizante: ¿Por qué creés que no estás en pareja actualmente?

De desembocar en amor, este comienza con la pureza de la matemática: un algoritmo trabaja sobre la base de datos para arrojar resultados eficaces y compatibles. Cupido no tiene más encanto que el teorema de Thales o la fórmula del amor eterno, recientemente descubierta por científicos de alguna universidad del Primer Mundo: L = 8 + .5Y – .2P + .9Hm + .3Mf + J – .3G – .5(Sm – Sf)2 + I + 1.5C.[1] Su flecha no tiene más misterio que una fórmula matemática. Posee su frialdad y su eficacia. Y nuevamente, aparece –o traicionamos– la voz de Cortázar como si intuyera el devenir de estos nuevos dispositivos: ¿La química de los cuerpos?, ¿el misterio del amor?, ¿la bizarría de las parejas desparejas?, ¿la profunda experiencia del sufrir por amor?, ¿la construcción zigzagueante de nuestros tipos ideales de hombre y de mujer a partir de las venturas y desventuras de los cuerpos disfrutados? Quizás, la matemática sea un refugio seguro –y racional– que elimina el carácter azaroso de la vida, brindando a los sujetos seguridad frente a la pérdida de control que implica estar sujeto a una voluntad que no sea la propia.

En estos síntomas de la actualidad, se huele el pánico de nuestra época al inconsciente. Se le huye como a la peste. Las sociedades de control actúan sobre este miedo, incentivando pasiones y delirios inmunológicos. ¿Los crean? ¿Los retroalimentan? El dilema del huevo y la gallina agota. Las fronteras están hoy más erosionadas que nunca. Adentro/Afuera son dos caras de la misma moneda. Las une el deseo. “Webeando” en el cibermundo, el deseo encuentra una esfera para desplegarse. Ni siquiera es necesario extenderse a los fenómenos de las páginas Rubro 59. Basta con analizar Facebook para ver que este incentiva el voyeurismo y el exhibicionismo. Tomando este aspecto, descontado que la vigilancia / exhibición en red ha venido para quedarse, ¿hay estrategias? ¿Esconderse? ¿Mostrarse?

Nos resulta llamativo que la desmaterialización de los cuerpos que participan del amor virtual vaya a la par de una hipertrofia del discurso y la fantasía de la liberación sexual que se escucha y se observa cotidianamente en los medios de comunicación. Internet es la vía privilegiada de circulación de videos “hot” de personas famosas que se sienten violadas en su intimidad por un hacker inoportuno, de chats subidos de tono entre alguna chica del momento y un jugador de fútbol (seguramente en pareja) que son ventilados en los programas de chimentos, o de la primicia sobre Obama siguiendo en Twitter a una conejita de Playboy argentina. Incluso, en algunas páginas de búsqueda de pareja, los interesados en el amor / sexo suben fotos y videos hipersexualizados o dan detalles de supuestas “medidas corporales” que remiten directamente a lo porno. Si lo clandestino y lo pornográfico alguna vez fueron adjudicados como casi privativos de las relaciones homosexuales frente a las precavidas y decentes relaciones heterosexuales, hoy estamos asistiendo a la universalización de lo porno como patrón de todos los vínculos e identidades sexuales.

Posiblemente, más que en una contradicción entre la hipertrofia del discurso de lo pornográfico y la inmaterialidad de la búsqueda virtual del amor y los desencuentros concretos de los cuerpos, tengamos que pensar en la convivencia de ambos planos; aunque muchos denuncien el carácter ficcional del discurso de lo pornográfico más como pose y deber ser que como realidad.

¿Hay salida de la red? Algo es seguro: si la hay, es apostando al cuerpo, a lo real; a expensas de lo puramente imaginario y virtual. No se encuentra el amor desplazando incansablemente nuestro dedo índice por pantallas celulares, porque detrás de la expansión cada vez más invasiva de la tecnología en nuestras vidas, se oculta (o se muestra con tal nitidez, se impone con una “naturalidad” que encandila) un proceso de desmaterialización del hombre, acompañado a coro por popes de la neurociencia y la genética, que reducen su interpretación del hombre a conexiones neuronales e información genética. El contrapunto exacto del consumismo de la canción Chica material de Madonna con pasajes del estilo: “Unos chicos son románticos, otros bailan lento, eso me gusta. Pero si ellos no pueden aumentar mis intereses, entonces tengo que dejarlos ir”.

Resistir a esta subjetividad hegemónica es una tarea que convoca a nuestros cuerpos y mentes, que demanda “más calle y menos pantalla”. Quizás se trate de hacer un clic, pero en el bocho

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[1] L: Duración prevista de la relación, en años; Y: Número de años que llevan conociéndose los dos miembros de la pareja antes de iniciar una relación seria; P: Número de parejas anteriores que suman las dos personas; Hm: Importancia que el hombre atribuye a la honestidad en la relación; Mf: Importancia que la mujer atribuye al dinero en la relación; J: Importancia que ambos atribuyen al sentido del humor (en suma); G: Importancia que ambos atribuyen a la apariencia física (en suma); Sm y Sf: Importancia que el hombre (m) y la mujer (f) atribuyen al sexo; I: Importancia atribuida a tener buenas relaciones con los familiares (en suma); C: Importancia que se atribuye a tener niños (en suma).


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