El heavy metal, por orden genealógica, funciona en el equivalente espacio-temporal del Horror Cósmico creado por Lovecraft en sus mitos: en el mismísimo infierno. Lovecraft lo llamaba Yaldabaoth, el hijo del caos, un demiurgo (arquitecto) asociado con Samael, el arcángel del quinto cielo (en la tradición judía) que hizo de Eva una mujer infiel y, luego, un demonio.

 

Jamás, el universo discursivo o la matriz que funda el heavy, como soporte de una serie cultural abyecta, incorrecta y antisocial (poética, en este sentido, si todo poema es una manifestación del desujetamiento del individuo amansado), puede pretenderse cercano a un elemento como el agua. En todo caso, los problemas que la religión resuelve entre el cielo y la tierra, en las letras del heavy metal argentino –el que nos importa, el objeto que estudiamos–, se reproducen bajo distintas técnicas: absurdamente (el White Metal de raigambre evangelista da fe de ello), satíricamente (gracias a Alice Cooper y al Glam de mediados de la década del ochenta), literariamente (el universo Heaven & Hell -pos Ozzy- de Sabbath, gracias a la influencia de Ronnie James Dio), entre otras. Será el fuego, la iconografía del inferís (encantador, subterráneo e infinito), el encargado de minar por dentro un deseo explícito de interrogar a Dios, el poder de Dios, la mayúscula que uso para escribirlo. Sin embargo, los modelos metaleros británicos y norteamericanos que han pensado el problema del agua (excluida toda apropiación religiosa que se haya hecho del heavy metal) son significativos. Insisto: tentado por el secreto de Dios y la composición del pecado, el heavy pensó el valor del fuego (y del demonio) hasta el hartazgo. Será por eso que los canales náuticos hayan servido para narrar historias del infierno, pero en la tierra. Así lo pensó Bruce Dickinson –cantante de Iron Maiden– al versionar Rime of the Ancient Mariner del poeta romántico inglés Samuel Taylor Coleridge, en el disco Powerslave de 1984. Lo curioso del relato de Coleridge y que fascinó a los Maiden fue la presencia inconmensurable del mar, insertado en el relato de un viejo marinero que nunca puede (por castigo del propio mar) dejar de contar la misma historia. Aun en la inmensidad, Zakk Wylde emerge de las aguas en el video de “In this river” (Mafia, 2005), en acto de bautismo, sin poder rescatar (universo metafórico extremo) a “Dimebag” Darrell Abbott, guitarrista de Pantera, asesinado sobre el escenario en 2004.

El caso más pestilente y menos usado en el heavy metal argentino es el de Deep Purple, claro está, con “Smoke on the water”, en cuya letra se relata cómo durante un concierto de Zappa en el casino de Montreaux a un boludo se le ocurrió arrojar una bengala al techo de madera (pre-Cromañón, valga la redundancia) e inspirar a Gillan y compañía.

  

Ricardo Iorio pensó: “Las aguas turbias suben esta vez” (Piedra Libre, 2001), invirtiendo el juego lexemático de Hugo del Carril en su versión de la novela de Varela renominalizada Las aguas bajan turbias. Curiosamente, Iorio tuvo que volver al Alto Paraná de la novela de Varela (cuyo título original es El río oscuro) en el disco Peso Argento (1997) realizado en coautoría con Flavio Cianciarulo (bajista de los Cadillacs) bajo el título “Río Paraná”. Este último caso, el de Iorio y Flavio, reincide en la utilización de las aguas turbias bautistas, del rescate monumental (como lo pensara Michel Foucault en La arqueología del saber) del interior del país, de la tradición, de eslabones perdidos entre los documentos de la historiografía. No obstante lo cual, señalamos junto a Oscar Blanco en Las letras de rock en Argentina. De la caída de la dictadura a la crisis de la democracia (1983-2001) [2014] que hay una clara obsesión en la variable nacional del heavy argentino por la inundación y las inundaciones –actualización dramática de los otrora náufragos– como signo del deterioro social y el abandono del Estado. ¿Y el demonio? Consecuencias pragmáticas del capitalismo sobre la devastación social del territorio (no del paisaje, precisamente). Asimismo, “Al río Conlara” (Venas de acero, 2008) de Tren Loco reivindica la cortesía puntana de un “San Luis prodigioso” que no es el de los Rodríguez Saa, precisamente.

  

Sin duda, también el heavy local ha dejado pastiches mersas y vulgares emulando “November Rain” de los Guns. Walter Giardino ha utilizado el sonido acuático de hotel alojamiento (si se me permite) en la previa (sic) de “Azul y negro” (Temple, 1998). O la tan coyuntural producción reciente de Claudio O´Connor Río extraño (2010) y su tema homónimo. El propio Claudio cuenta cómo un robo en la ciudad lo llevó a refugiarse en las ‘altas’ tierras del Delta, territorio del narco-pos-pop-kirchnerista Sergio Massa. El tema arroja con curiosidad un sujeto de la enunciación conmovido y preocupado por la propiedad, por la “defensa” de aquello que es suyo, y traumatizado por el desgraciado evento urbano que lo llevó al exilio. No es el Tigre profundo, sino la extrañeza del video clip: el profundo es el propio O’ Connor, en su casa a las orillas del río, cagando. Intimismo y, ¿crítica social?

 

Uno podría preguntarse, con validez, dónde a quedado para O’ Connor el “río poluído que evidencia el sistema acabado” del tema “Sepulcro Civil” en su era Hermética, o los cuerpos torturados que los milicos arrojaban al río de sangre en “Parcas Sangrientas” de V8.

 

 Con mi reflexión o sin ella, hay un río extraño entre poéticas asimétricas del heavy argentino que han tomado vías náuticas para refugiarse paranoicamente en sus senderos o para reivindicarlos frente a la propiedad horizontal de la ciudad

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