Ante el misterio de la vida y de la conciencia, la humanidad ha inventado cientos de respuestas. Las religiones, rituales y disciplinas esotéricas fueron, y son, algunos de los caminos para acercarnos a una verdad trascendente de nuestra existencia humana.

Si actualmente tuviéramos que clasificar al género humano en cuanto al tipo de relación que establece con el misterio, probablemente caeríamos en una grieta bastante más difícil de cerrar que la que divide nuestra política contemporánea. De un lado, los escépticos, aquellos para quienes lo que se ve es lisa y llanamente lo único que hay. Del otro lado, quienes creen que nuestra existencia tiene que tener un sentido, un fin último. ¿O acaso no dijo Einstein que Dios no juega a los dados? Puede que el hombre moderno haya matado a Dios, pero la búsqueda de un sentido que nos conecte con algo superior a nosotros mismos es tan antigua como la humanidad, y renace en un juego entre símbolos, cálculos matemáticos y, quién sabe, también seres de otras dimensiones.

Las señales que nos llevan hacia esas revelaciones pueden estar en las estrellas, en los números o incluso en las historias que nos contamos ancestralmente. Joseph Campbell, un estudioso de los mitos y de las religiones comparadas, sostenía que todas las tradiciones místicas coincidían en llevarnos a una más profunda conciencia del acto de vivir, pero, para poder apreciarlas, había que estar despierto.

“En la facultad, cuando traducíamos del griego o el latín nos perdíamos en el análisis literario, discutíamos el uso de tal o cual adjetivo. Hasta que en unas jornadas escuché hablar de las escuelas de misterios y entendí que el verdadero contenido de los mitos tiene que ver con qué es la vida y qué es la muerte”, me dice Zulema Castiglione. Es licenciada en Letras y profesora, pero también astróloga, psicóloga, tarotista y numeróloga. Como piezas de un rompecabezas, Zulema fue uniendo diferentes disciplinas: “Los misterios de Eleusis, de Démeter, con sus rituales nos enseñan a ir más allá de lo material, tienen un mensaje para el alma. Pero después te das cuenta de que esos mensajes están presentes en muchos otros lugares. Son códigos del universo. Alguien puede decir los códigos de Dios”. Ella está convencida de que estas reglas universales codificadas están semiocultas, por ejemplo, en el arte y disponibles para quien verdaderamente tenga ganas de ver: “Eneas escribe la Eneida en base a la numerología pitagórica. Cuando él estaba por morir le manda una carta a Augusto diciéndole que la destruya porque perfecta non est. No es perfecta porque no estaba dentro del 3 y el 9 y todo el edificio numerológico que había hecho. Por suerte Augusto no le hizo caso. Hay mucha información oculta, cifrada, como un río que corre por debajo”. Más allá del ámbito académico, esa información puede estar mucho más cerca de lo que creemos. Para Zulema: “Cuando las cosas que están contando son profundas, verdaderas y hablan al alma, vos podés no haber estudiado nada y, sin embargo, captar la esencia de eso. De hecho las puede captar un chico”.

Por eso en los cuentos de hadas se pueden encontrar claves como llaves para abrir puertas hacia el entendimiento de la existencia. “Creo que La bella durmiente no es más que la historia del alma. Las hadas que le van repartiendo los dones a la princesa no son más que los guardianes kármicos, o como se los quiera llamar, que están acordando con el alma las experiencias que tiene que aprender en esa vida. Por eso aparecen tales dones y tales dificultades”, explica. Desde una mirada astrológica, el cuento nos enseña que cada ciclo, cada acontecimiento tiene un momento preciso e inevitable en la vida. Y comenta: “El príncipe llega en el momento en que la protagonista tenía que conocerlo, porque ella tenía que tener esa experiencia. Los otros no pudieron llegar, pero porque no era el tiempo. Es el momento en que ella se puede enamorar y la posibilidad de enamorarse quiere decir abrirse a muchas otras cosas. Uno se enamora de alguien y probablemente no se enamora de ese alguien. Se enamora del efecto que ese alguien produce en el alma de uno. Porque tenía que aprender a vislumbrar el amor. Después qué hace con eso es otra historia. Pero eso estaba ya dado. Cuando uno nace, tal día, tal hora, los números están hablando y de alguna forma dicen que a tal edad va a pasar tal cosa”.

Para identificar los ciclos de la vida, la astrología es una herramienta precisa. Pero, primero, debemos partir de una premisa hermética (es decir relacionadas con Hermes Trismegisto, sabio egipcio que parece haber sentado las bases del ocultismo): “Como es arriba, es abajo; como es abajo, es arriba”. Existe una correspondencia entre el micro y el macro cosmos, por eso entender lo que sucede en el cielo es entender lo que sucede en la tierra. En segundo lugar, debemos tomar la carta astral, es decir, la posición de los planetas en el momento del nacimiento de cada ser como un mapa. Por supuesto, el movimiento celeste es continuo y cíclico. A través de la matemática, se pueden determinar los ciclos vitales y ciertos acontecimientos ante las combinaciones celestes. Resulta entonces que, en el caos aparente de la vida, todo ocurre cuando tiene que pasar. Pero entonces, ¿tenemos un destino inevitable? ¿Qué lugar queda para el libre albedrío? “Es la discusión eterna”, suspira Zulema. “Yo creo que no hay diferencia. Cuando yo nazco traigo un montón de cosas previas, familiares, tal vez de otras vidas. Visto desde la física cuántica de otras dimensiones. Esas cosas hacen al destino. Si yo no tengo conciencia de los dones y de las dificultades que traigo, voy a seguir un camino hasta que aprenda de ellos. Si voy tomando conciencia puedo acelerar ese camino, pasar por alto algunas cosas. En realidad, el libre albedrío es muy poco. Es como vivimos las cosas que tenemos que vivir”. Quizás por eso mismo se puede considerar el manejo de un conocimiento esotérico  como una forma de poder. Sin embargo, si hay ciencias ocultas no es porque su contenido deba ser secreto en función de que su ejercicio otorgue poder. Según Oskar Adler, un reconocido músico, médico y esotérico austríaco, lo que determina el carácter de oculto de una disciplina es el hecho de que la fuente cognoscitiva de ese saber provenga del misterio de la “interioridad” del propio ser humano. Solo al descubrirse esa fuente, se comienza a revelar una esfera del saber que en última instancia se basa en la premisa del “ser uno con todo lo que existe”.

Creo que el mundo es un entretejido, es un telar. Con un montón de cosas dibujadas. Lo que pasa es que hay un montón de cosas que no vemos”, me dice Zulema. Será cuestión entonces de aguzar la mirada hacia afuera, pero sobre todo hacia adentro.


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