Se habla mucho de los vínculos entre arte y militancia pero no tanto de los elementos con los cuales ese arte cobra una verdadera dimensión política y transformadora. Con la basura como dadora de múltiples significaciones la Vallese abre un campo estético y reflexivo capaz de poner en relieve los conflictos sociales que están en la base misma de la sociedad generadora de desechos. Esas experiencias, aquí, en palabras de una de sus protagonistas.

 

S i buscamos la definición de basura, vamos a encontrar que se trata de desechos, de elementos no deseados y con intenciones de deshacerse.

En las diferentes formas organizativas que tuvo la Agrupación Vallese desde su conformación el 14 de abril del 2002, hemos construido cerca de cincuenta esculturas y monumentos en provincias tales como Buenos Aires, Corrientes, Córdoba, Tucumán, Catamarca, San Fe, Chaco, Neuquén, Entre Ríos, y en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. También realizamos un homenaje al Trabajador Descamisado en Santiago de Chile.

Con estos desechos hemos (re)construido hechos históricos a lo largo y a lo ancho de nuestro país y, cruzando la cordillera (aunque en avión), en la tierra hermana que liberó José de San Martin.

Particularmente hemos trabajado mucho en los desechos ferrosos, la chatarra, todo material descartado que se pudiera soldar fue, es y será idónea para nuestras obras, que buscan ser herramientas comunicacionales dentro de la caracterización tan amplia que significa el arte popular.

Nuestra concepción del arte militante tiene como particularidad que el actor principal en la construcción de la obra es el espectador, quien deja de ocupar ese rol pasivo para construir, soldar, modificar e incluso diseñar la escultura o monumento, en tanto los artistas (militantes) pasan a ocupar roles secundarios, luego de enseñar los principios básicos sobre los cuales se trabajará y las medidas de seguridad para evitar quemaduras, cortes o heridas producto de los materiales y las herramientas por usar.

Construimos las obras en los lugares donde van a ser emplazadas, es decir, en espacios públicos, a la vista y alcance de todas las personas, incentivando a los vecinos a participar y de esta manera a apropiarse de la obra. Siempre, inexorablemente, nos proveemos de material de descarte que acercan los vecinos, hierro domiciliario o de demoliciones, pero lo mas atractivo resulta recorrer “las quemas”, los lugares donde no solo se arroja basura orgánica, sino también la inorgánica. Allí encontramos algunas de las piezas más hermosas que han ido conformando las diferentes esculturas. Es paradigmáticamente el anti shopping, es donde encontramos los elementos (usados y desechados) que se transformaran en las (nuevas) piezas de una obra de arte público.

Nuestras obras siempre tienen que ver con la identidad de los pueblos, la lucha por la defensa de los Pueblos Originarios, los derechos laborales y humanos. El revisionismo de nuestra historia como pueblo y como nación, es allí donde asumimos el rol de artesanos que resignifican la materia. Imaginemos que hace años alguien forjó, por ejemplo, una llave francesa, alguien la usó hace otros tantos años hasta que se rompió y luego la desechó; nosotros la recuperamos y tal cual está, la resignificamos, sin modificarla, en algo que pasa a ser, por ejemplo, una mano en una escultura de un cuerpo humano. Cientos de herramientas viejas, hierros de construcción, marcos de ventanas, piezas de motor, autopartes, bicicletas, todo lo imaginable es parte del ensamble que conforma alguna de nuestras obras. Tomamos algunas piezas y las reutilizamos en otras obras, así entonces un monumento a un guaraní en Corrientes aportó parte del hierro para un gaucho en Buenos Aires. Una escultura de una Madre de Plaza de Mayo en Catamarca aportó hierro para un homenaje a los Héroes del Crucero General Belgrano en Quilmes.

En San Fernando del Valle de Catamarca, en la entrada del Poder Legislativo, construimos al Quijote de los Andes, Felipe Varela. El cuello de su caballo es un pupitre de más de cien años que tiene grabadas las iniciales del colegio. Para este monumento, recogimos chatarra en un cerro y una quema.

En el pueblo de Las Cañas, Bañado de Ovanta, Departamento de Santa María en la Provincia de Catamarca, construimos el Paseo de la Memoria Damián Marquez con hierro que buscamos y trasladamos desde la provincia de Santiago del Estero.

Nuestra forma de militancia a través de la cultura popular hace que nuestro trabajo sea gratuito, nuestras obras son donadas a los pueblos donde las construimos y eso hace que el enorme valor que poseen no sea tarifado por el capitalismo, sino por el empoderamiento de aquellos vecinos que han participado de una u otra forma en su construcción.

Nunca podemos saber cómo quedará la obra hasta terminarla, ya que por más que esté pensada, bocetada o planificada en maqueta. El hierro que hallaremos entre la basura y desperdicios es lo que le dará estructura, armonía y estilización a la obra. Y eso es maravilloso, que el capricho de las formas de la basura sea el condicionante de la belleza de una nueva obra de arte

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