Tilcara. 1986. La Selección argentina hace una promesa a la Virgen de Copacabana con la condición de regresar para agradecerle. El equipo argentino gana el Mundial. Nunca vuelve a visitar a la Virgen.

Río de Janeiro. 2014. Después de 28 años, la Selección Nacional vuelve a jugar la final de la copa del mundo. Rodrigo Palacio la tira por arriba y nos recuerda que nunca vamos a ser felices. También que las promesas incumplidas a entidades religiosas pesan a la hora de definir nuestros destinos.

Ahora bien, ¿por qué en pleno siglo XXI tantas personas siguen creyendo que fuerzas “sobrenaturales” pueden influir en el devenir de sus vidas? O, en todo caso, ¿por qué no deberían creer en eso?

Ante el proceso de globalización iniciado por la llegada de los europeos a América, los primeros antropólogos interesados en las creencias de los llamados hombres primitivos establecieron como hipótesis que estas irían sin duda desapareciendo con el tiempo. Esta mirada evolucionista sobre la vida simbólica y religiosa implicaba la predicción de que, con el avance de la Modernidad capitalista, racionalista y, sobretodo, científica, las creencias y rituales serían definitivamente abandonados por la humanidad toda. Sin embargo, las cintas rojas contra el mal de ojo y las iglesias de los más variados cultos siguen en pie. Entonces, ¿falló la cruzada racionalista? Así como es posible visibilizar que el ideal evolucionista moderno encubría la destrucción y subordinación de los Otros no blancos ni europeos, quizás sea posible mostrar que en el plano religioso y místico sucede algo similar. Entonces, no hay supervivencias culturales erróneas, sino diferentes formas a través de las cuales los seres humanos nos acercamos hacia lo que nos trasciende, pero también nos organiza y da sentido a nuestra cotidianeidad.

Lo esotérico, como conocimiento que emana de una conexión con fuerzas difíciles de cuantificar, genera un halo de misterio que atrae y causa rechazo por igual. ¿Podemos pensar lo esotérico como una variable para entender las conexiones que los seres humanos establecen con otros planos de la existencia? Si este lazo con lo divino y su misterio es propio de la condición humana, más que esperar su desaparición a manos de la racionalidad y el existencialismo podríamos preguntarnos de qué maneras se presenta en nuestras vidas.

Ya Emile Durkheim, uno de los padres de la sociología, afirmó en su libro Las formas elementales de la vida religiosa que las representaciones ídem son en definitiva representaciones colectivas que expresan realidades colectivas. Que la Difunta Correa, el Gauchito Gil o la lectura de chakras se vuelvan parte de nuestro lenguaje cotidiano no nos acerca a la llamada “mentalidad primitiva”, sino que expresa parte de nuestra condición humana. Sin embargo, esta lectura sociológica no deja de ser un ensayo de explicación racional ante fenómenos invisibles o extraordinarios. La regularidad de las estrellas y los planetas puede ayudarnos a entender ciertos fenómenos terrenales, pero, ¿en qué momento se realiza el salto hacia la predicción de las circunstancias personales y sociales y cómo se lo hace? ¿Cómo se pasa de observar a la naturaleza a diseñar el I Ching? En modos de vida no alienados (o al menos no tanto como el occidental) la naturaleza no es un objeto al que se debe poseer, controlar y explotar. En ese sentido, podemos comunicarnos y aprender de ella. Aun así, esto no responde a cómo lanzar seis monedas con diferentes símbolos puede devenir en un mensaje con un sentido. En ese punto pasamos de observar las relaciones en un plano más o menos horizontal entre las personas y su mundo a intentar comprender los vínculos en un plano vertical. Y aquí llegamos, si se quiere, al polémico nudo de la cuestión esotérica: la existencia de planos superiores (y también inferiores) inalcanzables para la mente humana no entrenada, pero a los que se puede acceder y que tienen un mensaje sobre el orden del universo y nuestra existencia. La vida a escala microscópica permaneció durante muchísimo tiempo ignorada hasta que se desarrollaron los elementos técnicos para apreciarla, sus efectos en mayor o menor medida eran visibles o al menos sospechados para los humanos. De la misma forma se puede suponer la existencia de otros planos que apenas vislumbramos, claro que la soberbia para negar aquello que aún no podemos ver también es parte de la condición humana. El conocimiento esotérico ha sido durante miles de años una forma de comunicación entre estos planos. Encontrar un sentido y un orden superior nos ayuda transitar nuestra existencia. Aunque podamos medir físicamente la comba de una pelota pateada al arco, el azar nunca dejará de maravillarnos y angustiarnos por igual.  

En este número, los invitamos a reflexionar en un viaje entre las luces y las sombras, lo sagrado y lo profano, la razón y la intuición. Como siempre, encontrar verdades en las respuestas a las preguntas planteadas responderá a una cuestión de fe.

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