Desde que el hombre es hombre (y la mujer, mujer), han intentado dar sentido a todo aquello que no se hace presente ante sus ojos, todo aquello que aparece en sombras, como misterio. Si pensamos en “culturas” es, en gran parte, por el desarrollo que los diversos pueblos del mundo han hecho en relación a lo acontecido en sus cielos (y en sus infiernos). Vaya a saber por qué, con esto también se estableció el bien y el mal. Gracias a Dios, más tarde llegó Nietzsche para contarnos que, ¿había algo más allá de las dicotomías? De cualquier manera, y para no insistir con historias que ya conocemos, los seres mortales nos debatimos a diario con teorías y creencias para comprender todo lo que las ciencias no han podido explicarnos.

Lo que aquí nos convoca es pensar al arte como reflejo de algunas de estas cuestiones; el reflejo de un espejo distorsionado, roto, cuyos fragmentos sugieren al mismo tiempo reflejos disímiles, autónomos[1]. Aunque la lista de bandas y artistas es extensa, pensaré en Carajo: una de las bandas con mayor convocatoria y repercusión mediática de los últimos años.

Tal vez este artículo pueda ser un breve desprendimiento del gran trabajo realizado por Gito Minore en Se nos ve de negro vestidos (2016), en el que estudia minuciosamente la llegada del evangelismo a América Latina y lo desarrollado por V8, primero, y Logos, después. “Somos la memoria dentro del montón / con una nueva voz” (“La venganza de los perdedores”, Frente a frente, Carajo, 2013).

El heavy metal en nuestro país (y en casi todo el mundo), con sus diversas corrientes y estilos, se ha desarrollado desde una perspectiva crítica hacia las sociedades modernas y el conjunto de sus instituciones tradicionales por juzgarlas fraudulentas y coercitivas, sino inmorales. Así, la Iglesia ha sido un blanco de ataque permanente. Las causas pueden resultar obvias, y en algunos casos ha derivado en expresiones extremas de anticristianismo como ser el black metal, surgido entre finales de los ochenta y principios de los noventa en Noruega. De más está decir que estos también buscan comprender qué es lo que sucede más allá de la vida, pero criados en el seno de sociedades (hoy) cristianas, parecen ser la reencarnación de Lucifer, con todo lo ridículo que pueda parecer eso. Como se dijo, el arte es ese reflejo deformado de la realidad.

Sin embargo, y debido a que el heavy metal fue ampliando sus fronteras de sentido y tolerancia (puertas adentro, especialmente), es que surge en Argentina, y en épocas de una profunda crisis social, una banda como Carajo que, sin desconocer la cruda realidad de su contexto, decide no dejar de lado su convicción espiritual y muy por el contrario se aferra a ella fuerte y explícitamente para desarrollar su mensaje de resistencia[2]. Así, de la mano del Señor, y como lo hiciera V8 en su primer álbum de 1983, Marcelo “Corvata” Corvalán también busca vencer el temor.

Si entendemos que el oscurantismo intenta evitar que determinados conocimientos sean divulgados entre la población, también podríamos acordar que esta acción puede suceder en diferentes niveles y contextos sociales, dependiendo del “portador” de esas verdades o realidades ficticias. Acerca de La Verdad, hay en las escrituras sagradas cientos de referencias: El Señor es la verdad y la luz. En este sentido, uno de los más importantes pensadores del cristianismo fue San Agustín de Hipona y en sus obras abundan las menciones alrededor de este concepto, así como las analogías en las canciones de Carajo: “Esclava del error, la humanidad / por los siglos de los siglos estará. / Desigualdad, desilusión / ha florecido la maldad de su ambición. / Pariendo su ansiedad, insiste en rebelarse /sufriendo al ignorar dónde se esconde la verdad” (“El error”, Atrapasueños, 2004).

Del “Libro Segundo” de Confesiones, destaco una frase que creo fundamental para entender esta relación entre Corvata y San Agustín ya que este último refiere de su adolescencia y vicios de aquella edad: “Correspondiendo a vuestro amor hago esto, recorriendo mis perversos caminos con pena y amargura de mi alma, para que Vos, Señor, seáis dulce para mí, dulzura verdadera, dulzura felicísima y segura; y me reunáis y saquéis de la disipación y distraimiento que ha dividido mi corazón en tantos trozos como objetos ha amado diferentes, mientras he estado separado de Vos, que sois la eterna y soberana Unidad.” (1983: 43).  Aparece entonces otro de los factores relevantes en la obra de la banda argentina y es el lugar que ocupan los más jovencitos (chicos y chicas) como nuevo actor en la escena del heavy metal; pensemos que en las primeras épocas del desarrollo de la movida, esto no era bien visto ni por propios y ni por extraños. No es casualidad que en su discurso, ellos sean los destinatarios más importantes: Carajo le habla a ese público, de eso no me quedan dudas: “La oscuridad se empieza a ver / ahora la luz se entenebrece / tan vieja la sucia muerte nacerá / tan joven la vida muere. / Malgastando cartuchos / envejeciendo pronto / por la locura de buscar placer donde no hay. / Si la inocencia es sanidad, el mundo está infectado. / Si la inocencia es sana, la mente muy enferma está” (“Inocencia perdida”, Inmundo, 2007).

Desde los comienzos de la banda, que en este 2016 se encuentra celebrando quince años, su propuesta estética y musical (discursiva, en última instancia) ha discurrido por caminos que el metal más tradicional de nuestro país acusó (y acusa, en menor medida hoy en día) de “blando”, “careta”, entre otras cosas. Carajo supo romper esa barrera a fuerza de buenas canciones que, entreveradas en un relato espiritual, combinan un potente caudal de riffs, melodías y armonías, y haciendo eco de las penurias y esperanzas de los jóvenes.

La contradicción me invade al sostener que “la única verdad es la realidad” y, no obstante esto, considerar que existen tantísimas realidades que escapan a mi entender. En lo que ambas convergen es en la necesidad de voces que sean capaces de elevar esos gritos ahogados de quienes no poseen los medios para hacerse oír. En Humano, demasiado humano, Nietzsche dice: “El elemento esencial en el negro arte del oscurantismo no es que quiera oscurecer la comprensión individual, sino que quiere ennegrecer nuestra imagen del mundo, y oscurecer nuestra idea de la existencia”. Si podemos ponernos de acuerdo en que ahí se encuentra el origen de muchos de nuestros males como sociedad y, como dije, que el arte es algún tipo de reflejo (o muchos) de esas realidades, entonces creo que es válido y casi una premisa de supervivencia del heavy metal, resistir con ideas, aunque personalmente no comulgue con ellas.


[1] Fragmento de una conversación personal con Juan Ignacio Pisano, autor de “La pasión y la ética: un lugar para la palabra y la tradición en las letras de Iorio”, en Se nos ve de negro vestidos (2016)

[2] Al respecto, ver “El heavy en la Argentina como subcultura: identidad y resistencia” de Gustavo Torreiro, en Se nos ve de negro vestidos (2016)


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