Lo más difícil de definir suele ser lo obvio. Los diccionarios dicen que “basura” es la suciedad, una cosa que ensucia y/o los residuos desechados. A su vez, cualquiera de nosotros, podría sostener que la basura es lo inútil, lo que ya no queremos, lo que ya no sirve, lo que no es bueno.

En nuestras expresiones diarias se escucha “televisión basura”, la discusión por la “música de verdad” o “la música basura”, la comida chatarra, etc. Todas expresiones que vienen a dar cuenta del sentido que está habitando la palabra basura. Sin embargo, en tanto miramos con mayor detenimiento, vemos que no es tan sencillo discernir qué es basura, qué no y cómo definimos cada cosa. Para encontrar ejemplos, basta leer el número de Andén: si hay monumentos que se hacen con chatarra, si podemos usar los residuos orgánicos para hacer compostadores caseros que generen abono para la tierra, si más del 95% de las partes de un celular podrían ser recuperadas, si podemos reciclar botellas de vidrio para producir nuevas o si el “negocio de la basura” genera millones, ¿esos objetos son basura?, ¿por qué?

Más allá de estas preguntas y propuestas que ya son experiencias de varios, sería una visión limitada, “de escritorio” quizás, si nos quedáramos con la idea de que la basura es “solo un problema de definiciones” de corte conceptual. Sostenemos, en cambio, que la complejidad de nuestras sociedades se trasluce inevitablemente en el problema de la basura, sin agotarse allí.

En la basura podemos encontrar un reflejo del sistema consumista que nos dice que, no importa cómo, debemos posicionarnos en la cúspide de la pirámide social comprando, usando y desechando con la rapidez que la moda nos indique; disfrutando los instantes que se pueda de la efímera sensación de completitud. Pocos entre nosotros tienen el valor de mirar sus propios desperdicios y ver allí el acierto o el error en sus formas de consumo. El discurso de la corrección política tiende a ver con buenos ojos la difusión de las distintas formas de reciclaje; en los hechos, el común de las personas no está ni remotamente dispuesta a realizar los esfuerzos e inversiones tanto individuales como sociales que implican tales prácticas.

En este sistema de valoraciones, el decrecimiento –es decir, la disminución controlada y conciente de la producción para evitar que nos tape la basura y se acaben los recursos– no parece una opción viable.

En la basura tropezamos con nuestra moderna admiración por lo nuevo y con su contracara necesaria: el desdén por lo que construimos socialmente como obsoleto, que nos hace crear depósitos para guardar bienes que aún funcionan, como los subtes, o para guardar personas, a los que llamamos geriátricos, cárceles, manicomios. Es decir, lo que en los hechos tratamos igual que a la basura: es un producto de nuestras relaciones sociales, no le hallamos utilidad y por lo tanto no queremos verlo, nos molesta, nos incomoda y consideramos que pone en riesgo nuestra salud.

En la basura se nos representa, también, el sistema productivo que ya no hace bienes para que nos duren toda la vida ni para que sea pensable su reparación. La famosa obsolescencia programada que mantiene en funcionamiento los engranajes del capital.

La basura nos muestra la polarización social que hace que tantísima gente coma de ella, en el sentido más literal. Y en esa polarización también están los que, en la basura, pero antes de que ingrese al circuito de recolección formal, ven la oportunidad de recuperar muebles, cartón, materiales reciclables, ropa, etc., y reivindicar esa tarea como trabajo y, a su vez, como aporte social.

La basura es una doble encrucijada de competencias políticas en tanto nos muestra, por un lado, la conocida puja entre los diferentes niveles de gobierno –nacional, provincial y municipal– para desligarse del problema de la basura y delata, también, la sujeción de los candidatos políticos al sistema consumista. En otros términos, los candidatos saben que no serían votados si prometieran el decrecimiento, aun cuando eso significara un lugar más sano para que vivamos por más tiempo.

Por otro lado, también nos indica donde se pone fino el hilo –y se corta– cuando vemos en qué ciudades se instalan los “complejos ambientales”, eufemismo para llamar a los rellenos sanitarios que devienen en enormes montañas de basura que ponen en riesgo la salud de los vecinos y que comparten escena con los basurales clandestinos. Presencia paradojal la de estas montañas, que conviven con la proliferación de publicidades de jabones, detergentes y limpiadores que prometen acabar con el asco y conseguir la mayor blancura y asepsia doméstica. Dos caras de una misma moneda.

La basura habla de las sociedades que, pasado un buen tiempo, serán estudiadas a través de la arqueología. Ya verá ella desde la posteridad, desde la visión de largo plazo, a través de nuestra basura de hoy, si esta civilización, como diría Aimé Cesaire, que se muestra incapaz de resolver los problemas que suscita su funcionamiento es (o no) una civilización decadente

 


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