El tsunami de netbooks arrojadas a la escuela primaria abrió muchas ventanas a la curiosidad infantil. Muchas con triple w y varias también con triple x. ¿Qué hace la escuela con semejante torbellino de golpes de estimulación sexual? Horacio Cárdenas ofrece una reflexión desde uno de los pocos sitios donde contrastar los ideales sociales con la realidad: el aula.

 

Suponer que, con solo decir la palabra “pene” o con mostrar un preservativo, los púberes saldrán corriendo de la escuela a acostarse con cualquiera es cuanto menos ridículo. Quizás al contrario: todas las leyes de la psicología nos cuentan que aquello que se pone en palabras se aplaza en acto. Hablar, poner palabras baja la ansiedad y deshace fantasmas. Y conocer siempre implica dominar, manejar, controlar.

Además, mala noticia para los pacatos del medioevo actual: la ecuación es joven + computadora + Internet = visita por la pornografía. No hay filtro que valga. Y no es perversión precoz: es simplemente curiosidad. Es toda una vida en contacto con cuerpos que les esconden retazos. Y en lo prohibido brilla astuta la tentación. ¿Cómo no van a querer saber qué esconde la ropa interior ajena?

El gran problema del porno a mansalva en niños de primaria es que hay imágenes que no pueden procesar. Por eso no lo recomendaríamos (ni menos lo proponemos). Pero como no nos hacemos los distraídos, planteamos la posibilidad de que ese torbellino feroz de golpes visuales se convierta en palabras.

“¿Qué es eso blanco que le sale a los varones del pito?”, pregunta inocentemente una niña de diez años en clase, a viva voz. No quiere molestar; quiere saber porque lo vio ─sola en la pieza─ en un video. “Si un chico le mete el pene por la cola a una chica, ¿la puede dejar embarazada?”, escribe alguno de séptimo grado en nuestro buzón de preguntas anónimas.

La tele e Internet les proponen a nuestros niños continuas situaciones de hiperestimulación. Y el control familiar, aun el más meticuloso, es fácilmente sorteable. Una nena de quinto grado cuenta en clase que Moni, la de Casados con hijos, “lo hizo” con su perro Fatiga. Resulta que Pepe ─el personaje de Francella─ no tenía ganas, entonces apagó la luz de la habitación y le tiró al perro a su mujer. Nuestra alumna de diez años se imagina lo que sucedió detrás de esa luz, abajo de esa sombra. ¿Y qué es lo que se imaginará? Ahí está el problema.

En una asamblea en quinto grado una nena contó que buscando “gatitos” en Google encontró “de todo”, hizo clic y lo que vio le dio “mucho asco”. Un compañero le preguntó por qué había entrado al sitio, y los demás respondieron sintética y claramente: “Porque también nos da intriga”. Para los niños el cuerpo propio, y sobre todo el del sexo contrario, es una incógnita. Eso genera curiosidad; el problema es que el material de Internet no está preparado para ser procesado por niños en desarrollo. Así aparece una cruel contradicción entre la curiosidad y el asco.

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Así lo escribió alguien en el buzón de preguntas anónimas, reveladora pregunta de inconsciente a flor de piel.

 Otra contradicción mayor

La sociedad o, mejor dicho, algunos actores particulares de esta sociedad estimulan constantemente a los niños para que se conviertan en seres sexuales-genitales, algo para lo que no están preparados ni biológica ni psicológicamente. La mayoría de nuestros alumnos no tienen desarrollados los genitales, no producen espermatozoides ni les viene la menstruación, sin embargo tienen al alcance imágenes, videos, textos y todo tipo de significados sobre las relaciones sexuales. Es muy difícil elaborar eso psicológicamente ─por ejemplo, ver a dos personas disfrutando de una penetración─; es muy difícil, si el propio cuerpo no tiene cómo. Ahí entonces hay una contradicción más difícil de resolver. Y más violenta. Que Larita tenga que ver una pareja revolcándose a los gritos y suponer que eso puede ser placentero es indudablemente violento, porque para ella de ninguna manera lo puede ser.

La cuestión está en el sistema ideológico de una sociedad donde todos los cuerpos son objetos, donde todos los cuerpos están “cosificados”, y más todavía los cuerpos femeninos. En muchos programas “exitosos” de televisión las mujeres son culos y nada más que eso. Son cuerpos que bailan, pero no para expresarse, sino para mostrarse como fragmentos sin voluntad ni deseo.

El origen está en que, para este modo de producción, todo es mercancía, y los cuerpos ─por supuesto, dice el capital─ se pueden convertir en mercancía. Cuanta más audiencia, más mercado. Por eso la infancia queda también a su merced.

Ahora, que levantemos el dedo y digamos: “Hay que dejar de cosificar el cuerpo y a los seres humanos” no significa que lo vayamos a lograr, ni aunque lo digamos a los gritos. Eso tiene que ver con unas relaciones de producción y de poder donde los seres humanos son cosas, instrumentos del goce de otro. Habrá que construir una sociedad donde los seres humanos sean fines y no medios para algo, donde sean sujetos y no objetos; donde el trabajo no se enajene. Hay quien se la pasa dieciséis horas pasando productos por una caja; nada de eso que hace es propio, salvo un resto magro que le llaman sueldo. Ahí hay una enajenación, una apropiación del trabajo del cajero; así también se lo está convirtiendo en una cosa.

Los medios juegan un papel muy importante y no sirve decirle al señor Tinelli que deje de mostrar culos porque si le es rentable, lo seguirá haciendo. La clave está en que la comunicación social no puede estar sujeta al lucro privado. No puede ser que algo tan sensible esté en manos de quien lo único que busca es su propio beneficio.

Lo mismo diría para las escuelas.

Una necesidad de la comunidad

Noelia, de séptimo grado, dice en medio del recreo:

–Profe… Creo que estoy embarazada.

–¡¿Eh?! ¿Cómo? ¿Qué? Pero… ¿Estás segura? ¿Por qué lo decís?

–Porque mi novio me acabó adentro (sic).

–Ups… ¿Y el preservativo?

–Ah… No. No usamos porque a él no le gusta.

–¿Cómo que “al él no le gusta”? ¿Y vos? ¿No le dijiste nada?

–Mmmmm… No. No puedo…

Seguirá habiendo quienes piensan que es impropio hablar de estos temas con niños y niñas de la escuela primaria. El diálogo anterior y tres alumnas embarazadas nos desmienten ese prurito. El séptimo hijo que carga a su pesar doña Colque, deseo unilateral de su padrillo, o los “correctivos” de don Molina, que educa a sus hijos con los puños y el cinturón, son solo botones de muestra. O los tomamos o estamos perdidos.

Poner a los pibes en ronda para charlar de estas cosas, de lo que les pasa, intercambiar sus sentimientos, sus emociones, sus dudas, su curiosidad y hasta su asco es un camino. Que eso pueda ser compartido y analizado funciona. ¡Y vaya si funciona! Después cuestionar, criticar cómo un sistema ideológico convierte los cuerpos en objetos, eso también lo puede hacer, con tiempo y a su manera, despacio, la escuela.

También valorizando el cuerpo propio y el ajeno, su conocimiento y su cuidado. Desde muchos lugares: desde el arte, desde la literatura, desde la biología y, por supuesto, más adelante con los métodos de anticoncepción y prevención de enfermedades. La escuela tiene un montón de cosas para enseñar con relación a la educación sexual integralmente entendida■

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