Marta Minujín es parte de la historia grande del arte argentino y, a pesar de ello, mantiene plena vigencia. Tiene chapa internacional y no deja de crear ni un minuto de su vida. Se apresura al hablar, no quiere perder un segundo de trabajo. En este diálogo nos ofrece conceptos claves y concisos sobre la importancia del arte y el sentido vivencial de sus obras, y sobre sus próximas creaciones.

Andén: ¿Te sentís parte de una generación que pensó un problema?
MM:
Si… Ya está.

¿Qué problema pensaron?
Cómo terminar con el cuadro de caballete y entrar en la acción. Que el arte fuese acción, el problema fue vivir el arte. Por eso inventamos la Menesunda y los happenings.

¿Cómo pensás la relación con el espectador y su cuerpo?
El espectador forma parte de la obra y, sin espectador, no hay obra. Por ejemplo: si hago la Menesunda y no entra la gente, no hay obra.

¿Por qué elegís que la gente entre a la obra?
Porque mi propuesta es que la gente viva el arte, porque el arte está por encima de todas las cosas y eleva a la gente sobre su vida cotidiana. El arte hace trascender a la gente.

Ya que entramos en tema, ¿qué significa el arte para vos?
Es otra forma de vida. Permite cambiar el modo de ver las cosas, hacerlo de un modo multidireccional y polifacético. Te convierte en elástico.

¿Cuál es la función del artista?
La función del artista es actuar como un despertador y descolocar a la gente del lugar donde estaba para que vea la realidad de otra manera. Y también cambiar la realidad; por ejemplo: si una persona camina por Avellaneda y  por Florencia, y todos los artistas se dedicaran a embellecer la ciudad, cambia, cambia automáticamente de manera de ser.

En ese sentido, ¿encontrás alguna relación entre arte y política?
Siempre hay una relación. Aunque yo no quiera hacer obras políticas, las hago sin darme cuenta. Por ejemplo: El pago de la deuda externa a Andy Warhol, el pago de las Malvinas a Margaret Tahatcher… También El obelisco de pan dulce, que en aquel momento (el año 1979) era como derribar el mito de la rigidez de los militares. Todo esto termina siendo político. En cambio con Miguel Angel y Leonardo –en el renacimiento– no pasaba eso. Y no a todos los artistas les pasa. Pero, a mí, me pasa en algunas obras. Por ejemplo, en el tema de los colchones, al crear una realidad blanda y multicolor… Walt Disney, por ejemplo, pudo cambiar la realidad a través de sus dibujos y Disneylandia: allí la gente va a vivir una situación.

Podemos decir que vos privilegiás la vivencia del espectador…
¡Claro! Por supuesto, la gente tiene que vivir el arte. Por eso digo que hago un arte para los demás… El obelisco de pan dulce o El lobo marino de alfajores: yo lo hago y después la gente lo desarma y cambia el alfajor falso por el verdadero… ¿cómo podría haberlo hecho sin gente? Tendría que haber desarmado alfajor por alfajor, haberlos cambiado y comido…, imposible: lo hago para la gente.

Desde una perspectiva personal, no conceptual, ¿cuál es tu propósito al hacer arte?
Mi intención es que la gente se trascienda a sí misma. Que el arte lo saque de su vida cotidiana, que lo sacuda.

En ese sentido, ¿cómo pensás la relación entre con el espectador y su cuerpo?
Pienso que no hay más espectador, hay participante. Por ejemplo: vas por la Avenida 9 de Julio y el obelisco está parado, pero de repente se tumba; ¿qué te pasa? Te descolocás, por ahí te descoordinás. Suponé que vas en un avión y te dicen que te tenés que largar en paracaídas; te descolcás de tu estructura. Eso mismo busco en mis obras: romper las estructuras internas de las personas para que puedan vivir mejor. Porque el arte mejora, está por encima de la política, tiene que ver con el espíritu.

¿Cómo trabajás la relación entre la obra de arte y el tiempo?
El tiempo es relativo y cambia constantemente: un minuto puede ser un año y un año puede ser un minuto, según la intensidad con la que vivas. Nuevamente el ejemplo del avión: si te dicen que se va a caer, un minuto es toda la eternidad. En cambio, si estás en la tierra tomando sol, tenés toda la eternidad a tu disposición. Así es el arte: si toca a la gente, la toca para siempre, como La Gioconda.

¿Sentís que hay alguna diferencia entre el mundo del arte, como una ficción, y el mundo real?
Yo pienso que el arte es el mundo real. No hay ninguna ficción, salvo que quieras hacer una obra imaginando el futuro, como ciencia ficción. Pero el arte es absolutamente real.

A partir de tus experiencias en los sesenta y setenta, ¿cómo ves el arte en esta época?, ¿hay alguna continuidad o con el nuevo siglo cambió?
Yo creo que todo lo que está pasando ahora es una continuidad total de los años sesenta. En los sesenta pasó de todo: apareció el arte conceptual (por ejemplo: lo que hace Yoko Ono es arte conceptual), las instalaciones (la primera instalación la hice yo con La Menesunda, o Los colchones multicolores), después, el minimal art, los happenings, las performances, el video arte, el arte para todos, el arte geométrico…, todas esas cosas pasaron en los sesenta (el arte geométrico, quizás, antes). Y lo que pasa ahora es un desarrollo de todo eso, pero no hay signos de ruptura con ese arte, con lo que pasó en los sesenta.

¿Qué te gustaría hacer en el futuro?
Ya está lo que voy a hacer: El partenón de los libros, después le voy a  pagar la deuda griega a Ángela Merkel con aceitunas (eso va a hacer en abril del año que viene, en Grecia, con una doble de Merkel). Sería una performance con trescientos kilos de olivas.

¿Hay algún proyecto que te haya quedado pendiente?
¡Tengo miles de proyectos que no hice! La pelota de fútbol de dulce de leche, La torre de Pisa con botellas de aperitivo, El muro de Berlín con salchichas… Ahora estoy por hacer un Minotauro gigante en la plazoleta que está adelante del Centro Cultural Kirchner. El Minotauro va a tener un laberinto de cañas de azúcar, va a hablar palabras de Borges y va a iluminar con rayos láser desde los ojos. Esto es lo próximo que hago.

¿Qué importancia tienen los colores en tus obras?
Total. Porque yo no puedo pensar nada más que en rosa, naranja o turquesa. En mis obras, uso los colores de un modo en el que quizás un impresionista (o cualquier artista que pinte) se sentiría horrorizado. Yo no pinto, hago collage (porque son pedazos de tela pegados), pero los colores que uso son siempre flúor. Es como vivir una realidad de dibujos animados. Con esos colores, la gente se alegra o se conmociona.

¿Qué son capaces de trasmitir los colores?
Los colores transmiten alegría y ganas. Si tengo un montón de colchones tirados en el piso de mi taller, la gente se tira sobre los colchones.

Además del sentido cromático, ¿qué simbolizan los colores?, ¿tienen un sentido vivencial?
Sí, porque el colchón es donde la gente pasa la mitad de su vida (el 35 %): ahí nace, muere, se enferma, da a luz, hace el amor, asesina, de todo. Entonces yo siempre trabajé con colchones, con formas blandas que invitan a la gente a que se acueste. Supongo que si se quedan a dormir ahí, van a soñar en colores también.

Intentamos explicarle a Marta que las preguntas estaban vinculadas con el color pero ella insistió con los colchones ¿Quiénes somos nosotros para decirle a Marta Minujín sobre qué responder?


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