Una página de Facebook llamada “Sentilo, man” invita a los usuarios a subir sus fotos en ese momento de la noche: “En el cual el ritmo nos posee. Es en un segundo. El hit de la vida te atrapa y te descona la cabeza”. Cuando se lanzó, la colaboración fue instantánea y bastante variada, pese a que hoy la cuenta ha quedado prácticamente inactiva y solo funciona como registro de su momento de gloria. Allí se puede apreciar un amplio abanico: la clásica foto de cumbia en un casamiento, luego imágenes de pogos, raves y la querida fiesta con familiares en cuero, tinto y paredes de ladrillo.

El punto en común de todas estas escenas es claro: la plenitud, el olvido de sí. ¿Qué tiene que ver esto con el esoterismo? Inmediatamente puede venir a la mente de los lectores una idea: el trance, decirse: “Me van a hablar de experiencias chamánicas”. Uno las conoce quizá anecdóticamente: por un documental o una referencia en alguna novela o serie. Pero si bien hay puntos en común entre los chamanes y los sufís, lo cierto es que la rama mística del Islam que referiremos posee méritos propios que bien vale desarrollar en esta nota.

Partamos desde el inicio: ¿qué es el sufismo? Se puede decir que es una relación con Dios, un camino dentro del Islam que ha tenido un inmenso número de cofradías, las cuales proporcionan técnicas particulares para el acercamiento a Dios. En todas ellas, sin embargo, persiste el mismo núcleo: llegar a Él mediante una experiencia plena, extática, en la que el ser se colma de Dios. Algunos enuncian que el Ego momentáneamente se suprime, otros sostienen que, al contrario, la verdadera consciencia solo llega en este momento de encuentro espiritual. Se trata de algo distinto a orar: los ritos sufíes en general hacen uso de sustancias, cánticos y bailes para alcanzar ese momento que los proyecta hacia Dios. Una de las técnicas más famosas es la de girar sobre sí mismos durante largos minutos, incluso una hora, hasta alcanzar el punto en el que se diría: “El ritmo nos posee. Es en un segundo”. Surge, luego, cual resaca –analogía nada libre–el constante anhelo por retornar a esa experiencia. Así como nosotros deseamos volver a esa noche, a “ese momento”, uno de los pilares del sufismo se basa en el dhikr, el recuerdo –que no debe confundirse con el dhikr común a los musulmanes–. La tarea del sufí es el constante recuerdo de ese momento de plenitud (o, para algunas ramas, aniquilación) y en base a este punto se construyen muchas de las técnicas de oración y exaltación.

Dicho esto, entonces, ¿un sufí es como un tío borracho adicto a la bailanta? No necesariamente: está unión con Dios, la búsqueda perpetua a través de las técnicas de trance encierran nociones más generales. Al contemplar al Amado –es decir, Dios–, uno también conoce. Dicho conocimiento tiene consecuencias tales como el reconocimiento de toda Su creación, el despojamiento de vicios y la búsqueda del ascetismo. Es vital el primero de los puntos, puesto que, lejos de estar aislado, el sufí está vinculado a la comunidad, ya que esta se vincula con la creación –es creación-. No se trata de un consumo perpetuo de sustancias, de experiencias místicas que encadenan a un individuo, sino del acceso a una supuesta realidad, la Verdadera –y aquí si usáramos Real con mayúsculas, evocaríamos erróneamente a Zizek– en conjunto a la cotidiana, ya que esta es producto del Amado.

Si nos apresuramos, podemos creer que esta Verdad con sus instrumentos esotéricos es una suerte de consuelo al estilo libro de autoayuda, a la necesidad de sujetos de escapar de distintos discursos –filosóficos o, en los últimos tiempos, científicos– que no apaciguan inquietudes, pero un punto interesante del sufismo es su apertura hacia el conocimiento secular por fuera del encuentro con Dios. Uno de los personajes de Las noches de las mil y una noches, una novela de Naguib Mahfouz, describe perfectamente lo que referimos: ante las noticias sobre la liberación de una captiva y el desempeño político de un gobernante, el sufí enuncia: “A través del intelecto es como conocemos los límites del intelecto”; luego, añade: “Le doy gracias a Dios por permitir que la alegría no me haya sacado de mis cabales y la tristeza no me haya tocado”. Al observar rápida y aisladamente estas dos citas, no hay que tropezar y pensar que estamos ante una manera elegante de proferir un discurso anticientífico como: “Las vacunas y el cambio climático son una mentira, Dios se ocupa de todo”. Estamos, más bien, ante dos ejes: el primero es la dicotomía terrenal/celestial, donde el sufismo campea sobre el segundo punto y no le interesa militar en torno a una Verdad sobre cuestiones mundanas, se considera que el conocimiento es útil y deseable, pero posee sus límites –por ejemplo: explicar y toparse con Dios–; el segundo, la impasibilidad, presenta lo deseable, el dominio de las emociones ante Dios, aunque sin que implique la total inacción. Errónea es, por lo tanto, la idea de una coraza intelectual y social en torno a las cofradías, puesto que el sufí se involucra y no rechaza aquello que no forma parte de su tradición.

A pesar de que el contacto con el Amado posee un efecto totalizador, podemos concebir una realidad parcelada en las prácticas sufís. Así, el quehacer mundano contenido en la sociedad es aceptado, mientras que el enlace con Dios, que es lo que dota de genuino significado al mundo, pertenece exclusivamente al lenguaje y a técnicas esotéricas aprendidas de cada maestro. El sufí no se oculta, aunque se pueda pensar que su práctica es privada; tampoco niega fundamentos modernos sobre los que se erige nuestro siglo, ya que lo que le importa es el encuentro con el Amado. Es flexible, si se quiere, más allá de que gran parte de su tradición supera los mil años. Una operación ciertamente curiosa: algunos elementos del sufismo se pueden emparejar con el más profundo esoterismo, pero, a la vez, se encuentran cercanos a esas experiencias íntimas que vivimos y no deseamos poner bajo un discurso racional, como ese gran amor o la noche en donde suena ese tema que nos detona.


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